Descenso al Inframundo: una invasión arquetípica de la Gran Madre – Natalia Valdés

NATALIA VALDÉS

Afiche Anticristo

Natalia Valdés es estudiante  avanzada  de  la  Licenciatura  en  Psicología,  Facultad  de  Psicología,  Universidad  Nacional  de Córdoba. Miembro de la Asociación Jung Córdoba. Trabajo final del curso de posgrado “Psicología Analítica Aplicada” dictado en la Facultad de Psicología, Universidad Nacional de Córdoba. Email de contacto: nataliagvaldes@hotmail.com. Este documento fue tomado de la Revista Encuentros, No. 5, 2014, págs. 6 – 20, con autorización del editor. La revista es una iniciativa de difusión de la Fundación Chilena de Psicología Analíticaofrece un espacio para promover ideas e investigaciones en el ámbito de la Psicología Analítica.

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Resumen

En este texto se abordará la reconstrucción clínica del personaje femenino de la  película  Anticristo  (2009).  Se  realizará  un  pasaje  por  el  argumento  de  la película, para luego reconstruir cronológicamente el proceso que llevó a esta mujer  a  la  locura;  cómo  la  escritura  de  su  tesis,  concebida  como  situación que le permitiría reflexionar e integrar un aspecto sombrío de lo femenino, genera la aceleración de un complejo materno hipertrófico, que irá creciendo en  intensidad  hasta  que  ocurra  la  invasión  arquetípica  en  la  forma  de  la Madre Terrible (Neumann, 2009). Pondremos en tensión esta dinámica con un  momento  del  mito  de  Psique:  su  descenso  al  Inframundo,  en  donde deberá  enfrentarse  con  lo  Femenino  Primordial,     y  abandonar  el  trato maternal y de piedad para con los otros. A diferencia de la protagonista del relato  griego,  la  madre  de  la  película  no  podrá  emerger  renovada  de  esa prueba, sino que se verá invadida por el contenido del inconsciente colectivo con el que se pone en contacto.

Palabras claves: psicosis – complejo materno – invasión arquetípica – Mito de Psique – Gran Madre

Carl  Gustav  Jung  sostenía  que  hay  una  fuerza  psíquica  interna  que  nos  lleva  a  la integración de nuestros caracteres opuestos, que nos compele a tratar con nuestras dificultades y en último término devenir nosotros mismos. A este proceso le llamó proceso de individuación y su forma paradigmática es el Camino del Héroe.

Varios  autores (Coó  &  Martínez,  2007;  Neumann  2009)  han  señalado  el  mito  de  Psique y Eros como  una descripción del proceso  de individuación femenino, que  comienza con la partida del  seno  maternal  indiferenciado  para  alcanzar  la  conciencia  y  la  integración  de  todas  las funciones psíquicas, estado representado por las bodas olímpicas con Eros y la transformación de Psique de mujer mortal en diosa.

Este proceso de individuación pone en tensión fuerzas y conflictos poderosos de la psiquis; si el complejo yoico no se haya debidamente fortalecido y es flexible, el sujeto puede fracasar y quedarse estancado en una fase o incluso padecer una desintegración yoica y caer en la psicosis.

En   el   presente   texto   abordaremos   la   película   Anticristo   (2009)   de   Lars   Von   Trier, centrándonos  en  el  personaje  femenino,  para  ejemplificar  un  fracaso  en  la  asimilación  de  los contenidos   inconscientes   movilizados   por   el   proceso   de   individuación.   Esta   película   posee numerosas  aristas  para  analizar:  podemos  centrarnos  en  el  proceso  psíquico  del  personaje masculino, en el del personaje femenino, en la relación terapéutica. Podemos abordarla desde una mirada de perspectiva de género, desde un lenguaje simbólico, desde una óptica literaria. Sin duda se  trata  de  una  obra  cargada  de  material  para  reflexionar,  atravesada  por  la  numinosidad arquetípica.

