La importancia de los sueños

CARL GUSTAV JUNG

Carl Gustav Jung (1875-1961), médico psiquiatra y psicólogo, figura clave en la etapa inicial del psicoanálisis. Posteriormente fue el fundador de la escuela de Psicología Analítica. Pionero de la psicología profunda y uno de los estudiosos de esta disciplina más ampliamente leídos en el siglo XX, su abordaje teórico y clínico enfatizó la conexión funcional entre la estructura de la psique y sus manifestaciones culturales. Esto le impulsó a incorporar en su metodología nociones procedentes de la antropología, la alquimia, los sueños, el arte, la mitología, la religión y la filosofía. Aunque Jung no fue el primero en dedicarse al estudio de la actividad onírica, no obstante, sus contribuciones al análisis de los sueños fueron extensivas y altamente influyentes. Este escrito es un aparte del capítulo “Acercamiento al inconsciente” de la obra El hombre y sus símbolos, escrito por él en compañía con otros(as) de sus más destacados seguidores.

Para explicar mi punto de vista, desearía describir cómo se desarrolló durante un período de años y cómo fui llevado a concluir que los sueños son la fuente más frecuente y universalmente accesible para la investigación de la facultad simbolizadora del hombre.

Sigmund Freud fue el precursor que primero intentó explorar empíricamente el fondo inconsciente de la consciencia. Trabajó con la presuposición general de que los sueños no son algo casual sino que están asociados con pensamientos y problemas conscientes. Esta presuposición, por lo menos, no era arbitraria. Se basaba en la conclusión de eminentes neurólogos (por ejemplo, Pierre Janet) de que los síntomas neuróticos se relacionan con cierta experiencia consciente. Hasta parecen ser zonas escindidas de la mente consciente que, en otra ocasión y bajo circunstancias distintas, pueden ser conscientes.

Antes del comienzo de este siglo, Freud y Josef Breuer habían reconocido que los síntomas neuróticos—histeria, ciertos tipos de dolor, y la conducta anormal—tienen, de hecho, pleno significado simbólico. Son un medio por el cual se expresa el inconsciente, al igual que hace por medio de los sueños que, del mismo modo, son simbólicos. Un paciente, por ejemplo, que se enfrenta con una situación intolerable, puede provocar un espasmo siempre que trate de tragar: “No puede tragarlo”. En situaciones análogas de tensión psíquica, otro paciente tiene un ataque de asma: “No puede respirar el aire de casa”. Un tercero sufre una peculiar parálisis de las piernas: no puede andar, es decir, “ya no puede andar más”. Un cuarto, que vomita cuando come, “no puede digerir”, cierto hecho desagradable. Podría citar muchos ejemplos de esta clase, pero tales reacciones físicas son solo una forma en la que los problemas que nos inquietan pueden expresarse inconscientemente. Con mayor frecuencia, encuentran expresión en nuestros sueños.

Todo psicólogo que haya escuchado a numerosas personas contar sus sueños, sabe que los símbolos del sueño tienen mucha mayor variedad que los síntomas físicos de la neurosis. Muchas veces consisten en fantasías elaboradas y pintorescas. Pero si el analista que se enfrenta con ese material onírico emplea la técnica primitiva de Freud de “asociación libre”, encuentra que los sueños pueden reducirse, en definitiva, a ciertos tipos básicos. Esta técnica desempeñó un papel importante en el desarrollo del psicoanálisis porque permitió a Freud utilizar los sueños como punto de partida desde el cual podía explorarse el problema inconsciente del paciente.

Freud hizo la sencilla pero penetrante observación de que si se alienta al soñante a seguir hablando acerca de las imágenes de su sueño y los pensamientos que ellas suscitan en su mente, se traicionará y revelará el fondo del inconsciente de sus dolencias, tanto en lo que índice como en lo que omite deliberadamente. Sus ideas pueden parecer irracionales y disparatadas pero poco después es relativamente fácil ver qué es lo que está tratando de evitar, qué pensamiento o experiencia desagradable está suprimiendo. No importa cómo trate de enmascararlo, cuanto diga apunta hacia el meollo de su malestar. Un médico ve tantas cosas desde el lado desagradable de la vida que, con frecuencia, se halla lejos de la verdad cuando interpreta las insinuaciones hechas por su paciente como signos de una consciencia turbada. Por desgracia, lo que casualmente descubre confirma sus suposiciones. Hasta aquí, nadie puede decir nada contra la teoría de Freud de la represión y satisfacción de deseos como causas aparentes del simbolismo de los sueños.

