Otro lugar para la psicosis – Ana María Vargas B.

ANA MARÍA VARGAS


Psicosis

Ana María Vargas Betancourt es Licenciada en Docencia con énfasis en promoción social, egresada de la Universidad San Buenaventura. Psicóloga, egresada de la Universidad de Antioquia. Especialista en Hermenéutica Literaria, egresada de la Universidad EAFIT, en la cual cursa actualmente Maestría en Estudios Humanísticos. Desde 2004, labora en ésta institución desempeñándose como docente, psicóloga e investigadora.  Correo: avargas2@eafit.edu.co

Pensar de una manera diferente a como se piensa hoy en general tiene siempre un aire de ilegitimidad intempestiva, de aguafiestas; es, incluso, algo casi incorrecto, enfermizo y blasfematorio, que no deja de implicar graves peligros sociales para quien nada de forma tan absurda contra corriente… Hoy, no es la fuerza del alma la que se edifica un cuerpo, sino que, al contrario, es la materia la que, por su quimismo, engendra un alma… El espíritu de la época se niega a conceder una sustancialidad propia al alma, ya que, a sus ojos, ello sería una herejía.
(Jung, 2016, p. 6)

Referirse a cómo es atendida la psicosis en una institución universitaria puede resultar un tanto arriesgado, si tenemos en cuenta que la consideración dominante la propone como una enfermedad mental derivada de alteraciones biológicas que ha de ser atendida en el marco de otro tipo de instituciones. Es opuesto a la doctrina dominante, anunciar que es posible acogerla en un espacio diferente al hospital y con herramientas distintas a la medicación, que no en todos los casos el confinamiento es la vía necesaria.

Es natural e inevitable que emerjan posibilidades contrarias pues la psique es territorio de opuestos, donde la tensión entre ellos posibilita su movimiento y por tanto su vida. Para dar cuenta de esta necesaria oposición, a la que me he acogido de la mano de la Psicología Analítica, serán ésta, la psicosis y mi experiencia clínica, la urdimbre de la trama que se despliega a continuación. Este es el relato de parte de mí trasegar entre la teoría y la práctica, con una forma particular de escuchar e intervenir lo psíquico donde se presta atención a lo inconsciente y se respetan las construcciones subjetivas que cada individuo realiza para navegar su propia existencia.

Códigos básicos para comprender.

Carl Gustav Jung, psiquiatra suizo nacido en 1875 y fallecido en 1961, compañero de Sigmund Freud durante la primera década del Siglo XX, concibe una propuesta diferente del psicoanálisis y la psicología de su época. Se distancia de varios de los conceptos fundamentales de Freud; entre otros, no acuerda con la connotación estrictamente sexual de la libido, no considera la asociación libre como estrategia privilegiada para el acceso a lo inconsciente, no ubica el complejo de Edipo como centro soberano de la estructuración psíquica y es diferente su forma de abordar e interpretar los sueños. A pesar de las diferencias, Jung mantuvo acuerdos con la propuesta de Freud en cuanto a la cualidad compensatoria del síntoma, la existencia de contenidos inconscientes que se imponen a la consciencia y las posibilidades de movimientos singulares ante ellos.

Su propuesta considera la vida psíquica como una red que no es simple efecto de una causa fija. Para él, la psique[1] es un tejido complejo, móvil, que incluye lo personal, no solo lo consciente, conectado con lo colectivo inconsciente. El pensamiento de Jung trasciende la exclusividad de asociaciones causales entre los hechos, al concebir la realidad interna y externa del hombre como un “rizoma” (Vélez, 99, 23-25), un entretejido vital sustentador, movilizado y transformado por la singularidad de cada una de sus emergencias, con causa y finalidad.

En la Psicología Analítica, la psique, el alma, es el territorio de lo paradójico; la consciencia diferencia y valoriza las polaridades mientras en lo inconsciente los opuestos se tocan, viven amalgamados. La consciencia es una emergencia tardía de lo inconsciente, este ha dado paso a una ilimitada cantidad de singularidades que expresan la evolución de la conciencia individual. Lo inconsciente preexiste a esta y se nutre de sus contenidos, particularmente de aquellas experiencias e impresiones reprimidas, olvidadas por diversas exigencias personales y culturales pero que mantienen una carga afectiva que imanta a la consciencia, que se le imponen condicionando el devenir subjetivo. Estas “representaciones cargadas afectivamente” es lo que Jung llama Complejos.

“¿Qué es, pues, científicamente hablando, un «complejo afectivo»? Es la imagen emocional y vivaz de una situación psíquica detenida, imagen incompatible, además, con la actitud y la atmósfera conscientes habituales; está dotada de una fuerte cohesión interior, de una especie de totalidad propia y, en un grado relativamente elevado, de autonomía: su sumisión a las disposiciones de la conciencia es fugaz y se comporta en consecuencia en el espacio consciente como un corpus alienum, animado de una vida propia.” (Jung, 2016, p 123)

Del caos originario emergen núcleos que se afectan unos a otros, que se distancian, que chocan, que guardan una relación de vecindad a veces tranquila, a veces caótica. “Estas parcelas existen juntas, relativamente independientes unas de otras, y pueden en todo momento turnarse mutuamente; es decir, que cada una posee un alto grado de autonomía.”(Jung, 2016, p 123). En medio de este tejido complejo el Yo es una parcela más; “El primer complejo activado es el complejo del Yo, el cual comienza a funcionar en la primera infancia. El Yo es el más autónomo y diferenciado de los complejos y conglomera nuestra visión de mundo y de nosotros mismos.”(Ostfeld, 2015, 1) Esta parcela opera en aras de la diferenciación pero no comanda el territorio psíquico. Si bien tiende a la supremacía, los demás complejos pueden obnubilarlo, rebasarlo y tomar el mando, en los peores casos someterlo hasta la invasión temporal o definitiva. “La diferencia entre un lapsus lingue corriente y las blasfemias desordenadas de un poseso es una diferencia de grado.” (Jung, 2016, 12)

Dado que lo inconsciente es el territorio de lo paradójico, las unidades que le son propias se caracterizan también por una doble faz. No son malsanas en sí mismas, son estrictamente hablando las “unidades vivientes de la psique inconsciente” (Jung, 2016, p 127). Su capacidad de arrasamiento del territorio consciente se relaciona con el grado de profundidad en que se encuentren. Según Ostfeld, a mayor inconsciencia de un complejo mayor será su grado de autonomía y por tanto mayor la posibilidad de que imante o invada la consciencia.