La historia versa sobre una pareja que pierde a su hijo, quien cae por una ventana mientras ellos tienen relaciones sexuales. A esta tragedia, la mujer reaccionará con un duelo intenso, con ataques de pánico y depresión. Su marido decidirá convertirse en su analista y llevarla al lugar que de repente más teme, una cabaña en medio del bosque que ellos llaman Edén. Esa cabaña será el caldero de incubación para que algunos conflictos comiencen a aflorar, que terminarán en delirio, mutilación y muerte.

Realizaremos un pasaje por el argumento de la  película, para luego reconstruir cronológicamente  el  proceso  que  llevó  a  esta  mujer  a  la  locura;  cómo  la  escritura  de  su  tesis, concebida  como  situación  que  le  permitiría  reflexionar  e  integrar  un  aspecto  sombrío  de  lo femenino,  genera  la  aceleración  de  un  complejo  materno  hipertrófico,  que  irá  creciendo  en intensidad hasta que ocurra la invasión arquetípica en la forma de la Madre Terrible (Neumann, 2009). Pondremos en tensión esta dinámica con un momento del mito de Psique: su descenso al Inframundo,  en  donde  deberá  enfrentarse  con  lo  Femenino  Primordial,    y  abandonar  el  trato maternal y de piedad para con los otros. A diferencia de la protagonista del relato griego, la madre de  la  película  no  podrá  emerger  renovada  de  esa  prueba,  sino  que  se  verá  invadida  por  el contenido del inconsciente colectivo con el que se pone en contacto.

Para ello, mencionaremos las diferentes formas que el complejo materno toma en la mujer, y describiremos cuál creemos que es la situación en el personaje de Anticristo. Caracterizaremos el proceso  de  aceleración (1) de  un  complejo  y  cómo  esto  da  paso  a  una  invasión  arquetípica. Retomaremos lo analizado por Erich Neumann (2009) en relación al arquetipo de la Madre Terrible para luego desarrollar su semejanza con el proceso de individuación de Psique.

Buscamos  con  este  análisis  acercarnos  a  la  visión  clínica  desde  una  óptica  analítica,  dado que situar esta conflictiva dentro del mito nos proporcionará herramientas tanto de tratamiento como de una posible prevención que podría haberse realizado para evitar la desintegración yoica.

I: Anticristo (2009)

La película se divide en un prólogo, cuatro capítulos y un epílogo. Tanto prólogo y epílogo se desplegarán  en  blanco  y  negro,  con  una  atmósfera  irreal  y  lenta,  donde  el  único  sonido  es  una ópera  de  Handel  cuyos  versos,  si  bien  en  otro  idioma,  van  a  tono  con  el  proceso  que  viven  los personajes: “Deja que llore/ Mi destino cruel,/ Y que suspire por la libertad/ Que el dolor rompa estos lazos/ De mi martirio, aunque sea sólo por piedad”. Cada capítulo tendrá el nombre de un sentimiento (tristeza, dolor y desesperación), afectos que serán atribuidos a la aparición de tres animales -un cuervo, un ciervo y un zorro- los tres mendigos, nombre del último capítulo.

El prólogo muestra a una pareja manteniendo  relaciones sexuales  de manera apasionada, mientras un niño se escapa de la cuna y lentamente, se acerca a una ventana abierta de par en par. El niño atraviesa su cuarto de juegos, donde podemos observar un rompecabezas con los tres animales mencionados y la presencia de tres soldaditos frente a la ventana, que tienen grabados los tres sentimientos del duelo. Nick se asoma por la ventana y caerá, mientras su madre alcanza el climax sexual.

El  capítulo  tristeza  comienza  con  la  mujer  internada  en  un  instituto  psiquiátrico  por depresión. Su marido decide sacarla de allí, sacarle la medicación y ser él mismo su analista las 24 hs. Ella se lamenta, la carcome la culpa, el deseo de morir ella también. Se observa una dinámica compleja, donde los llantos y el sexo desesperado se alternan con cuestionamientos a su pareja, por haber sido siempre tan distante y por interesarse en ella sólo cuando deviene su paciente.

