El trabajo con el trauma en análisis

DONALD KALSCHED, Ph.D

Analista Junguiano y Psicólogo Clínico. Practica y enseña en Albuquerque, Nuevo México. Formador de Analistas en Sociedad Inter-Regional de Analistas Junguianos. Ofrece muchas conferencias sobre el tema del trauma temprano y su tratamiento. Este documento corresponde al capítulo “Working with Trauma in Analysis” de la obra Jungian Psychoanalysis, Editada por Murray Stein, Chicago: Open Court, 2010, pp. 281-295. Esta traducción fue autorizada por el autor.

Traducido del inglés por Ana Rico de Alonso y Juan Carlos Alonso

“Hay un dolor tan profundo
Que absorbe toda la sustancia
Y luego cubre el abismo con un trance-
Para que la memoria pueda caminar
Alrededor – a través – sobre él
Como dentro de un desmayo –
Va seguro – donde un ojo abierto
Lo haría caer – hueso por hueso.”

EMILY DICKINSON

El trauma se trata de un dolor tan “profundo” que se traga todo el proceso normal de desarrollo, dejando un “abismo” o una “falla básica” (Balint, 1979, 18) entre el self y el mundo exterior, y entre el ego y el Self (Edinger 1972, 40) hacia el mundo interior. Afortunadamente, la historia no termina con esta hedidura, porque la psique humana tiene enormes poderes auto-curativos. Ella “cubre el abismo con un trance” para que la vida pueda continuar.

En lo que sigue voy a explorar este “trance” y contar cómo emerge de lo inconsciente en forma de un sofisticado sistema de defensas que emplea la disociación y la escisión para compartimentar aspectos intolerables de la experiencia. Yo llamo a este complejo defensivo, el Sistema de Auto Cuidado, que en adelante será abreviado como SCS (por las siglas en inglés de Self-Care System). Consiste en un conjunto entrelazado de representaciones objetales y del self, por lo general un “niño” interior y su “guardián” protector o persecutorio (Kalsched, 1996). Estas personificaciones interiores suelen aparecer en los sueños cuando un trauma temprano ha sido “disparado” por algo en la vida del paciente o en la relación terapéutica. A continuación se presentan dos casos a manera de ejemplo.

El SCS presenta mayores dificultades en el tratamiento analítico del trauma debido a la resistencia que éste le opone al cambio. Es importante que los analistas entiendan esta resistencia y su paradójico papel de salvador de vida / limitador de vida en la historia del paciente. El SCS no cede su control sin que el paciente tenga una experiencia en la cual el “niño” perdido, oculto en su mundo interior, es alcanzado y ayudado. Esto, a su vez, no sucederá sin una atención especial a la relación de sentimiento entre terapeuta y paciente, específicamente a la sensación de seguridad afectiva del paciente en la situación analítica.

Para quienes están familiarizados con la teoría del vínculo, el SCS se puede considerar como un conjunto de modelos que operan internamente o esquemas que reflejan patrones de relaciones que se han generalizado e internalizado (Stern, 1985, Knox, 2003, 104-37). Estos esquemas proporcionan un conjunto de valoraciones y expectativas acerca de relaciones exteriores que determinan la forma en que el mundo interpersonal se interpreta y experimenta. Sin embargo, desde el punto de vista Junguiano, el SCS es mucho más que una internalización de los patrones de relaciones externas. Sus imágenes y afectos son amplificados desde dentro por el dinamismo mito-poético y arquetípico de la psique, y la aparente “sabiduría” con la que genera significado, crea historias imaginativas para el “niño” y le proporciona sueños de curación; y estas imágenes parecerían trascender lo que se describe a menudo como la ilusión infantil o la fantasía defensiva. Más de un clínico ha sido profundamente conmovido por la asombrosa inteligencia interior que parece ser movilizada en condiciones de estrés traumático, hasta el punto de sugerir que, en sus esfuerzos para sanar el trauma, la psique parece tener acceso a poderes “superiores”, precognitivos o transracionales (Ferenczi, 1988, 81, Jung 1912, 330, Bernstein, 2005).

Sin embargo como lo vemos nosotros, el SCS logra una cura parcial del trauma, lo suficiente para que la vida continúe, a pesar de la disociación y de sus efectos en limitar la máxima capacidad de una persona. Cuando la gente viene a psicoanálisis, a menudo no sabe que esta cura parcial está sucediendo, ni espera que su identidad, informada durante muchos años por “interpretaciones” desde el CSC, tendrá que ser “de-construida” en el curso de la terapia. Como Masud Khan (1974) nos recuerda, con estas personas traumáticamente heridas… “Uno rara vez se enfrenta, en un primer momento, con la enfermedad auténtica del paciente. [Más bien]… lo que es más difícil de resolver y curar es una práctica del paciente de auto-curarse. Curar una cura es la paradoja que enfrentamos con estos pacientes…” (97).

LA NATURALEZA DE LA AUTO-ESCISIÓN

Imaginemos un criatura muy pequeña -por ejemplo una niña de tres años, buscando amor en una figura parental- digamos su padre. Imaginemos que esto sucede cuando el padre alcohólico está ebrio y entonces explota el afecto de la niña violándole su cuerpo, y luego aterrándola con amenazas si ella cuenta lo sucedido. En momentos tan traumáticos como éste, la niña se enfrenta a la aniquilación potencial de su yo más personal, la destrucción de su esencia personal, el “asesinato del alma” como lo llamó Leonard Shengold (1989). Esta posibilidad catastrófica debe evitarse a toda costa, y así, algo verdaderamente extraordinario ocurre. Tendemos a dar por hecho esta cosa extraordinaria.