El entramado de complejos forma una primera capa de lo inconsciente, lo que Jung nombra como la Sombra, ese lado personal desconocido para la consciencia que cada uno porta a la manera de un baúl oculto. Este estrato individual descansa sobre otro más profundo que no se origina en la experiencia particular; si bien se ha constituido con contenidos reprimidos está prefigurado desde uno que como especie compartimos y que es el reservorio de la vida psíquica humana en el planeta: el inconsciente colectivo.

“Puesto que el niño llega al mundo con un cerebro predeterminado por la herencia y diferenciado, y por lo tanto también individualizado, no se enfrenta a los estímulos de los sentidos con cualquier disposición sino con una disposición específica, que ya condiciona una selección y configuración peculiar (individual) de la apercepción. Se puede comprobar que estas disposiciones son instintos y preformaciones heredadas. Estas preformaciones son las condiciones a priori y formales, basadas en los instintos, de la apercepción. Son los arquetipos. Los arquetipos señalan vías determinadas a toda actividad de la fantasía y producen de ese modo asombrosos paralelos mitológicos; no se trata entonces de representaciones heredadas sino de posibilidades de representación, son una herencia no individual sino en sustancia general” (Jung, 1977, 62-63).

Los arquetipos son los componentes del inconsciente colectivo, como tal no son susceptibles de consciencia sino estructuras formales indeterminables que tienen sin embargo la posibilidad de aparecer bajo formas determinadas (Jung, 1977, 66). Estas formas son las representaciones arquetípicas, llamadas también imágenes primordiales, netamente simbólicas. En la Psicología Analítica, el símbolo es diferente al signo:

Una expresión que se emplea para designar una cosa conocida no pasa nunca de ser un mero signo y jamás será un símbolo. Por ello es completamente imposible crear un símbolo vivo (esto es, un símbolo preñado de significado) a partir de conexiones conocidas. Pues lo creado de esa manera no contiene nunca más que aquello que dentro de él se ha puesto. Todo producto psíquico puede ser concebido como símbolo siempre que sea la mejor expresión posible en ese momento de una situación factual desconocida o sólo relativamente conocida hasta entonces, y siempre que nos inclinemos a admitir que la expresión quiere designar también aquello que sólo está presentido, pero aún no está claramente sabido.”(Jung, 1995, 555)

Las representaciones arquetípicas emergen ante la consciencia amalgamando los opuestos que en el inconsciente coexisten. Son en sí mismas paradójicas, pues relacionan lo consciente y lo inconsciente; surgen del misterio y lo mantienen pero al mismo tiempo lo evidencian ante la conciencia. Dada la polaridad inherente a lo psíquico, todos los arquetipos tienen también un aspecto negativo y uno positivo. Aparecen como mitos en la historia de los pueblos y se encuentran en cada individuo emergiendo como imagos[2] en los sueños y en las fantasías. “Tienen tanto de sentimientos como de pensamientos; es más, poseen algo así como una vida propia e independiente…”. (Jung, 1990, 58). Jung caracteriza algunos arquetipos, a la manera de una delimitación puramente empírica que pretende dar nombre a un grupo de fenómenos afines o análogos, describiendo, entre otros, el Ánima, el Ánimus, el Sí Mismo. Las representaciones arquetípicas que los manifiestan evidencian los movimientos y transformaciones de la libido.

La libido en Jung es energía psíquica: “ La energía psíquica es la intensidad del proceso psíquico, su valor psicológico (no moral, no atribuido) … sencillamente definido por su fuerza determinante, la cual se exterioriza en determinados efectos psíquicos (“rendimientos”) … Lo uso como un concepto apto para expresar intensidades y valores”(Jung, 1995, 542). El concepto de libido se nutre de la concepción de energía de la física moderna[3]; indica la existencia de una cantidad presente en la psique, no material pero igualmente manifiesta en sus efectos que son las manifestaciones psíquicas mismas; a la libido puede atribuírsele un valor en el sentido de carga y es considerada como una especialización de la energía vital, que se diferencia en oposición física-psíquica. El símbolo es el elemento que sirve a la autorregulación psíquica, “Regula y transforma dos expresiones de la energía vital o libido que son opuestas… el símbolo es la resultante de estas dos que emergen a la consciencia como tensión” (Jung, 1977, 5). Manifiesta y reúne en sí mismo los opuestos mientras impacta en el movimiento libidinal, en la red energética que constituye a la psique[4].

Todo símbolo emerge como imagen, pero no toda imagen es simbólica. “En el origen y dentro de las imágenes y de los símbolos encontramos la energía como principio formal, y sabemos, también, que la energía solo es reconocible por y en su manifestación. Ahora bien, su esencia es precisamente su tendencia a expresarse en imágenes sin determinar ni los contenidos ni el carácter de éstas. Así pues la energía se hace psíquica como imagen y en la imagen…” (Vélez, 1999, 36) Esta es anterior al pensamiento racional en el desarrollo psíquico, siendo característico del pensamiento infantil lo fantástico, la imaginación, la cual en Jung es entendida en términos generales como Actividad imaginativa[5]: la actividad propia de la psique de generar imágenes, expresión directa de la actividad vital psíquica, un sistema de fuerzas que se le aparece a la consciencia. La fantasía es un conjunto de representaciones que emergen a partir de una acción propia o se imponen a la consciencia, que no necesariamente se corresponden con el mundo exterior.