Posteriormente,  comienzan  los  ataques  de  pánico  a  lo  que  él  propone  que  definan  su miedo, para poder enfrentarlo. De manera imprecisa, ella elige una cabaña en el bosque a donde suelen  ir  a  vacacionar  como  el  lugar  que  más  le  inspira  miedo,  concretamente,  la  vegetación alrededor de la cabaña. Él le propone pasar unos días allí y trabajar su miedo. El capítulo terminará con la llegada a Edén y la visión por parte del hombre de una cierva que huye mientras está dando a luz.

El  segundo  capítulo  transcurre  en  la  cabaña.  Al  llegar  a  Edén,  ella  echa  a  correr  hasta  la seguridad de la construcción. La naturaleza se muestra agrestre y hasta ominosa, como cuando el esposo se despierta y encuentra que su mano, que había sacado por la ventana, se encuentra llena de garrapatas.

Durante las sesiones de terapia, ella comenta que cuando estaba con su hijo realizando su

tesis  sobre  feminicidio  en  Edén,  comenzó  a  tener  miedo  y  a  partir  de  ese  momento  dejó  de escribir.   Recordó   que   comenzó   a   escuchar   el   llanto   de   un   niño   pero   cuando   buscó desesperadamente a Nick se dio cuenta que el llanto no era de él.

Por  la  noche  escuchan  las  bellotas  caer  sobre  el  tejado  y  ella  comenta  que  ese  sonido  le  hizo reflexionar  en  su  momento  de  que  las  bellotas  estaban  llorando,  y  que  todas  las  cosas  están destinadas a morir. Cuando su esposo intenta racionalizar esto, la mujer le afirma, como al pasar, que la naturaleza es la iglesia de Satanás.

Luego de esta conversación, a la mañana siguiente, ella se levanta feliz y segura de caminar en el bosque. Su esposo desconfía de esta mejoría tan súbita, y ella se enoja. El segundo animal hace su aparición, un zorro que se come a sí mismo, que mira al hombre y le dice “reina el caos”.

El  capítulo  “desesperanza  (ginocidio)”  comienza  con  el  ingreso  al  desván  por  parte  del hombre,  que  descubre  el  trabajo  a  medio  hacer  de  la  tesis  de  su  mujer.  Las  paredes  están empapeladas con imágenes de torturas de la Santa Inquisición, mientras que su trabajo muestra una progresiva desintegración psíquica a nivel de la escritura. Al lado de éste, hay una ilustración que muestra la constelación de los tres mendigos, los tres animales con sus tres nombres.

En  la  siguiente  charla  terapéutica,  él  intenta  un  diálogo  con  ella,  personificando  él  a  la naturaleza, pero a la naturaleza humana. Ella termina diciendo que ese era su tema de tesis, y que se  dio  cuenta de  la maldad  intrínseca  de  las mujeres,  que  su cuerpo  no  es  controlado  por ellas mismas, sino por esta naturaleza.

Cuando están por mantener relaciones sexuales, ella le exige que le pegue, y que le duela. Cuando  él  se  niega  a  hacerlo,  ella  sale  enojada  y  al  pie  de  un  árbol  comienza  a  tocarse.  Luego vendrá él que cumplirá su deseo abofeteándola y mientras ella habla de las hermanas hechiceras de Ratisbona, observamos que el árbol se ha transformado en un conjunto de cuerpos humanos.

A continuación observamos una pelea, en donde el marido insiste en que no va a continuar si ella no lo escucha, que esas mujeres no fueron asesinadas por perversas, que esa maldad de la que habla es una obsesión y que las obsesiones nunca se materializan en la realidad. Ella acepta que tiene razón, pero que a veces se olvida.