De repente, “ella” está en el techo, mirando hacia abajo lo que le está sucediendo a su cuerpo que “ella” acaba de dejar vacío. Llamamos disociación a esto. Si uno está en una situación insoportable y es incapaz de salir de ella, una parte de uno se va, y para que esto suceda todo el self debe dividirse en dos a fin de evitar la ansiedad impensable de ser experimentado en su totalidad. Lo sorprendente de esta experiencia casi universal de la escisión traumática, es que la “conciencia que presencia” parece seguir estando “presente”, pero desde otro lugar independientemente del cuerpo!

Tenemos razones para pensar que la naturaleza de esta división es universal. Parte de la niña en nuestro ejemplo tiene una “regresión” a un estado embrionario de relativa inocencia y de seguridad anterior al trauma. Esta parte regresiva será sepultada profundamente en el cuerpo (inconsciente somático), y estará protegida por barreras de amnesia enviadas por el SCS (trance). Por otro lado, una parte separada de la niña de nuestro ejemplo “progresa”, es decir, crece muy rápido, identificándose con el agresor y con la mente adulta, trascendiendo el insoportable dolor del momento con una comprensión precozmente filosófica, racional, y a veces “trascendente”. La parte progresiva “vigila” a la parte regresiva. En su función protectora, le proporciona sosiego como un ángel de la guarda. En otras ocasiones, con el fin de mantener la parte regresiva en el interior, el self progresivo puede volverse negativo y persecutorio.

En casos raros, si el trauma externo continúa sin disminuir, y el núcleo esencial de la persona está en peligro de aniquilación, se vuelve una tarea del SCS organizar el suicidio del niño (Ferenczi, 1988, 10).

Así que un propósito central del SCS, es preservar y proteger un núcleo sagrado de la personalidad de la inmanente violación y destrucción. Este “núcleo sagrado de la personalidad”, a menudo se presenta en sueños como la imagen de un “niño”, es llamado por DW Winnicott (1963, 187) como un “centro sagrado incomunicado” de la personalidad, o por Harry Guntrip (1971, 172) como el “corazón perdido del self personal”, o por el psicoterapeuta de orientación espiritual TH Almaas (1998, 76-82) como una presencia ontológica descrita simplemente como “esencia”, o como lo llamé en mi libro anterior, el “espíritu personal imperecedero” o el “alma” (Kalsched 1996). Este centro sagrado de la persona humana no es equivalente al “niño” en el sistema, sino que representa su herencia divina, su inocencia generativa, y su potencial de vida.

Por lo tanto, cuando este “niño” llega a la conciencia (véase el segundo caso más adelante) a veces aparece con una aura de numinosidad, es decir, como un niño “divino” o arquetípico.

ORIGEN Y FUNCIÓN DEL SISTEMA DE AUTO-CUIDADO

En resumen, el SCS emerge de un campo traumático de experiencias con los demás, especialmente con figuras de vínculo temprano y registra una escisión psíquica necesaria debido a la experiencia insoportable del niño. Esta división se memoriza como una defensa arquetípica -un complejo bipolar que contiene un self progresivo (un guardián protector o persecutorio) y su contraparte regresiva (un niño)-. El SCS realiza las siguientes funciones:

Una función hermenéutica: Proporciona un “significado” para la vida dolorosa del niño cuando el caos y la falta de sentido lo amenazan. Interpreta las experiencias posteriores del niño a la luz de su “historia”, en la que a menudo es el niño quien ha causado el trauma, por lo tanto “malo”, y debe seguir trabajando continuamente para convertirse en “bueno”.

Una función interpersonal: Contiene la ansiedad, regula el afecto, y evita el re-traumatismo, inhibiendo la expresión del self y desestimulando el vínculo, por lo tanto regulando la distancia con el cuidador. Su lema favorito es “todo para mí mismo”. Niega la dependencia, la vulnerabilidad o la “debilidad” (véase más adelante el primer caso). Moldea las valoraciones y las expectativas del mundo interpersonal y llena su “agenda” a través de identificaciones proyectivas.

Una función auto-reguladora: Supervisa la disociación de la experiencia traumática insoportable, separando la sensación, el afecto y la imagen de modo que se borra un significado imposible. Controla la agresión y los estados cargados de maldad o vergüenza, a través de la disociación. Controla las secuencias de estar cambiando en los trastornos disociativos de identidad.

Una función auto-conservadora: Mantiene la parte pre-traumática del niño “inocente” con su chispa de alma divina, fuera de sufrimiento, asegurándose que nunca será violada. Proporciona auto-hipnosis (trance) cuando es necesario, incluyendo las adicciones.

Recurre a los recursos mitopoéticos de la psique para proporcionar “historias” al devastado niño interior, lo ayuda a sanar a través de las bellezas de la naturaleza, el amor por los animales, por los rituales religiosos, la música, y otros. Le hace compañía en el mundo interior, convirtiéndose a veces en rígido e implacable en su programa disciplinario. Organiza el suicidio, cuando todo lo demás falla.