 “Es posible distinguir fantasías activas y fantasías pasivas. Las fantasías activas son provocadas por la intuición, esto es, por una actitud dirigida a la percepción de contenidos inconscientes; aquí la libido ocupa inmediatamente todos los elementos que emergen de lo inconsciente y los eleva, mediante la asociación de materiales paralelos, a la altura de la claridad y la visualizabilidad. Las fantasías pasivas aparecen desde el comienzo en forma visualizable, sin que haya una actitud intuitiva antecedente o concomitante, encontrándose el sujeto que conoce en una actitud completamente pasiva” (Jung, 1995, 510).

Mientras las primeras forman parte a menudo de las actividades más excelsas del ser humano, como el arte, las segundas llevan no pocas veces la marca de la enfermedad. Lo activo presupone una personalidad en la vía de la integración, ya que consciente e inconsciente confluyen en un mismo producto, en tanto que lo pasivo solo expresa el punto de vista de lo inconsciente, imponiéndose a la consciencia y, en algunos casos, inundándola por completo. Los sueños forman parte de las fantasías pasivas. En ellos lo ignoto de la psique se manifiesta sin el consentimiento consciente, aprovechando que la libido que ocupa habitualmente la consciencia se halla disponible.

La energía vital se hace psíquica en la imagen, obliga como tal a representar no a los contenidos pero si a su manifestación. La imagen no aparece solo como reproducción psíquica de un objeto externo, es fundamentalmente producto de la actividad inconsciente que se nutre de los aportes de la consciencia. En este sentido, la representación arquetípica no escapa al influjo de la valoración consciente, pues el contenido inconsciente al conciencializarse y ser percibido, cambia de acuerdo con cada consciencia individual y con cada cultura en que surge.

Las imágenes primordiales son representantes por excelencia de los movimientos libidinales, con las cuales hemos dado respuesta a las inquietudes más profundas sobre lo humano: La pregunta por el amor, la muerte o la trascendencia lleva a narraciones e imágenes que impregnan el devenir de la cultura y de cada ser humano. El héroe que enfrenta mil peligros al encuentro de su dama, la sempiterna lucha entre el bien y el mal, la bruja que engaña, el hada que aparece en el momento justo, el dragón que oculta tesoros insospechados, recorren en distintas formas y con muy diversos matices la historia de los pueblos. En lo subjetivo, estas representaciones pueden ser portadoras del desarrollo psíquico o evidencian todo lo contrario: la desintegración psíquica que caracteriza a la psicosis.

¿Acoger la psicosis en una institución universitaria?

“…lo que el artista y el demente tienen en común, también es común a todo ser humano: una fantasía creativa e incansable, que constantemente está ocupada en suavizar la dura realidad… La demencia le permite subir a la superficie. Una vez que está arriba, se nubla la realidad como detrás de un velo, en forma más o menos rápida. Se convierte en un sueño lejano, pero el sueño se convierte en realidad…”
(Jung, 1990 A, 33)

Hace veinte años inicié el estudio de la propuesta de Carl Gustav Jung; durante los últimos diez he venido transitando el proceso analítico que desde esta se orienta y he dedicado mi práctica profesional a atender estudiantes universitarios en el marco de una institución educativa privada. Dada mi elección teórica y práctica, es afortunado formar parte de una dependencia que desde hace casi veinte años ha sido liderada por profesionales que han acogido el discurso psicoanalítico. Muchos de los fundamentos de la Psicología Analítica propician el diálogo con el psicoanálisis, de ahí la fortuna y la posibilidad de formar parte de una trayectoria significativa en apuestas educativas, clínicas e investigativas caracterizadas, entre otros, por el lugar que se otorga a lo singular y por la atención a lo que no se dice y a lo que se dice pero pocos escuchan.

En el ámbito clínico, se mantiene una apertura particular que dista de algunas limitaciones que tradicionalmente se imponen a los servicios de atención psicológica en un contexto institucional, referidas específicamente a la cantidad de sesiones y el tipo de casos que es posible atender. En cuanto al número de citas, se ha transitado desde una cantidad determinada, exceptuando con los estudiantes en una situación socioeconómica que restringiría sus posibilidades para acceder a consulta privada, a la apertura a que cualquier proceso pueda durar toda la carrera universitaria, es decir varios años. En el segundo caso, ha prevalecido la atención a cualquier motivo de consulta, con la posibilidad de inter consulta con profesionales externos. Estas condiciones favorecen no retroceder ante la psicosis.

Para la psiquiatría convencional, la psicosis es una enfermedad mental causada por una disfunción neurológica que solo puede intervenirse con medicación. El concepto transita en la lógica del discurso médico, que para el caso de los trastornos mentales pone la causa en el organismo, el efecto en la percepción o el comportamiento y el tratamiento en la sustancia. Jung, si bien valoraba la investigación en relación con las causas fisiológicas de la psicosis, considerando que podría en un futuro dar luces sobre este trastorno, abogó siempre por acentuar en el estudio y tratamiento en el ámbito psicológico.