El marido encuentra el informe forense de la muerte de su hijo, en donde lee que tenía una deformación en ambos pies, de origen desconocido. Busca las fotos que su mujer tomó en Edén cuando realizaba la tesis, y se percata de que Nick tiene puestos los zapatos al revés en todas. Aquí encontramos  el  primer  indicio  de  una  tortura  real  de  parte  de  la  madre  del  niño.  Ella  irrumpe desesperada, diciendo que él va a abandonarla, y comienzan a tener sexo, pero ella no le cree que la quiere, por lo que le da un golpe en el pene y lo desmaya. A pesar de ello, lo masturba hasta que eyacula sangre y, enajenada, desmonta la piedra de afilar y la encastra en uno de los pies de su pareja para evitar que huya. Agarra la llave inglesa con la cual lo hizo y la tira en los cimientos de la cabaña.

Él, al despertarse y percatarse de lo que está ocurriendo empieza a huir al bosque y termina escondiéndose  en  la madriguera  del  zorro, mientras  ella  lo  busca  a  los  gritos de  “¿dónde  estás cabrón?,  ¿cómo  te  atreves  a  abandonarme?”.  Allí  escondido,  encontrará  al  último  de  los  tres mendigos, el cuervo, que comenzará a graznar, delatándolo. Ella buscará una pala para intentar sacarlo infructuosamente.

El último capítulo la encuentra a ella en el crepúsculo, volviendo en sí, y pidiéndole perdón a su marido por toda esta locura. Él le pide que le ayude a sacarse la piedra de la pierna, pero ella no encuentra la llave para hacerlo, no recuerda haberla tirado, así que lo ayuda a arrastrarse hasta la cabaña.  Él  intenta  razonar  con  ella,  le  pregunta  ¿querías  matarme?  Ahí  nos  enteramos  que  la

desintegración  psíquica  continúa,  porque  responde  con  un  delirio:  “aún  no,  faltan  los  tres mendigos (…) cuando los tres mendigos llegan, alguien debe morir”. Ella se acerca y solloza en su pecho, para luego levantar la cara y murmurar “una mujer que llora es una mujer que conspira”.

A  continuación  comienza  a  masturbarse,  y  recuerda  que  cuando  estaba  por  alcanzar  el orgasmo, ella vio a Nick acercarse a la ventana, y no lo detuvo. Ante esta revelación, ella le pide a su esposo que la abrace, toma unas tijeras y se mutila el clítoris. El ciervo, que representa el dolor, se hace presente y se acuesta a su lado. El zorro y el cuervo también hacen su aparición, junto con la llave inglesa. El esposo intenta sacarse la piedra de afilar, ella lo ataca con la tijera, pero él la aparta y logra liberar su pierna. Aquí el director muestra una serie de primeros planos del cuerpo de él, de manera similar a como lo hizo para marcar el ataque de pánico de ella al principio de la película. Él, en pleno  ataque  de  angustia, ahorca a su mujer. Luego  riega todo con gasolina y le prende fuego.

El epílogo, nuevamente en blanco y negro, lo mostrará a él yéndose del bosque, apoyado en el bastón. Come unas bayas y ve a los tres mendigos nuevamente, anunciando otra muerte. Una masa de mujeres de todas las épocas pero sin rostro se acerca y pasa de largo, rumbo a la cabaña. Todo esto, con el aria de Handel de fondo.

II: El complejo materno

La psique, para la psicología analítica, se compone de un conjunto de unidades funcionales relativamente  autónomas,  que  son  los  complejos.  Jacobi  (1983)  sostiene  que  “todo  complejo consta,  primordialmente,  de  un  <elemento  nuclear>,  de  un  <portador  de  significado>  que, escapado  a  la  voluntad  consciente,  resulta  inconsciente  e  incontrolable;  y  secundariamente,  de una serie de asociaciones a aquel unidas, que proceden en parte de la disposición personal original y de las vivencias del individuo, determinadas por el medio ambiente” (Jacobi, 1983, 17). En la vida diaria,  distintos  complejos  asociados  a  la  conciencia  se  activan  de  acuerdo  a  las  situaciones:  el complejo materno en relación a la situación de crianza de nuestros hijos, el complejo de maestro cuando  un  docente  da  una  clase,  etcétera;  esto  nos  permite  ser  adaptativos  al  entorno  y corresponde a una expresión de salud psíquica. Cada individuo a lo largo de su vida asocia distintas palabras,  emociones  y  recuerdos  con  cada  complejo,  por  lo  que  si  bien  todos  los  complejos maternos comparten características comunes, también son altamente específicos e individuales.