 

DIFERENTES TIPOS DE TRAUMA

En la autobiografía de Jung (Jung, 1965), describe el trauma como una “historia no contada”.

En muchos casos en psiquiatría, el paciente que viene a nosotros tiene una historia que no ha contado, y que por lo general nadie conoce. En mi opinión, la terapia solamente comienza después de la investigación de toda la historia personal. Es el secreto del paciente, la roca contra la que él se hace añicos. (117).

Cuando usamos la palabra “trauma” nos estamos refiriendo a una experiencia aguda o acumulativa que nos “vuelve pedazos”. Este despedazamiento es tanto un evento externo que nos produce un choque como un evento interior llamado disociación. Jung se refiere al despedazamiento traumático como uno que eventualmente, con ayuda, puede ser recordado como una historia coherente. Este es frecuentemente el caso con el trauma adulto, donde la disociación se limita a la situación o situaciones traumáticas que conducen a los trastornos de estrés post-traumático, con sus síntomas característicos. Sin embargo, no todos los traumas pueden ser recordados como una historia coherente. Los eventos traumáticos en la niñez pueden ocurrir muy temprano para ser recuperados en la memoria explícita. Aquí los hechos despedazadores se producen cuando el ego del niño es inmaduro o que aún no está formado en su mayor parte, y tal vez profundamente identificado con las personas abusivas en el entorno de las que el niño depende. Con el trauma temprano, la disociación es de mayor alcance y sistemática en sus efectos, en realidad afectan al hemisferio derecho del cerebro que es el más activo durante los primeros dieciocho meses de vida, dejando a veces un déficit perdurable en la regulación de los afectos (Schore 2003, 272).

Así que el trauma de la primera infancia implica un “despedazamiento” que Jung no contemplaba cuando describió la historia secreta que sigue estando sin contar. Tal trauma temprano es un secreto, incluso para uno mismo y por lo tanto a menudo no puede ser informado cuando el paciente entra en psicoanálisis. Este trauma temprano, no recordado, presenta un panorama más complicado para el psicoterapeuta analíticamente informado y requiere enfoques de tratamiento que van más allá de las técnicas de interpretación habituales para descubrir la fantasía, modificar las defensas, o confiar en los procesos espontáneos de auto-sanación de la psique individual descritos por Jung.

CÓMO SE “RECUERDA” EL TRAUMA TEMPRANO EN TERAPIA

Los efectos sistemáticos de disociación en la primera infancia permiten que la vida continúe, pero a costa de una gran ruptura en el mundo interior. Un niño traumatizado no va a entender lo que ha sucedido y a menudo no suele ser capaz de contarlo a los padres o a otros. Los elementos de la experiencia traumática, tales como sensaciones, afectos, e imágenes pueden ser “codificados” en la memoria episódica en “estado dependiente” de las regiones subcorticales del cerebro derecho y no estarán disponibles para los procesos verbales, incluyendo la memoria narrativa (Van der Kolk y Fisler 1995). Piezas enteras de la experiencia original también pueden ser “almacenadas” en el cuerpo, creando síntomas somáticos sin estar a disposición de la conciencia (Van der Kolk, 1994). Esto es parte del “trance” construido por el SCS.

Cuando las partes despedazadas de tales acontecimientos inenarrables de infancia comienzan a surgir más adelante en la terapia analítica, pueden amenazar con desestabilizar toda la personalidad. Quien tiene estas experiencias no sólo se siente “trastornado” por las escenas retrospectivas, como en el PTSD (trastorno de estrés postraumático), sino que puede sentirse “loco” o “poseído”. Todo el sentido de su identidad puede ser sacudido.

Una sobreviviente de trauma que estaba empezando terapia tuvo esas escenas retrospectivas que le aparecieron cuando estaba haciendo su presentación en su habitual estilo encantador. En un momento de silencio, ¡de repente oyó que daban un portazo! Cada vez que esto sucedió, entró en pánico y se convenció de que estaba teniendo un “colapso”. Poco a poco, y con especial atención a sus sentimientos de seguridad en el momento, juntamos un recuerdo coherente. Ella tenía tres años. Su familia vivía en un parque de casas rodantes. Era invierno. Su madre, que estaba teniendo una aventura con un hombre alcohólico de un remolque vecino, le tiró la puerta, diciéndole que no regresara antes de una hora. Mi paciente deambuló en la nieve, perdida y sola. Al parecer, esto había sucedido en varias ocasiones y fue “recordado” sólo como una sensación de algo que se abrió paso para salir, carente de afecto, sin imágenes visuales, y con un efecto profundamente desestabilizador. Tales respuestas de “fogonazo” (Wilkinson, 2006, 79-81) en las cuales el estado hiper-estimulado del trauma original hace erupción más tarde en la situación de terapia, debe ser cuidadosamente manejado por el terapeuta, cuya principal preocupación debe ser la regulación del afecto y la restauración de la seguridad y del equilibrio homeostático.

Además de escenas retrospectivas no recordadas en el trauma infantil, puede aparecer en forma de constantes repetidas con otros, que reiteran los patrones relacionales de la situación original, amplificados por modelos que operan internamente, construidos por el SCS. Las víctimas de trauma se encuentran continuamente re-traumatizadas, como atrapadas en una profecía autocumplida. En los primeros días del psicoanálisis esto parecía un fenómeno autodestructivo conocido como la compulsión a la repetición. Hoy en día, se entiende que tal repetición, va a suceder inevitablemente también dentro de la relación terapéutica, y que, si bien esto es a menudo experimentado como una crisis relacional, proporciona una oportunidad para que el paciente viva completamente la ruptura traumática original del vínculo en la transferencia – confiando que esta vez, lo sea hacia un desenlace diferente-.