El fundador de la Psicología Analítica, refiere que la tendencia psiquiátrica tradicional sigue el dogma materialista, que, “como lo formula la psiquiatría, dice: “enfermedades mentales son enfermedades del cerebro”.” (Jung, 1990 A, 67). Todo dogma implica la represión, negación o eclipse de su contrario. Por tanto, si el énfasis se ubica en la etiología física su contraparte psíquica se verá catalogada como algo accesorio, como un epifenómeno mórbido de la materia. Dicha ubicación podría ser, según Jung, la causa de que los psiquiatras convencionales dejen pasar de largo la riqueza simbólica del sistema delusorio.[6]

La incidencia de esta consderación sigue siendo fundamental en nuestros días. La ampliación desbordada de los cuadros diagnósticos en el DSM y la marcada tendencia a la medicalización, hospitalización y normalización, atravesada por el discurso del consumo y el capital, aleja cada vez más la mirada de los factores psíquicos per se y con ello de posturas que apunten a la construcción de alternativas singulares en contravía de la estandarización. La apuesta junguiana no es abogar por un aspecto en detrimento del otro, por psicologizar en lugar de medicalizar, sino por un dialogo que no desestime ni lo físico ni lo psíquico.

“… sin lugar a dudas pasará mucho tiempo antes de que la fisiología y la patología del cerebro, por un lado, y la psicología del inconsciente, por el otro, puedan estrecharse la mano. Aunque nuestros conocimientos actuales no nos permiten todavía descubrir los puentes que conectan la naturaleza tangible y visible del cerebro con la aparente insustancialidad de las formas psíquicas, existe la seguridad infalible de su presencia. Que esta seguridad impida a los investigadores cometer el error de desatender un lado en favor del otro o desear reemplazar el uno por el otro. La naturaleza no existiría sin sustancia y tampoco existiría si no se refleja en la psiquis” (Jung, 1990 A, 132)

En nuestros días, los avances científicos en relación con el genoma humano y el funcionamiento sináptico del sistema nervioso central, no logran aún descifrar el misterio; la exploración y atención a las causas y contenidos psicológicos sigue siendo una vía regia, que desde las posturas psicoanalítica y analítica han evidenciado múltiples posibilidades. Más aún, si acordamos con Jung que la mayoría de las psicosis son leves[7] y no llegan afortunadamente a los pasillos de los hospitales psiquiátricos. Él siempre se mostró optimista en cuanto a su tratamiento psicológico, refiriendo logros importantes enmarcados en su propia experiencia.

Para el caso del servicio universitario en el cual atiendo, usualmente el motivo de consulta manifiesto de los estudiantes que habitan el mundo desde la psicosis, hace referencia a las mismas dificultades de cualquier joven universitario: académicas o en la construcción de vínculos sociales con otros. En lo académico, es habitual que haga presencia la conocida ansiedad ante exámenes o limitaciones para el estudio o comprensión de disciplinas específicas. En lo social, es recurrente la percepción de soledad, indiferencia de los demás hacia las dificultades propias o malestar recurrente ante decires y acciones de otros compañeros.

A medida que avanza el proceso, los jóvenes pacientes comienzan a informar de otros factores que les resultan problemáticos: ideas recurrentes que se imponen en forma duradera y pueden o no ir acompañadas de algún tipo de sensación corporal; imágenes oníricas incomprensibles para las cuales no encuentran, ni hay efectivamente, algún referente externo; o pensamientos difusos, desconectados entre sí, cuya articulación implica un esfuerzo significativo; voces, imágenes, sensaciones que se imponen y cuya trayectoria no depende de la voluntad propia. Reconocen que estas experiencias preexisten al proceso psicológico, son expresadas a medida que el nivel de confianza se consolida, que la transferencia cobra consistencia. En la consulta también comienzan a evidenciarse asuntos de los cuales no tienen noticia: fluctuaciones importantes en el sustento emocional de la expresión, que varía de un aplanamiento rígido a una excitación desbordada y que no se corresponde con lo dicho; narraciones extraordinarias referidas menos a hechos que a su elaboración personal sobre lo vivido tomada como hecho; conjeturas inconsistentes sobre el motivo o finalidad de una experiencia que se toman por certezas.

Todos estos son temas psicológicos, que como tales plantean la pregunta por la Psicogénesis de la psicosis, lo cual refiere a dos aspectos: en primer lugar, a que las condiciones en las cuales emergen los síntomas psicóticos son psicológicas; en segundo lugar a la posibilidad de que la causa exclusiva del trastorno, o al menos gran parte de su etiología, sea psíquica.

En el primer caso, se plantea la relación entre situaciones vitales con la emergencia de los síntomas característicos de la psicosis: la muerte de un ser querido, el nacimiento de un hijo, una ruptura de pareja y múltiples acontecimientos esperados o inesperados, pueden marcar o enmarcar el inicio de alucinaciones, delirios, alteraciones del pensamiento y el lenguaje, que dan cuenta de que la consciencia ha sido invadida por contenidos que se alejan de la realidad objetiva o consensual, ante los cuales el sujeto parece encontrarse inerme. Dichas circunstancias no se caracterizan por ser inusuales o inconvenientes en sí mismas para cualquier ser humano, lo cual lleva a considerar una predisposición que determina las reacciones particulares ante ellas. Ya en el estudio de las neurosis, y en parte al lado de Freud, la predisposición psicológica fue un hallazgo que llevó a aseverar que en la neurosis ésta es definitiva, desestimando su exclusiva etiología en las células nerviosas o en otros órganos del cuerpo.

En cuanto a lo psicológico como causa única en la psicosis, Jung no fue concluyente al respecto. Siguiendo a su maestro, Eugen Bleuler [8], consideraba que existían síntomas primarios, referidos a la alteración en el pensamiento, sentimiento y voluntad, y síntomas secundarios, a saber, delirios y  alucinaciones[9]. Según el psiquiatra y analista junguiano Yehuda Abramovitch, “Para Jung, los síntomas secundarios deben entenderse como de origen psicógeno. En cuanto a los fundamentales, debatió consigo mismo sobre si deberían considerarse como resultado de una vulnerabilidad constitucional congénita, o como resultado de “… Una emoción inicial que da origen a alteraciones metabólicas. Estas emociones parecen estar acompañadas de procesos químicos que provocan alteraciones o lesiones temporales o crónicas específicas”. (Carta al presidente de un simposio sobre Conceptos Químicos de la Psicosis, realizado en el segundo Congreso Internacional de Psiquiatría de Zúrich septiembre 1-7,1957).” (Abramovitch, 2014).