Freud concedió particular importancia a los sueños como punto de partida de un proceso de “asociación libre”. Pero algún tiempo después, comencé a pensar que eso era una utilización errónea e inadecuada de las ricas fantasías que el inconsciente produce durante el sueño. En realidad, mis dudas comenzaron cuando un colega me habló de una experiencia tenida durante un largo viaje en tren por Rusia. Aunque no sabía el idioma y, por tanto, no podía descifrar la escritura cirílica, se encontró meditando acerca de las extrañas letras en que estaban escritos los avisos del ferrocarril y se sumió en una divagación en la que imaginó toda clase de significados para ellos.

Una idea le condujo a otra y en su vagar mental halló que su “asociación libre” había removido muchos viejos recuerdos. Entre ellos, le molestó encontrar algunos desagradables y hacía mucho tiempo enterrados, cosas que había deseado olvidar y había olvidado conscientemente. De hecho, había llegado a lo que los psicólogos llamarían sus complejos, es decir, temas emotivos reprimidos que pueden producir constante perturbación psíquica o incluso, en muchos casos, los síntomas de una neurosis.

Este episodio me abrió los ojos al hecho de que no era necesario utilizar un sueño como punto de partida para el proceso de “asociación libre”, si se desea descubrir los complejos de un paciente. Me mostraba que se puede alcanzar el centro directamente desde cualquier punto de la brújula. Se puede comenzar desde las letras cirílicas, desde las meditaciones sobre una bola de cristal, un molino de oraciones o aun desde una conversación casual acerca de algún suceso trivial. El sueño no era ni más ni menos útil a este respecto que cualquier otro posible punto de partida. Sin embargo, los sueños tienen un significado particular aun cuando, a menudo, proceden de un trastorno emotivo en el que los complejos habituales también están envueltos. (Los complejos habituales son los puntos delicados de la psique que reaccionan rápidamente a un estímulo externo o alteración). Por eso la asociación libre puede conducir desde cualquier sueño a críticos pensamientos secretos.

No obstante, en este punto se me ocurrió que (si hasta ahí estaba en lo cierto) podría deducirse legítimamente que los sueños tienen por sí mismos cierta función especial y más importante. Con mucha frecuencia, los sueños tienen una estructura definida, de evidente propósito, que indica una idea o intención subyacente, aunque, por regla general, lo último no es inmediatamente comprensible. Por tanto, comencé a considerar si se debe conceder más atención a la forma efectiva y contenido de un sueño que a permitir a la asociación “libre” que conduzca por medio de un encadenamiento de ideas a complejos que podrían alcanzarse con la misma facilidad por otros medios.

Este nuevo pensamiento fue un cambio de dirección en el desarrollo de mi psicología. Significó que paulatinamente renuncié a las demás asociaciones que alejaban del texto de un sueño. Preferí concentrarme más bien en las asociaciones del propio sueño, en la creencia de que lo último expresaba algo específico que el inconsciente trataba de decir.

El cambio de mi actitud hacia los sueños acarreaba un cambio de método; la nueva técnica era tal que podría tener en cuenta los diversos y más amplios aspectos de un sueño. Una historia contada por la mente consciente tiene un principio, un desarrollo y un final pero no sucede lo mismo en un sueño. Sus dimensiones de tiempo y espacio son totalmente distintas; para entenderlo hay que examinarlo en todos los aspectos, al igual que se puede coger en las manos un objeto desconocido y darle vueltas y más vueltas hasta que se conocen todos los detalles de su forma.

Quizá ya haya dicho lo suficiente para mostrar cómo se fue acrecentando mi desacuerdo con la asociación “libre” tal como la empleó Freud al principio: yo deseaba mantenerme lo más cerca posible del sueño mismo y excluir todas las ideas que no hicieran al caso y las asociaciones que pudiera evocar. En verdad, eso podía conducir hacia los complejos de un paciente, pero yo tenía en mi pensamiento una finalidad de mayor alcance que el descubrimiento de los complejos productores de alteraciones neuróticas. Hay otros muchos medios con los cuales pueden ser identificados: los psicólogos, por ejemplo, pueden captar todas las alusiones que necesiten utilizando los tests de asociación de palabras (preguntando al paciente qué asocia a una serie dada de palabras y estudiando luego las respuestas). Pero para conocer y comprender el proceso vital psíquico de toda la personalidad de un individuo es importante darse cuenta de que sus sueños y sus imágenes simbólicas tienen un papel mucho más importante que desempeñar.