Por último, el trauma temprano puede regresar en forma de “recuerdos arquetípicos” en lugar de los personales. Los sobrevivientes del trauma temprano con frecuencia tienen historias muy vívidas sobre experiencias de vidas pasadas, secuestros alienígenas, abusos en rituales satánicos, etc (cf. Hedges, 2000).

Sin cuestionar la validez de tales “recuerdos”, el terapeuta debe ser consciente de que hay un filtro arquetípico a través del cual el trauma temprano llega al ego, es decir, al SCS. Por lo tanto, el significado arquetípico es sustituido por el significado personal. Tales historias pueden proporcionar un andamiaje de significado mitopoético de “otra vida”, que mantiene viva a la persona hasta que el impacto más doloroso de la traición interpersonal, el descuido y el abandono en esta vida, se pueda abordar.

 

LA IMPORTANCIA DE LA RELACIÓN EN LA CURACIÓN DEL TRAUMA

Durante los últimos veinte años, los clínicos que trabajan con pacientes de trauma temprano han hecho un descubrimiento doloroso, esto es, que la situación analítica usual, con su énfasis en las palabras, su poder diferencial entre paciente y analista, y su tendencia a “objetivizar” el paciente a través de la interpretación, a menudo re-traumatiza la misma gente que está buscando ayudar. Quedó claro que el trabajo con sobrevivientes de trauma requiere mucha mayor reciprocidad, transparencia y sintonía afectiva en la relación analítica, reminiscencia de una interacción temprana de la madre y el niño. Este descubrimiento llevó luego a un renovado interés en la observación de infantes (Beebe y Lachmann 1994) y a la teoría del apego (Bowlby, 1988), donde se demuestra claramente que la temprana comunicación emocional diádica, basada en el cuerpo entre el bebé y la madre, es fundamental para la formación de lo que Alan Schore (2003, 270) llama el “sistema implícito del self” y la mente inconsciente. Bowlby y sus seguidores pudieron mostrar la facilidad con que el trauma interpersonal puede romper esa relación de apego temprano, llevando hacia una internalización de los “esquemas” rígidos, obsoletos y mal adaptados, o a los modelos que funcionan internamente y que reemplazan el suave fluir de la negociación con el objeto. Estos a su vez dan lugar a diversas formas de vínculos inseguros o desorganizados que afectan profundamente las relaciones interpersonales del sobreviviente del trauma más tarde en su vida y en el análisis (Knox, 2003, 115).

Los analistas han comenzado a darse cuenta que lo que se ha roto relacionalmente debe ser reparado relacionalmente. Los traumas relacionales tempranos inevitablemente entran en la relación psicoanalítica, y aunque esto presente muchos peligros potenciales, también ofrece oportunidades únicas para la reparación del trauma. Si esto va a ocurrir, sin embargo, remite altratamiento afectivamente enfocado, que Schore (2003, 49) llama la comunicación entre los respectivos hemisferios derechos del cerebro. El analista se “sintoniza” en un nivel afectivo con estas brechas disociativas o lugares de descarrilamiento, en los que la conexión del sentimiento íntimo con el paciente amenaza con separarse. El trabajo de Philipe Bromberg (2006) proporciona muchos ejemplos de esta delicada negociación y de cómo el analista debe convertirse en un total compañero en la “regulación diádica” del afecto y la co-creación de una realidad intersubjetiva totalmente nueva. Afortunadamente, en este proceso, lo que el analista dice o hace, será menos importante que “qué tan abiertamente se procesa lo que sucede con el analizado” (Mitchell, 1988).

Además del seguimiento creciente de los estados emocionales internos, hallados en este enfoque “relacional”, la neurociencia afectiva, la teoría del apego, y la observación de infantes, han inspirado una variedad de nuevas formas de trabajar con el trauma en el cuerpo. Estos métodos comprenden que el trauma del pasado y sus defensas se incorporarán en los estados fisiológicos actuales, tales como la respiración, los gestos, la tensión muscular, el movimiento, etc, y buscan trabajar directamente con ellos, ayudando al paciente a ser más consciencia de sus sensaciones y percepciones internas. Entre las contribuciones específicamente Junguianas a este trabajo cabe mencionar la labor de sensibilidad del cuerpo de Marion Woodman (1984), el trabajo de larga data de Joan Chodorow (1978, 1984), la “imaginación activa en movimiento” y el “movimiento auténtico” en el trabajo de Tina Stromsted (2001). Fuera del campo Junguiano, la articulación de Pat Ogden (2006) con un “enfoque sensoriomotor” a la psicoterapia proporciona muchas formas útiles en las que las técnicas de sensibilización del cuerpo se pueden incorporar en el psicoanálisis convencional.

Otras formas de “terapias expresivas de arte”, incluyen diversas formas de terapia de arte y terapia de caja de arena (Pattis, en este volumen) también son especialmente efectivas en el tratamiento de traumas, porque eluden el hemisferio izquierdo y tocan los recursos mitopoéticos de la psique directamente, abriendo afectos de otra manera disociados en el cuerpo.