Acogiéndose hasta cierto punto a la propuesta de Janet[10], Jung reconoce en lo que aquel llamó el abaissement du niveau mental, estado de disminución del umbral de la consciencia, la condición o síntoma primario a la base de la psicosis. Planteó como factores inherentes a este estado tanto una debilitación del complejo del yo como una sobrecarga exacerbada de contenidos inconscientes que se le imponen a la consciencia. Sin embargo, el abaissement no es exclusivo de la psicosis, puede presentarse como efecto del consumo de sustancias psicoactivas o de shocks emocionales, forma parte de la dinámica de la histeria, profusamente estudiada por Jung, y de diversos trastornos psicológicos y estados alterados de consciencia. De hecho, el mecanismo por el cual la consciencia cede sus dominios a contenidos inconscientes es natural al fenómeno del sueño.

“No es una metáfora decir que la demencia es un sueño hecho “realidad”. La fenomenología del sueño y de la esquizofrenia es casi idéntica, por supuesto con cierta diferencia; porque una ocurre normalmente al dormir, mientras que la otra trastorna el estado consciente o de vigilia. El hecho de dormir es también un abaissement du niveau mental, que lleva a un olvido más o menos completo del yo. Por lo tanto, el mecanismo psíquico que provoca la extinción y desintegración de la conciencia al dormir, es una función normal,…  En la esquizofrenia parecería ser que esta función es puesta en marcha para provocar un estado soñoliento en el cual la consciencia es reducida al nivel de los sueños o los sueños son intensificados hasta igualar a la consciencia.” (Jung, 1990 A, 98)

Lo que hace que la psicosis sea distinguible de otros estados o trastornos, es la simultaneidad de la presencia casi intacta de la orientación consciente – en la cual están implicadas la atención, memoria, y funciones afines- y de los síntomas que la caracterizan, derivando en una alteración duradera durante la vigilia que no se origina directamente en una acción externa.

En el caso de la experiencia vivida en el servicio psicológico, algunos jóvenes reconocen que algo no anda bien en ellos, que pocas o ninguna persona saben de esto, pues temen que se enteren dados los riesgos de señalamiento social o familiar. Saben que lo que viven es cosa de locos. En otros, dicho reconocimiento es parcializado, solo hacia algunas ideas, sensaciones o imágenes, las demás son muy normales. Unos cuantos llegan con antecedentes de atención psiquiátrica tradicional, estabilizados temporalmente mediante medicación, la cual ha sido suspendida dada la desaparición de los síntomas; su mundo ha comenzado de nuevo a desmoronarse y algo no les cuadra con el tema de tomar pastillas o no quisieran volver a vivir la experiencia social y familiar alrededor de los pretéritos episodios críticos. Finalmente, unos pocos acuden a la manera de intervención en crisis, remitidos por otras dependencias, llevados por compañeros o profesores, en estado de pleno hundimiento.

Si bien para la Psicología Analítica la psicosis es entendida como un trastorno, esta acepción no refiere a la definición psiquiátrica tradicional sino a una pérdida de la homeostasis psíquica. “La expresión “equilibrio mental” no es una mera metáfora, porque realmente se trata de un trastorno del equilibrio que existe entre los contenidos conscientes e inconscientes. Lo que ocurre es que el funcionamiento normal del proceso inconsciente se introduce de manera anormal en la mente consciente y, por lo tanto, perturba la adaptación del sujeto a su ambiente” (Jung, 1990 A, 62). La psique procura compensar las tendencias extremas, conscientes o inconscientes. “Este efecto compensatorio se expresa,…, en ciertas actividades inconscientes, aparentemente sin sentido, que Freud ha denominado adecuadamente acciones sintomáticas” (Jung, 1990 A, 61). De esta forma, los síntomas llamados secundarios en la psicosis son un intento compensatorio natural que pareciera fallar en su cometido.

“Estos impulsos o compensaciones correctores, que ahora irrumpen en la mente consciente deberían en realidad ser el comienzo de un proceso curativo,…  Esto no ocurre en la realidad, porque los impulsos correctores inconscientes, no logran hacerse perceptibles a la mente consciente, lo hacen de una manera que ésta no puede aceptar.” (Jung, 1990 A, 63-64)

En la neurosis, se evidencia una lucha entre el yo y aquellos contenidos que reconoce como no- yo, conflicto psíquico ubicado temporalmente en el lugar de una conexión positiva entre los contenidos en pugna y que evidencia, pese a cierto grado de disociación, rasgos de concertación o vínculo entre las piezas escindidas con tendencia al restablecimiento de la conexión perdida. En la psicosis, en lugar de una oposición violenta ocurre una invasión, en la cual el yo tiende a perderse entre los contenidos que se imponen.