Etiológicamente,  los  complejos  poseen  una  raíz  arquetípica,  una  preforma  de  la  cual descienden,  y  a  lo  largo  del  desarrollo  evolutivo,  van  adquiriendo  contenido,  van  asociando experiencias  y  emociones  afines  con  ese  núcleo.  Ante  una  situación  que  por  vía  asociativa  está relacionada  al  complejo,  este  se  activa  y  comienza  a  absorber  más  energía  psíquica,  proceso denominado constelización. Un complejo afectivamente cargado es definido como “… la imagen emocional y vivaz de una situación psíquica detenida, imagen incompatible, además, con la actitud y la atmósfera conscientes habituales; está dotada de una fuerte cohesión interior, de una especie de totalidad propia y, en un grado relativamente elevado, de autonomía…” (Jung, 1969, 123).

En su texto Arquetipo e inconsciente colectivo Jung describe el arquetipo de la Madre y cómo este se  plasma  en  el  complejo  materno  de  la  mujer.  Describe  cuatro  posibles  manifestaciones  del complejo: la hipertrofia de lo materno, la solamente hija, el eros exaltado o el complejo materno negativo.  Aclara que  estas cuatro  descripciones  no  agotan el  fenómeno,  pero  representan tipos ideales en base a los cuales se pueden reflexionar los casos clínicos (Jung, 2011). Nos ocuparemos de la hipertrofia de lo materno, por creerlo más pertinente para detallar la situación psíquica del personaje de Anticristo.

La  constelización  de  este  complejo  puede  manifestarse  como  una  hipertrofia  del  instinto maternal.  En  él,  el  hombre  sólo  constituye  un  instrumento  para  la  procreación  y  un  objeto  de cuidados, al igual que los muebles, los niños, las mascotas y las plantas. El autor acota que muchas veces  la  propia  personalidad  femenina  es  un  accesorio,  que  permanece  en  segundo  plano  e inconsciente  en  comparación  a  su  deber  de  madre.  Sus  hijos  son  su  razón  de  ser,  pero  esta abnegación en realidad oculta una asfixia: “cuanto más inconsciente de su propia personalidad es una madre de ese tipo, tanto mayor y tanto más violenta es su voluntad inconsciente de poder” (Jung, 2011, 98), llegando al punto de la aniquilación de la personalidad del hijo.

En este sentido, si bien Jung aclara que un complejo materno activado no necesariamente es sólo patológico, parecería que en el caso de la mujer de Anticristo, la activación no va hacia la madre nutricia precisamente, sino a la madre asfixiante y devoradora.

Resulta interesante recordar algunas escenas de la película. Cuando se encuentran en Edén, la  protagonista  murmura  que  su  hijo  se  había  distanciado  de  ella  en  la  temporada  que  habían pasado allí mientras ella hacía su tesis; que él debería haberse acercado más a ella. Esta acusación sorprende  por la corta edad del niño, que  no  superaba los dos o  tres años. Nos resuena que  la misma acusación fue realizada al inicio de la película, cuando le recrimina a su esposo que no la acompañó a Edén, incluso cuando ella le había pedido que no fuera. Sánchez (2010) en un análisis que   realiza   desde   una   perspectiva   lacaniana   a   esta   misma   película,   sostiene   que   resulta interesante que cuando la protagonista comienza a sentir la independencia de su hijo, comienza a colocarle los zapatos al revés, para evitar que pudiese caminar, y así, alejarse más de ella.

El  llanto  que  escucha  y  cree  en  un  primer  momento  que  es  de  Nick,  su  hijo,  continúa Sánchez, estaría unido también a esto: es una necesidad psíquica de sentir que su niño la necesita, necesidad que la lleva incluso a la alucinación.