Lo mismo podría decirse del trabajo de Robert Bosnak con los sueños (2007), centrado en el afecto. Los dos casos siguientes incorporar algunas de estos nuevas comprensiones.

EJEMPLO CLÍNICO DEL SISTEMA DE AUTO-CUIDADO EN FUNCIONAMIENTO

El siguiente caso es una de esas raras situaciones en las cuales el momento de un descubrimiento importante en una sesión de psicoterapia, más el sueño que siguió, desenmascararon muy claramente la estructura y función del SCS del paciente. El incidente que deseo contar ocurrió después de varios meses, en un tratamiento analítico en una exitosa agente de bienes raíces de treinta y ocho años, quien me consultó en crisis porque las cosas no le estaban saliendo bien con un nuevo hombre con el cual ella estaba saliendo, y con quien había esperado casarse eventualmente.

Él había argumentado que realmente no la conocía muy bien y sentía que ella “se escondía” de él. Esta observación la perturbó lo suficiente como para traerla a terapia.

Mi paciente era hija única, atractiva, encantadora y completamente centrada en el afuera con una vida muy activa como mujer de negocios, y deportista, pero con poco acceso a su vida interior o a su yo de sentimientos femeninos. Su infancia, según ella, no había tenido incidentes especiales -no tenía verdaderos problemas para trabajar-, sólo el problema externo con el novio que la decidió (después de haberlo buscarlo en Internet) que era “narcisista” y que tenía problemas para comprometerse.

Un día ella entró claramente herida por algunas críticas sobre ella, que le hizo su mejor amiga, quien la llamó “superficial y poco profunda”. Mi paciente parecía deshecha por esto, y aunque inicialmente desvió mis suaves preguntas sobre sus sentimientos y trató de cubrirlos con humor negro, finalmente fue capaz (con mi ayuda) de quedarse con su dolor y tristeza por unos pocos momentos. Le pregunté que dónde se localizaba la tristeza en su cuerpo, y ella señaló su corazón. En este momento, sus ojos se le llenaron de lágrimas. Aprovechando este afecto recién descubierto, pudimos vincular la crítica dolorosa de su amiga a un patrón de humillación incesante de su amado padre quien, resultó que se había burlado de ella despiadadamente durante la escuela primaria y el inicio de la secundaria, acerca de su cuerpo “gordo” (ella había sido una niña con un ligero sobrepeso) y luego la ridiculizaba por su “estupidez” ya en la universidad.

Cuando emergieron en la sesión los detalles de estas experiencias llenas de vergüenza, comenzó a entrar en pánico y a tener dificultad para respirar. Se produjo un patrón de acercamiento / evitación con respecto a sus sentimientos. Sus ojos se llenaban de lágrimas, seguido por una especie de llanto espasmódico y restringido. Después de recuperarse, ella hizo una broma acerca de que era un caso perdido, y luego se sentó nerviosa, mordiéndose los nudillos hasta que afloraron las lágrimas de nuevo. Cada vez la animé a dejar simplemente que los sentimientos llegaran sin censura, a respirar en ellos y a decirme más acerca de lo que se le venía a la mente. Pero cada vez, ella los reprimía involuntariamente, pidiendo disculpas por utilizar mis pañuelos, haciendo alguna broma oscuramente irónica, y luego finalmente, para su gran alivio, la sesión terminó.

Yo estaba conmovido por esta difícil sesión, pero cuando salió de la sala de espera hacia las escaleras, mi paciente comentó irónicamente que “no debía preocuparme”, …que nunca volvería a traer a esta niña pequeña, nauseabunda, y chillona de nuevo, si podía evitarlo! Me sorprendí al escuchar esta declaración de mi paciente de quien pensé que estaría tan contenta como yo con la apertura que se había producido en sus sentimientos.

La siguiente sesión llegó con el siguiente sueño.

Estoy cautiva con un grupo de chicas jóvenes en una casa flotante en algún sistema de canales. Es una noche aterradora tan oscura como la tinta china. El capitán, vestido de negro, trata de matarnos una por una. Es siniestro y perverso, como Hannibal Lechter en el Silencio de los inocentes. Estoy tratando de escapar con una joven con quien estoy encadenada por los tobillos, pero ella es débil y no me puede seguir el paso. Ella se resbala en el agua y no podemos seguir, así que finalmente somos capturadas. La joven permanece en el agua poco profunda. Trato de tirar de ella con la cadena para que pueda respirar, pero ella sigue cayéndose de nuevo en el agua. El capitán mira esto con placer. Él se acerca, me mira con regodeo, y con su bota en la garganta de la niña la hunde bajo el agua. Estoy abrumada con dolor y rabia mientras la miro ahogarse. Estoy indefensa.

Mi paciente sabía que este sueño se relacionaba de alguna forma con la sesión del día anterior, pero le pareció que el sueño confirmaba sus peores temores acerca de sí misma, es decir, que allí había algo básicamente equivocado. “¿Quién más -insistió ella-, tendría un sueño tan sádico como este?”. Lo que mi paciente no se dio cuenta (y yo tampoco) era lo mucho que una parte desconocida de ella (el capitán) aparentemente odiaba sus sentimientos de vulnerabilidad recientemente encontrados (la joven chica débil a quien ella estaba encadenada) y estaba tratando de “matarlas”, empujándolas de nuevo al inconsciente. En retrospectiva, me di cuenta que su comentario sarcástico a la salida de la sesión anterior, venía directamente de este “capitán”, desde el lado persecutorio de su SCS con el que su ego estaba, en ese momento, plenamente identificado. El capitán debió también estar presente en la sesión como ese factor interno inconsciente que no le permitía liberar sus sentimientos y sacarlos del cuerpo a la mente.