Casi todo el mundo sabe, por ejemplo, que hay una inmensa variedad de imágenes con las que se puede simbolizar el acto sexual (o, podríamos decir, representarse en forma de alegoría). Cada una de esas imágenes puede conducir, por un proceso de asociación, a la idea de relación sexual y a complejos específicos que cualquier individuo pudiera tener acerca de sus propios actos sexuales. Pero también pudiera desenterrar tales complejos con un soñar despierto ante un conjunto de indescifrables letras rusas. Por tanto, llegué a la suposición de que un sueño contiene cierto mensaje distinto de la alegoría sexual, y que eso es así por razones definidas. Para aclarar este punto:

Un hombre puede soñar que introduce una llave en una cerradura, que empuña un pesado bastón, o que echa abajo una puerta con un ariete. Cada una de esas cosas puede considerarse una alegoría sexual. Pero el hecho de que su inconsciente haya elegido, con ese fin, una de esas imágenes específicas—sea la llave, el bastón o el ariete—es también de la mayor importancia. La verdadera tarea es comprender por qué se ha preferido la llave al bastón o el bastón al ariete. Y, a veces, esto pudiera conducir al descubrimiento de que no es, en definitiva, el acto sexual el que está representado sino otro punto psicológico totalmente distinto.

A partir de este razonamiento, llegué a la conclusión de que, para interpretar un sueño, solo debería utilizarse el material que forma parte clara y visible de él. El sueño tiene su propia limitación. Su misma forma específica nos dice qué le pertenece y qué nos aleja de él. Mientras la asociación “libre” nos engaña alejándonos de ese material en una especie de línea en zigzag, el método que desarrollé es más semejante a una circunvalación cuyo centro es la descripción del sueño. Trabajo en torno a la descripción del sueño y me desentiendo de todo intento que haga el soñante para desprenderse de él. Una y otra vez, en mi labor profesional, he tenido que repetir las palabras: “Volvamos a su sueño. ¿Qué dice el sueño?”

Por ejemplo: un paciente mío soñó con una mujer vulgar, borracha y desgreñada. En el sueño, parecía que esa mujer era su esposa aunque, en la realidad, su esposa era totalmente distinta. Por tanto, en lo externo, el sueño era asombrosamente incierto y el paciente lo rechazó al pronto como una tontería soñada. Si yo, como médico suyo, le hubiera dejado iniciar un proceso de asociación, inevitablemente él habría intentado alejarse lo más posible de la desagradable sugestión de su sueño. En tal caso, él hubiera desembocado en uno de sus complejos principales—posiblemente, un complejo que nada tuviera que ver con su esposa—y yo no habría sabido nada acerca del significado especial de ese sueño peculiar.

Entonces, ¿qué trataba de transmitir su inconsciente por medio de una afirmación de falsedad tan obvia? Con toda claridad expresaba de algún modo la idea de una mujer degenerada que estaba íntimamente relacionada con la vida del soñante; pero puesto que la proyección de esa imagen sobre su esposa era injustificada y falsa en la realidad, tuve que buscar en otra parte antes de encontrar lo que representaba esa imagen repulsiva.

En la Edad Media, mucho antes de que los fisiólogos demostraran que, a causa de nuestra estructura glandular hay, a la vez, elementos masculinos y femeninos en todos nosotros, se decía que “cada hombre lleva una mujer dentro de sí”. Este elemento femenino de todo macho es lo que he llamado el “ánima”. Este aspecto “femenino” es esencialmente cierta clase inferior de relacionamiento con el contorno y, particularmente con las mujeres, que se guarda cuidadosamente oculto a los demás así como a uno mismo. Es decir, aunque la personalidad visible de un individuo pueda parecer completamente normal, también puede estar ocultando a los demás—o aun a sí mismo—la situación deplorable de “la mujer de dentro”.

Ese era el caso de mi peculiar paciente: su lado femenino no era agradable. De hecho, su sueño le decía: “En cierto modo, te estás portando como una mujer degenerada”, y eso le produjo una conmoción conveniente. (Por supuesto, un ejemplo de esta clase no puede tomarse como prueba de que el inconsciente se ocupa de dar órdenes “morales”. El sueño no le decía al paciente que se “portara mejor”, sino que trataba, simplemente, de equilibrar la naturaleza desnivelada de su mente consciente, la cual mantenía la ficción de que él era todo un perfecto caballero.)

Es fácil comprender por qué los soñantes tienden a ignorar, e incluso negar, el mensaje de sus sueños. La conciencia se resiste a todo lo inconsciente y desconocido. Ya señalé la existencia entre los pueblos primitivos de lo que los antropólogos llaman “misoneísmo”, un miedo profundo y supersticioso a la novedad.

Los primitivos manifiestan todas las reacciones del animal salvaje contra los sucesos funestos. Pero el hombre “civilizado” reacciona en una forma muy parecida ante las ideas nuevas, levantando barreras psicológicas para protegerse de la conmoción que le produce enfrentarse con algo nuevo. Esto puede observarse fácilmente en toda reacción individual ante sus propios sueños cuando le obligan a admitir un pensamiento sorprendente. Muchos precursores en filosofía, ciencia, e incluso en literatura, fueron víctimas del innato conservadurismo de sus contemporáneos. La psicología es una de las ciencias más jóvenes; como intenta ocuparse de la labor del inconsciente, se ha encontrado inevitablemente con un misoneísmo extremado.

 

 

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