“Cada neurótico lucha por el mantenimiento y supremacía de su consciencia del yo y por la subyugación de las fuerzas inconscientes resistentes. Un paciente que se deja llevar por la intrusión de contenidos extraños desde el inconsciente, un paciente que no lucha, que hasta se identifica con los elementos mórbidos, inmediatamente se expone a una sospecha de esquizofrenia.” (Jung, 1990 A, 94-95)

El complejo del yo es la frontera entre lo consciente y lo inconsciente, alojando contenidos tanto visibles como invisibles. Tiende a operar hacia la diferenciación entre lo externo y lo interno, entre yo y no yo al interior de la psique; propende por la sobrevivencia de las posibilidades conscientes, por la permanencia de una identidad particular, y, a la manera de un faro, alerta sobre lo por venir desde las profundidades inconscientes. En el devenir de la psicosis, esta frontera aparece sin recursos para lograr su misión. Algo parece haber ocurrido en el desarrollo psíquico particular que ha fijado la construcción de la Weltanschauung, de la cosmovisión que determina nuestra forma de ver y estar en el mundo, en una etapa que forma parte del camino natural hacia la adaptación al mundo.

Durante la infancia se formula inicialmente una realidad subjetivizada, se comprende exclusivamente desde lo subjetivo, hilando imágenes o fantasías que responden a las mociones propias; ella irá entrando en contacto con el consenso social, lo que llamamos realidad objetiva, en aras de lograr una comprensión más amplia que vincule subjetivo y objetivo para lograr la “conexión con la vida”, (Jung, 1990 A, 45-46). En la psicosis este subjetivismo ha quedado fijado, dejando al yo desconectado del entorno, limitado en su capacidad de diferenciación y por tanto a merced de las fuerzas inconscientes indiferenciadas. “… mientras que en la persona sana el yo es el sujeto de la experiencia, en el esquizofrénico el yo es sólo uno de los sujetos que experimenta” (Jung, 1990 A, 84) Desde esta concepción, en la psicosis el yo está comprometido en una desigual batalla con contenidos que desde lo inconsciente le atraen; un sujeto confundido entre lo su-yo y lo no-yo.

“… en la esquizofrenia los complejos se han convertido en fragmentos autónomos y desconectados que ya no se reintegran a la totalidad psíquica, o ya de nuevo se unen inesperadamente, como si nada hubiese pasado.
En la esquizofrenia, la disociación no solo es más seria, sino muy a menudo irreversible. La disociación ya no es fluida y cambiable como en una neurosis; se asemeja más a un espejo roto.”

(Jung, 1990 A, 91)

En la consulta psicológica que atiendo en la universidad, algunos jóvenes reconocen claramente los contenidos invasivos, es decir con un grado de diferenciación relevante y en los que suele haber un rendimiento académico significativo. Son estudiantes con promedios altos, habilidades intelectuales evidentes, cuyas relaciones sociales giran en torno a estas competencias. En quienes la identificación de lo que invade es parcial, suele haber una idea, voz o imagen que les mantiene con los pies en la tierra, referida usualmente a aspiraciones empresariales, profesionales o afectivas. Para quienes ya han vivido la experiencia de la medicación e incluso la hospitalización, hay un reconocimiento de que algo podría pasar en cualquier momento y la interconsulta – que en el grupo de trabajo preferimos con psiquiatras psicoanalistas o amigos del psicoanálisis – suele ser una ruta pertinente. Inevitablemente habrá quienes deban ser hospitalizados periódicamente y mantener medicación por tiempos prolongados, quizá por toda su vida. En todos los casos, el servicio psicológico permanece disponible, para unos como un proceso regular para otros a la manera de un lugar al que acuden cuando el riesgo de derrumbe es inminente.

Su tejido psíquico evidencia fallos irreversibles en la trama, donde la urdimbre está siempre en riesgo de quedar al descubierto. La desarticulación del entramado psíquico da paso a la emergencia de lo profundo. Este espejo roto no puede reflejar con consistencia las imágenes del mundo externo ni conectar diferenciadamente con las del mundo interno y en su lugar se imponen las imágenes de lo inconsciente colectivo. “La esquizofrenia ofrece, sobre todo, una cantidad inmensa de símbolos colectivos; la neurosis en cambio mucho menos porque manifiesta, con muy pocas excepciones, una psicología predominantemente personal. El hecho de que la esquizofrenia quiebre los fundamentos de la psiquis, explica la abundancia de los símbolos colectivos, porque éstos constituyen la estructura básica de la personalidad.” (Jung, 1990 A, 100).

En los jóvenes que nos consultan en la universidad, se observan particularmente dos tipos de narraciones: aquellas sumamente elaboradas, barrocas, con múltiples ires y venires, casi poéticas; otras sumamente concretas, monotemáticas, donde abundan los silencios a la espera de una especie de orden para hablar. No siempre hay neologismos, aliteraciones o aquellos fallos de la palabra que ocurren en los casos severos, pero si una danza verbal que o bien da la impresión de un viaje fantástico, o bien de un ritmo básico sin mayores posibilidades de creación. Las imágenes se mueven de la misma manera: desde aquellas claramente arquetípicas –ángeles, demonios, dioses- hasta un simple punto en una hoja en blanco. Ambos tipos de narraciones e imágenes pueden aparecer en un mismo paciente.

La expresión de contenidos profundos o arcaicos no es potestad exclusiva de la psicosis. Ocurre también en genios y artistas, y pueden emerger en momentos decisivos del desarrollo psíquico en cualquiera de nosotros. En culturas primitivas, incluso en la antigua Grecia, las imágenes primordiales que se manifestaban en rituales o sueños, fueron consideradas para determinar decisiones colectivas o individuales. En algunas culturas indígenas, aquellas imágenes oníricas que dan cuenta de lo arquetípico son consideradas “grandes sueños”.