Su tesis sobre feminicidio la acerca a una concepción misógina, propia del Medioevo, que probablemente activó reflexiones en torno a la maldad femenina, a la mujer que asfixia, que mata, que  es  manipuladora.  Al  mismo  tiempo,  su  hijo  comienza  a  dar  muestras  de  independencia, situación que ella, por su constelación psíquica ligada a una hipertrofia de lo materno, no puede tolerar. El complejo comienza a acelerarse, y la madre abnegada, de repente, no quiere que el hijo crezca,  y  por  ello,  le  deforma  los  pies,  para  atarlo  y  continuar  su  dependencia.  De  la  misma manera, cuando su esposo descubre la tortura que ella realiza al niño, ella teme que la abandone, por lo cual lo desmaya y luego le inserta la piedra de afilar en la pierna, para evitar que huya.

Siguiendo  esta  línea  argumentativa,  ¿por  qué  permite  entonces  la  muerte  de  Nick?  Jung describe  otra  manera  en  que  el  complejo  materno  puede  manifestarse:  el  complejo  materno negativo,  en  donde  el  sujeto  reniega  de  todo  lo  referente  a  la  maternidad.  Esta  manera  de manifestarse consiste en “la persistente defensa contra el poder materno en todas sus formas y es esa  defensa  lo  que  constituye  siempre el  más  alto  fin  de  su  vida”  (Jung,  2011, 102).  Podríamos conjeturar que se activan estos contenidos en la primera estadía en Edén, donde ella se confronta con  el  estudio  de  la  maldad  femenina,  acelerándose  en  su  interior,  un  complejo  que  quiere  la posesión total de su hijo. Decide abandonar su proyecto de tesis, supuestamente por encontrarlo simplista, aunque parecería ser que la verdadera causa está relacionada con el llanto que alucina, con la necesidad abrumadora de que Nick necesite de ella y no la abandone, y al mismo tiempo la certeza cada vez más arraigada de  que  la  naturaleza de  la mujer es  malvada y que  aquello  que quiere hacerle a su hijo es culpa de esa maldad. De esta manera, su tesis le recuerda su propio conflicto, que prefiere ignorar, y por ello la abandona.

El  complejo  se  desacelerará (3), pero  volverá  en  forma  de  renegación  de  la  maternidad.  Cuando ocurre  la  oportunidad  de  que  su  hijo  está  por  caer,  ella  prefiere  fingir  que  no  ve.  Lo  prefiere muerto,  vuelto  al  interior  de  la  tierra,  antes  que  independiente.  Recuerda  al  dicho  de  ciertas amantes posesivas: “si no puede ser mío, de nadie será”.

III: Del complejo al arquetipo

A nivel dinámico, la psique puede conceptualizarse como un continuo fluir de energía entre complejos, entre las diferentes instancias. Cuando un complejo es activado, comienza un proceso de aceleramiento del complejo, que progresivamente va captando más asociaciones y va teniendo más energía disponible para actuar y así sucesivamente, casi como una personalidad autónoma, con la que el yo no se identifica. Si esta aceleración es pronunciada, puede incluso que el yo sea invadido  por  un  contenido  propio  del  inconsciente  colectivo,  por  una  imagen  arquetípica.  Si  el complejo   yoico   no   es   lo   suficientemente   flexible   para   poder   integrarlo,   sobrevendrá   una disociación fuerte, o incluso una psicosis.

Cuando  un  complejo  es  luego  desacelerado,  el  yo  no  se  siente  parte  de  las  reacciones  o pensamientos que tuvo durante el proceso de constelización. Sin embargo, hay una diferencia de grado  entre  este  proceso  y  una  invasión  arquetípica,  en  donde  ya  hay  una  enajenación  y desintegración psíquica mayor.

¿Cómo ocurrió el proceso de constelización de nuestra protagonista?