En el sueño de mi paciente, su self de la infancia inocente pre-traumática es representado por la joven frágil a quien ella está encadenada. El ego del sueño trata de sacarla del agua “para que pueda respirar”, al igual que en la sesión anterior, en la que ella había luchado para expresar el afecto disociado en su cuerpo en el momento en que emergía y lo “mataba” repetidamente.

Este sueño y nuestra comprensión mutua de éste, ayudaron a mi paciente a ser más tolerante de su self interior de niña dependiente, y en la medida que nuestro trabajo progresó, ella fue capaz de arriesgar más afecto corporizado, suavizando su estructura defensiva blindada, representada por el vigilante y destructivo “Capitán”.

CASO FINAL: EL NIÑO ARQUETÍPICO Y LOS DELFINES

Un corredor de bolsa de Wall Street de casi treinta años me consultó por depresión después de que su prometida rompiera su compromiso y lo dejara por otro hombre. En respuesta a su traición, mi paciente sintió no sólo los sentimientos habituales de dolor, tristeza y enojo, sino que comenzó a sentirse desolado, irreal, “desconectado”, y “muerto por dentro”. Estos sentimientos de despersonalización y des-realización le parecían vagamente familiares. Al escuchar su historia, me pregunté qué trauma temprano podía haber disparado el abandono actual de su novia. Pronto descubrimos lo que había sido ese trauma temprano.

Después de un período inicial de psicoterapia centrado en la pérdida de su relación, comenzamos a explorar su historia personal. No recordaba mucho de su infancia que había sido “aburridamente normal, y típicamente clase media”, excepto por una cosa. Él nunca sintió que perteneciera realmente a su familia y la fantasía que persistió era que debía haber sido adoptado. Sentía que había algo secreto en su pasado. . . algo oscuro, “otra vida” que debía haber vivido. Incluso, había comprobado el registro de nacimiento y había confrontado a sus padres con estas ideas, pero no resultó nada.

Después de varios meses de análisis, y sintiéndose especialmente deprimido por la pérdida de su relación amorosa, mi paciente recordó una pesadilla repetitiva que había tenido cuando era niño. En el sueño, de alguna manera terminaba en la caneca de la basura de la cocina, que se guardaba en el sótano en un armario cerrado con llave, un lugar en el cual su madre lo desaparecía cuando era “malo”. Este lugar había sido siempre aterrador para él. Dijo que a veces lloraba tan fuerte allí, que quedaba “en blanco”.

Esperando que este sueño temprano nos diera acceso a su mundo interior, le pedí que cerrara los ojos y volviera a entrar en el sueño, contándome lo que veía y sentía. Al principio se resistió pero yo bromeé y le di seguridad, y finalmente se dejó ir en la imagen. El lugar en el que se encontró se convirtió en un corredor de horrores -una mezcla de imágenes distorsionadas de medios seres humanos y apariciones macabras-. Le pedí que se quedara con estas imágenes y dijera todo lo que se le ocurriera… especialmente lo que sintiera en su cuerpo. Dijo que se sentía muy pequeño y asustado y luego, cuando yo añadí qué tan abandonado e indeseado debió haberse sentido en su familia, estalló en llanto. Con ayuda, se permitió rendirse a estas lágrimas y no dejarlas ir. Salió de la sesión muy sacudido, pero extrañamente conmovido. Esa noche tuvo el siguiente sueño:

Estoy caminando por una playa desierta. Soy más joven, no sé qué tan joven. En la distancia está una mujer que he conocido antes. Lleva una túnica blanca de tela con capucha. Ella se ve etérea, vagamente de otro mundo. Ni siquiera su rostro es visible. Una tormenta se avecina. Vemos un promontorio en la arena. Ella lo señala e indica que quiere que yo lo cave. Lo hago, y descubro el cuerpo vivo de un niñito. Primero cavo la arena a lo largo de su torso, para que pueda sentarse. Él también lleva una larga túnica blanca con capucha. Su cara está todavía bajo la arena. Trato de limpiarlo, pero la arena sigue cayendo cubriéndole los ojos. Sólo la frente y la barbilla están expuestas. Por último, lo saco y los tres caminamos juntos por la playa. De repente vemos una elegante marsopa saltando en el agua. Pronto se duplica y se convierte en dos, luego en cuatro, luego en ocho… hasta que el océano está vivo con estos animales. Al observar este espectáculo desde una torre de salvavidas, un fuerte viento llega y nos bota hacia atrás.

Este sueño excepcionalmente vívido le pareció muy extraño a mi paciente, excepto que sabía que tenía algo que ver con la sesión anterior, la cual, según dijo, lo había “golpeado”. Sentía que desenterrar el cuerpo del niño debía tener algo que ver con la excavación de su pasado.