La diferencia entre estas experiencias y la psicosis, “… nada tiene que ver con los contenidos extraños del inconsciente, pero tiene mucho que ver si el individuo puede resistir un cierto pánico o si aguanta la tensión crónica de una psiquis que lucha consigo misma.” (Jung, 1990 A, 96) Los personajes que habitan las profundidades emergen y toman el control en forma irreversible. La distancia entre lo consciente e inconsciente es insalvable y deja al sujeto no solo cerca sino también a merced de los fundamente psíquicos originarios. La psique, dada su naturaleza compensatoria en aras de mantener el equilibrio energético, construye delirios y alucinaciones que posibiliten su sostenimiento. Ya no se está ante el panorama de una neurosis, territorio del conflicto psíquico entre contenidos más o menos diferenciados, sino en medio de un naufragio que la psique atiende con lo que tiene a la mano, a saber: las imágenes primordiales. De ahí la riqueza creativa, la profusión de imágenes y palabras que notifican del contacto cercano con los fundamentos profundos.

Escuchar las construcciones delirantes, observar atentamente las imágenes y sensaciones de la alucinación, conversar con las voces que se imponen, es tratar a la psicosis desde su punto de vista. El tratamiento en la Psicología Analítica, no opera a la manera de un protocolo pre establecido. Si bien se hace la diferenciación entre normal y anormal, esto no refiere a que se propenda por sujetos normalizados. Jung entiende por hombre normal “aquel que puede existir en todas las circunstancias, con tal de encontrar en ellas el mínimo necesario de posibilidad de vida.”(Jung, 1990, 48). Lo “normal” es que la tensión necesaria a la vida psíquica haga presencia, que los opuestos entren en pugna, que haya movimiento entre lo consciente y lo inconsciente; la acepción se refiere a los procesos psíquicos, que en la psicosis están alterados en forma irreversible pero que no eximen de que el sujeto pueda articular y articularse, con mayor o menor consistencia, al mundo que habita.

Para los estudiantes universitarios que viven desde la psicosis, dicha articulación pareciera profundamente ligada a lo que discurre en la vida universitaria. Cumplen, a veces con supremo esfuerzo, con los horarios, exámenes, trabajos y demás exigencias académicas, a veces con buenos resultados otras con bastantes dificultades. Es evidente un esfuerzo titánico por mantenerse vivos como estudiantes, por la prevalencia del vínculo que han establecido con las rutinas, espacios físicos, profesores y en general con las dinámicas universitarias. Su angustia deriva en gran parte del riesgo de ser retirados, de no poder continuar, de no culminar sus estudios, de no encontrar o de perder la conexión con la vida universitaria. Pareciera que se ha establecido una relación vital con ella, a la manera de una suplencia a aquello que en su psiquismo no puede operar.

Muchos de estos jóvenes, refieren experiencias laborales a las cuales han respondido adecuadamente, pues pareciera que transfieren o encuentran en estas lo mismo que les hace vincular con la universidad. Algunos de los pacientes que he atendido, realizan incluso con éxito sus prácticas profesionales o trasiegan bien en actividades extra curriculares, preferiblemente aquellas donde se evidencien dinámicas bien institucionalizadas. Todo parece indicar que el orden institucional funcionara como contención del caos subjetivo. Por supuesto que en otros casos el ingreso al mundo laboral amenaza derrumbe, particularmente cuando aparecen en su entorno laboral personas que les resultan intimidantes o raras, bien sea por que parecen no reconocerlos como seres humanos o porque les prestan demasiada atención. En estos jóvenes, los extremos son puertos de permanencia, no de llegada o de salida, no hay recorrido entre uno y otro; en su lugar ocurre una fijación o imposición abrupta en uno o en otro.

Los sonidos y sensaciones que hacen presencia en la psicosis, el lugar que ocupa el yo entre los distintos personajes autónomos, el tipo de imágenes que se imponen, lo mucho o poco de posibles articulaciones entre las partes escindidas, son aspectos que varían en cada sujeto. Habrá casos en los que sea urgente alejar al individuo de su inconsciente, para preservar piezas bien articuladas; otros en los que sea contraindicado un proceso analítico; otros en los que el proceso se constituya en soporte; otros donde la medicación y hospitalización sea irreversible; algunos donde se pueda dirigir el proceso hacia un sistema delusorio que les posibilite sostenerse en el mundo. En todos los casos, se requiere del psicoterapeuta la habilidad para conversar con las voces del delirio.

Conclusiones que preguntan

Los viajes son los viajeros.
Lo que vemos no es lo que vemos,
sino lo que somos.

Fernando Pessoa

Desde mi experiencia, he podido observar cambios considerables en la manera como estos jóvenes comienzan a relacionarse con los personajes de su sueño cotidiano. Construyen rituales de protección contra ellos, o hábitos deportivos, artísticos o académicos que mantienen vivas las escasas articulaciones intrapsíquicas o con el entorno, incluso avanzan en el reconocimiento de las señales de derrumbe, lo que les permite acudir al servicio o a sus propias construcciones antes de que ocurra. Los fragmentos que aún queden de su bastión consciente parecieran incrementar sus opciones. “…el esquizofrénico latente siempre debe calcular la posibilidad de que su fundamento ceda en algún lado, que se produzca una desintegración irreversible, que sus representaciones y conceptos pierdan su cohesión y su conexión con otras esferas de asociaciones y con el entorno, por lo cual se ve amenazado por un caos incontrolable de la casualidad. Se encuentra sobre un terreno traicionero y muchas veces también lo sabe. (Jung, 1990 A, 118)

Para el profesional, viajar de la mano de la psicosis implica el riesgo de perderse a sí mismo. Jung advertía al respecto: “… se pueden lograr mejoras considerables en esquizofrenias graves y hasta llegar a una cura, siempre que “la propia constitución aguante”. Esto se debe tener seriamente en cuenta, porque el tratamiento no solo exige esfuerzos inusuales sino que también puede producir infecciones psíquicas en el terapeuta que tenga una disposición algo inestable.” (Jung, 1990A, 126). Si se logra el tránsito con la debida disposición, es posible vislumbrar avances significativos. Acoger la psicosis me ha enseñado, que el lugar del psicoterapeuta requiere flexibilidad y creatividad, a la par de una intuición prudente que deriva menos de la teoría que de la experiencia, tanto profesional como personal. No es posible la distancia objetiva, también cargamos con nuestros propios complejos. “La limitación ineluctable de toda observación psicológica es que no es válida más que si tiene en cuenta la ecuación personal del observador. “(Jung, 2016, 129)