La primera fase de la constelización ya la hemos descripto más arriba. Posteriormente a la muerte  del  niño,  aparece  el  duelo  y  los  pensamientos  recurrentes  de  culpa,  una  fase  más melancólica.  A  lo  largo  de  todo  el  proceso,  su  marido  no  quiere  en  principio  tener  relaciones sexuales con ella, puesto que es una regla del análisis que no debe ser quebrantada. Más allá del error  que  comprende  tomar  como  paciente  a  su  pareja  y  abandonar  su  lugar  de  sostén  como marido para pasar a ser su terapeuta, esta reticencia de él genera que el sexo se vea como algo pecaminoso, algo que está mal que ella desee. Esta percepción colabora en la constelización del complejo,  puesto  que  la  hace  sentir  dominada  por  esta  naturaleza  malvada  femenina;  esto culminará tiñendo las relaciones sexuales con una demanda de masoquismo en las etapas finales de la aceleración.

También,  como  contraparte  a  un  proceso  terapéutico  y  al  trabajo  que  se  hace  con  el complejo en sesión, el paciente necesita “pisar tierra” en su cotidianidad para así desacelerarlo. Sin  embargo,  en  Edén,  en  esa  cabaña,  el  vínculo  analítico  no  se  rompe  nunca;  nunca  se  los  ve hacer  otra cosa que  hablar del tema, tener relaciones  sexuales (como  lo  prohibido  de  la misma terapia) o dormir. No se los ve haciendo excursiones por el bosque, o comiendo, o hablando de otras cosas. Acá no existe eso, por ende el complejo no puede desacelerarse, todo es un estímulo para que siga invadiendo la conciencia.

¿Cuál es el caso en Anticristo? La presencia de delirios y momentos de disociación nos hacen creer que su proceso de aceleramiento terminó en una invasión arquetípica. Ella habla de la Iglesia de  Satán,  de  que  la  tierra  arde,  de  que  sólo  cuando  aparezcan  los  tres  mendigos  alguien  debe morir. Al mismo  tiempo,  no  recuerda  haber  permitido  que  su  hijo  se  tire  por  la  ventana, o  que escondió la llave inglesa en los cimientos de la cabaña. Hay una fragmentación psíquica que llega al límite cuando transcurren los días en Edén.

La  invasión  (o  posesión,  como  homologaba  Jung)  implica  la  intrusión  en  la  conciencia  de material  propio  del  colectivo,  de  otras  épocas  y  con  otras  cualidades,  más  cercanas  al  proceso primario. A continuación describiremos la dinámica propia del arquetipo de la Madre y cuáles han sido las aristas que ha experimentado la protagonista de Anticristo.

IV: La Madre Terrible

Los   arquetipos   podrían   ser   definidos   como   “virtualidades   creativas,   los   dinamismos estructurantes del psiquismo humano, cuyo conjunto forma lo que Jung denominó el inconsciente colectivo   (…)   Estas   estructuras   se   manifiestan   en   las   imágenes   arquetípicas   (o   imágenes primordiales).  Son  los  símbolos  comunes  a  toda  la  humanidad  que  están  en  la  base  de  las religiones, de los mitos y de los cuentos de hadas. Aparecen en los sueños y en los fantasmas, y son el fundamento de la mayoría de las actitudes humanas frente a la vida” (Von Franz, 1993, 7). A la manera de un molde o matriz –arquetipo etimológicamente proviene de esta palabra-, son los patrones organizativos en donde se nuclean y asocian las experiencias humanas.

Los complejos, como mencionamos anteriormente, están  relacionados con los arquetipos; son, de alguna manera, su plasmación en la psique individual. En este caso, el complejo materno que hemos analizado supra desciende, o tiene su raíz, en el arquetipo de la Gran Madre.

Erich  Neumann  (2009)  propone  una  genealogía  de  los  arquetipos.  Propone  que  en  los comienzos debe haber existido un arquetipo originario, al que nombra como Uroboros. El mismo contiene un sinnúmero de cualidades y atributos positivos y negativos, opuestos. “Es un símbolo del  estado  psíquico  inicial  y  la  situación  original  en  la  que  la  consciencia  y  el  yo  humanos  son todavía débiles y rudimientarios” (Neumann, 2009, 34), es también el símbolo de la totalidad de la psique.  De  aquí  se  desprenderán  dos  arquetipos  centrales  en  la  vida  de  todo  sujeto:  el  Gran Masculino y el Gran Femenino. El Gran Femenino contiene todos los rasgos caracterizados como femeninos pero de manera desordenada. De éste arquetipo se desprenderán otros tres, que son los que nos competen: La Gran Madre, como figura mediadora y sintetizadora de dos opuestos, la Madre  Bondadosa  y  la  Madre  Terrible.  Reproducimos  a  manera  de  síntesis  el  esquema  que resume todo el análisis que hace Neumann de estas tres manifestaciones arquetípicas (ver figura 1).