No mucho tiempo después, mi paciente se enteró por una tía que su madre, ya fallecida, había sufrido una depresión post-parto después de su nacimiento y que había estado hospitalizada durante seis semanas. A él lo había enviado a vivir con esta tía, quien le informó que ella se lo fue devolviendo gradualmente a su madre, durante un período de un año porque ella permanecía deprimida e incapaz de hacerle frente a la situación. Esta información nos dio una pista sobre el trauma temprano que se repetía en la vida de mi pacient, como cuando su novia lo dejó. Ya había sido abandonado hacía mucho tiempo, y en el proceso algo dentro de él se había enterrado, permaneciendo encapuchado y no disponible: sin rostro. Podemos pensar en este niño enterrado como una versión más joven de él mismo, el “niño” animado, pre-traumático, cuya energía le había dejado (a través de la disociación) en las ocasiones de terror repetido, en lo que él llamó su “armario de castigo”. Como tal, este niño con capucha representaba la parte perdida y que ahora regresaba del propio Self animado del paciente.

Al yo sopesar estas posibilidades, me encontré con un pasaje del ensayo de Jung (1959, 177) sobre el arquetipo del niño, en el que analiza el “niño divino”. Jung comenta sobre la imagen del “encapuchado”:

Fausto, después de su muerte, es recibido como un niño en el “coro de jóvenes benditos”. No sé si Goethe se refería, con esta idea peculiar, a los cupidos de antiguas lápidas. No es improbable. La figura del cucallatus habla del encapuchado, es decir, el invisible, el genio de los difuntos, que vuelve a aparecer en el alegre juego de una nueva vida, rodeado por formas marinas de delfines y tritones.

Esta imaginería corresponde casi exactamente con la imaginería del sueño de mi paciente. Una parte de él, invisible hasta ahora –muerta y enterrada hace mucho– su “genio” o “daimon”, se da a conocer de nuevo a través de la atención mediadora de su “self cuidador” (la mujer con capucha), una defensa de “otro mundo” con una sabiduría extraordinaria y una conexión gemelar con su espíritu enterrado.

Nuestra interpretación de este sueño se ve reforzada al amplificar la imagen del delfín. La asociación mítica del delfín con el “hijo” muerto y renacido es muy antigua. Pausanias habla de que un niño en parte divino, en parte humano, llamado Taras, hijo de Poseidón y Satyraea, era el delfín-cabalgado por el Niño de Año Nuevo, de la ciudad dórica de Tarentum. Para otras evidencias en Pausanias, Graves (1955, 291-92) lo encuentra semejante al ritual de advenimiento del Niño del Año Nuevo, dramáticamente presentado en Corinto con la ayuda de un delfín domesticado, entrenado por los Sacerdotes del Sol.

Esta imaginería arquetípica nos permite dar una mirada a la función salvadora de vida del SCS. Preserva el corazón perdido del self invisible y encapuchado, hasta que esta parte inocente con su carga “divina” -hasta ahora mantenida fuera de la vida de los sufrimientos-, reingresa en la corriente de vida una vez más rodeado, en su sueño, por animales saltarines y juguetones que siempre se han asociado con la vitalidad, la animación, y el regreso de la luz al mundo.

Mi paciente no estaba muy interesado en estos paralelos mitológicos. Estaba, sin embargo, profundamente conmovido por una sensación de que, de alguna manera, él se había reunido con una parte perdida de sí mismo a través de la exploración analítica de su historia de vida personal. Su vida ya no le pareció tan desolada, sino de alguna manera significativamente tormentosa. Pronto encontró otra novia y dejó su terapia para una nueva vida.

¿PSICOLOGÍA SIN LA PSIQUE?

En la discusión anterior, he hecho hincapié en las funciones mitopoéticas, psicológicas, y “espirituales” del SCS y lo he hecho por una razón. Por un lado, los recientes acontecimientos revolucionarios en neurociencia y en estudios del cerebro (Schore, 2003a, 2003b), junto con el descubrimiento de que incluso el desarrollo del cerebro depende de la relación temprana entre el niño y la madre (Gerhardt, 2004), conducen a una convergencia interesante en el campo. Estas dos corrientes de pensamiento se unen para destacar dos aspectos hasta ahora descuidados del trauma y su tratamiento, esto es, cómo el trauma está codificado en el cerebro / cuerpo y se cura a través de la atención al cuerpo y a sus afectos, y en segundo lugar, lo importante que es la relación entre terapeuta y paciente para la reparación del trauma temprano (Bromberg 1998, 2006).

Yo personalmente he estado muy informado de estas nuevas tendencias y no tengo sino admiración y gratitud a los hombres y mujeres que han puesto estas realidades en el centro. Comparto su entusiasmo. No hay duda que en el pasado, hemos estado demasiado centrados en las formas verbales / interpretativas del tratamiento en psicoanálisis y hemos dejado de lado los sentimientos, el cuerpo, y la relación terapéutica.

En el enfoque Junguiano del trauma también hemos estado preocupados con la versión particular de Melanie Klein de la fantasía arquetípica y cómo estas imágenes son traumáticas en sí mismas. Esto ha conducido a un descuido relativo de la realidad exterior de trauma, su prevalencia en nuestras vidas, y su poder para moldear y distorsionar el mundo interior.