Para Jung, una de las dimensiones más evidentes de la psicosis es la referida a la vinculación emocional con el entorno, que va desde una indiferenciación evidente entre lo yo y lo otro hasta una distancia absoluta. En este sentido, la transferencia que se instaura puede operar sobre la persona del psicoterapeuta, que sería en la Weltanschauung del paciente un personaje más del delirio o el interlocutor de alguno de sus personajes, o sobre el dispositivo mismo, como un espacio donde el paciente puede ser él mismo siendo el terapeuta una parte activa del decorado. Identificar el lugar que se otorga al psicoterapeuta, es pieza clave para saber cómo moverse ante esa cosmovisión.

Atender la psicosis en el marco de una institución educativa es posible, siempre y cuando se pueda entablar un diálogo con el discurso institucional donde se realicen concesiones a cambio de posibilidades. En el caso de la dependencia en la cual laboro, no se desatienden los requerimientos propios de cualquier institución, referidos a proveer estadísticas, cumplir metas, hacer uso de criterios diagnósticos validados, entre otros. Implica sostener la tensión inherente a la interacción entre lo singular y lo homogéneo, reconocer y hablar en los códigos propios de lo institucional para visibilizar la pertinencia de la postura hacia lo singular.

Esto implica convivir con limitaciones y tensiones naturales. La atención psicológica institucional es la crónica de un final anunciado: el día en que la calidad de estudiante se pierde, este no puede continuar acudiendo al servicio. Esto podría impulsar intervenciones arriesgadas por parte del profesional, en aras de una remisión o de acelerar las construcciones subjetivas, en el mejor de los casos, éstas ya están avanzadas y el joven puede sostenerse sin la atención recibida hasta ese momento o derivando a otro espacio de consulta sin mayores obstáculos. Este final anticipado puede operar también a la manera de las vicisitudes impredecibles de todo proceso, como si fuera efecto de la acción de lo inconsciente. Ocurre también, que en la institución se evidencia la segregación de las particularidades del joven, exigiendo del Departamento mantener espacios de diálogo permanentes con distintos actores institucionales, lo cual en ocasiones resulta un tanto desmoralizante.

Entre logros y dificultades, los aprendizajes descritos plantean nuevas preguntas. Con cada paciente, se presentarán nuevas voces, nuevas asociaciones o desarticulaciones, sorpresas, movimientos insospechados. Aún hay mucho por explorar en cuanto a la psicosis, ¿Cómo en medio del caos una pequeña roca que notifica la prevalencia de mínimos recursos de la consciencia puede generar vastas posibilidades de articulación? ¿Podría considerarse que a mayor tamaño de las distintas partes de este “espejo roto” hay mayores posibilidades de sostenerse el sujeto en el mundo o es relativo a la sustancia simbólica que las une? En lo particular a la práctica clínica en una institución universitaria, se abren múltiples retos: ¿Cómo ocurre esta transferencia entre el mundo institucionalizado de la universidad y el de la empresa? ¿Cómo hacer con el riesgo de que el sujeto pretenda fijarse a una eternidad universitaria? ¿Cómo avanzar en el dialogo institución educativa/clínica psicoanalítica – y analítica- más allá de un llamado reiterado? Es evidente que mucho camino faltará siempre por transitar, camino que he elegido en dirección a ese diálogo, a ese movimiento hacia la articulación de opuestos que aplica tanto para lo subjetivo como para lo objetivo de este trasegar en el mundo.

NOTAS DE PIE DE PÁGINA

[1] Nominación derivada del griego psyché que significa fuerza vital, aliento, alma.

[2] Antes de llamarlas imágenes primordiales, las llamó imagos.

[3] Para comprender mejor la concepción junguiana de libido, puede revisarse Gettys Edward, y otros, 1991, Pg 171 en adelante, el principio de Lavoisier sobre la conservación de la energía y las concepciones de la física cuántica.

[4] La psique puede ser comprendida como una “ Unidad energética que se autorregula, se manifiesta, se dirige a fines y se compensa, manteniéndose siempre constante”  En: Vélez,1999, Pg 6

[5]  Para ampliar el concepto ver Jung, 1995, Pgs 509 – 516

[6] Sistema delusorio es la expresión que utiliza Jung para referirse al tejido delirante que forma parte de la expresión de la psicosis, aunque también hace presencia en estados psicoideos no referidos necesariamente al trastorno psicótico.

[7] Jung diferencia entre aquellas que llegan a los pabellones psiquiátricos, caracterizadas por el hundimiento definitivo o por un episodio de hundimiento del complejo del yo, de otras que parecerían a simple vista neurosis pero con el tiempo evidencian ser psicosis; estas son las que llama leves.

[8]. Eugen Bleuler, psiquiatra suizo (1857-1939) de quien Jung fuera asistente en la clínica de Burgholzli entre 1902 y 1909. Bleuler fue quien acuño los conceptos de esquizofrenia y autismo, entre otros

[9] El doctor Abramovitch recuerda el viraje que del tiempo de Jung a nuestros días ha dado la caracterización del trastorno psicótico para el DSM, en el cual lo que antes eran síntomas secundarios hoy son primarios, es decir características primordiales de la psicosis, con los consecuentes diagnosis y tratamiento que desconoce la función compensatoria de los mismos.

[10] Pierre Janet, psicólogo y neurólogo Francés, (1859 -1947).

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