Sin embargo, el lado oscuro de todo este entusiasmo por el cerebro y lo interpersonal, es uno sobre el cual Jung advirtió hace muchos años, a saber, que podríamos terminar en una “psicología sin psique” (Jung, 1933, 178). Hay una tendencia en gran parte de lo que he leído a alejarse del centro de la contribución de Jung –su descubrimiento de la chispa numinosa de la divinidad en el mundo interior, a la que se refería como el Self. Mucho se ha hablado de la compatibilidad del pensamiento de Jung con los nuevos descubrimientos, su atención al afecto, su relacionalidad, e incluso su énfasis del self sobre el ego. Pero también hay un reduccionismo que me preocupa. Sin ir más lejos, una celebridad en el campo del trauma y su tratamiento como Peter Levine (1997) afirma que “el trauma es fisiológico, no psicológico” (citado en Taki-Reece 2004, 65).

Margaret Wilkinson (2006), cuyo libro ha hecho una enorme contribución en la vinculación de la psicología de Jung con los nuevos descubrimientos de la neurociencia, presenta dos hermosos casos de sobrevivientes de trauma que se salvaron, literalmente, por la psique mitopoética -en un caso por libros y películas, en otro a través del dibujo, el amor por los animales, y una figura imaginaria interior que le mantuvo viva la esperanza. Sin embargo, al resumir su trabajo, ella dice que los casos demuestran que los niños “necesitan retraerse del peligroso mundo exterior al fingido mundo relacionado con el trauma” (Wilkinson 2006, 51).

En mi opinión, esto minimiza la importancia de la imaginación, como si el mundo “exterior” fuera en donde “deberíamos” estar viviendo, libres del mundo interior “fingido”. Por el contrario, como nos recuerda James Hillman (1975), vivimos en la psique como pez en el agua, y los sobrevivientes del trauma a veces viven allí más que el resto de nosotros. A menudo tienen una visión privilegiada de ese “otro” mundo que hace su presencia en nuestros sueños y en los grandes momentos de silencio que incluso abre la disociación.

La teoría de las relaciones objetales y la teoría interpersonal proporcionan la mejor comprensión de cómo se desarrolla el trauma, pero, al no captar la brecha entre las capacidades auto-curativas del mundo interior de la psique, no pueden concebir adecuadamente la curación del trauma, que se da a través de otros recursos diferentes a los personales. El Sistema de Auto Cuidado surge como consecuencia de una falla aguda o crónica del entorno relacional, para proporcionar una sintonía “suficientemente buena” y una capacidad de respuesta empática para el bebé en crecimiento. El trauma ocurre cuando esta”falla” cae fuera de lo que Winnicott llama la “zona de omnipotencia”, con lo cual quiere decir, la experiencia que el bebé puede sentir o “metabolizar” dentro de sus propios límites de tolerancia -o de su propia capacidad simbólica naciente. Los eventos que quedan fuera de esta área son “insoportables” o “abominables” y constituyen nada menos que “locura”, con lo que Winnicott quiso decir literalmente una “ruptura” de la infancia que no puede ser recordada y alrededor de la cual el niño en crecimiento (con la ayuda de las defensas primitivas) debe levantar un falso self, como un árbol que crece alrededor de un centro ausente, ahuecado por el golpe de un rayo.

Esta aleccionadora y convincente historia sobre los efectos del trauma temprano representa una verdad parcial, pero no es toda la verdad. Hay algo fundamental que Winnicott deja por fuera de su meta-psicología completamente interpersonal, esto es, el contexto “no humano” hacia el exterior (Searles, 1960), y el contexto “pre-humano” hacia adentro, es decir, la capa arquetípica de la psique (Jung). El niño no está sólo en relación con la madre, sino con el “mundo” de afuera y el “mundo” de adentro, balanceado como si estuviera entre dos grandes misterios, hermosos y terribles. Es el trabajo de la madre ayudar a mediar en estas realidades Titánicas. Sin la mediación “suficientemente buena” de la madre, el niño estará expuesto a estos terrores y bellezas interiores y exteriores, y esto llevará inevitablemente a los síntomas traumáticos en relación, por ejemplo, con la omnipotencia y la grandiosidadno no resueltas, al vínculo inseguro / desorganizado, etc.

Pero el niño no estará necesariamente “loco”. El SCS vendrá a su rescate y este sistema va a reclutar los poderes arquetípicos de la naturaleza interior y exterior en su “esfuerzo” para salvar el espíritu del niño, -su centro de salud-. Los muchos mitos que re-cuentan la historia de niños abandonados y expuestos pero rescatados por poderes transpersonales o por animales salvajes, registran este milagro “salvador” del SCS (Otto Rank). Es cierto que sin una adecuada relación humana que medie entre la “psique y el mundo”, el niño traumatizado tendrá dificultades a través de toda la vida en su intimidad con otros. Nacido de vínculos afectivos rotos, el SCS no le permitirá confiar en un proceso de re-vinculación con los demás por temor a una re-traumatización. Pero el self que crece en torno a estas limitaciones no será necesariamente un “falso” self y puede de hecho ser más creativo que loco, tal vez con un rico mundo interior, un acceso privilegiado a la “realidad no ordinaria”, una vida cultural profunda, y una gran pasión y capacidad para la vida. En el lenguaje de Jerome Bernstein, estas personas ocupan una “Tierra de Frontera” entre los mundos, en lugar de tener trastornos “Borderline” de personalidad (Bernstein, 2005).

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