El arquetipo puede ser analizado en función de dos ejes, que son dos cualidades que posee el  Gran  Femenino.  Un  carácter  contenedor,  que  es  representado  por  el  eje  maternal  (M)  y  un carácter transformador, representado por el eje transformador (A), el cual está relacionado más con la figura del ánima. Estos ejes tienen polos más positivos (carácter transformador positivo y Madre  Bondadosa)  y  polos  negativos  (carácter  transformador  negativo  y  Madre  Terrible).  Estos ejes entran en contacto con tres círculos que van marcando de alguna manera la evolución de la conciencia. El  primer  círculo  marca  la  predominancia del  carácter  elemental,  de  la  participación mystique,  en  donde  la  conciencia  y  el  yo  son  débiles;  el  círculo  del  carácter  transformador,  en donde  ya  hay  un  yo  más  estructurado  que  puede  soportar  los  embates  del  inconsciente;  y  el último  circulo  vendría  a  plasmar  cómo  se  relacionan  los  ejes  maternal  y  transformador  en  la transformación espiritual. En todas estas intersecciones el autor coloca palabras claves en relación a las cualidades predominantes.

Figura 1. El Arquetipo de la Gran Madre. (Extraído de Neumann, 2009).

¿En qué parte del esquema podríamos colocar la invasión psíquica de nuestra Eva? Siguiendo la historia, sabemos que su tesis se basaba en fuentes medievales sobre la Inquisición. Me gustaría reproducir aquí algunas citas de textos cristianos relevantes para darnos una idea de cuál era la imagen del Gran Femenino que podría haber estado presente en esas lecturas:

“Pues San Bernardo dice: sus caras son como viento abrasador, y sus voces silbidos   de   serpiente,   pero   también   aplican   encantamientos   nefastos   a incontables hombres y animales. Y cuando se dice que su corazón es una red, se  está  hablando  de  la  malicia  insondable  que  impera  en  sus  corazones.” (Bosch, Ferrer y Gili, 1999, 20).

Tertuliano dice en  De Culta Feminarum: “¿Y no sabes tú que eres una Eva? La sentencia  de  Dios  sobre  este  sexo  tuyo  vive  en  esta  era:  la  culpa  debe necesariamente  vivir  también.  Tú  eres  la  puerta  del  demonio;  eres  la  que quebró el sello de aquel árbol prohibido; eres la primera desertora de la  ley divina; eres la que convenció a aquél a quien el diablo no fue suficientemente valiente para atacar. Así de fácil destruiste la imagen de Dios, el hombre. A causa  de  tu  deserción,  incluso  el  Hijo  de  Dios  tuvo  que  morir.”  (McGyver González, 2010, 60).

San Agustín de Hipona: “Es Eva, la tentadora, de quien debemos cuidarnos en toda  mujer…  No  alcanzo  a  ver  qué  utilidad  puede  servir  la  mujer  para  el hombre, si se excluye la función de concebir niños (…) Las mujeres no deben ser   iluminadas   ni   educadas   en   forma   alguna.   De   hecho,   deberían   ser segregadas, ya que son causa de insidiosas e involuntarias erecciones en los santos varones.” (McGyver González, 2010, 60).

Dado   que  estas   citas   son  escritas   por   hombres,  las  cualidades   mencionadas   pueden relacionarse   mejor   con   el   eje   transformador   de   nuestro   esquema,   puesto   que   son   las representaciones de lo femenino que hace el varón, más cercanas a la figura de ánima que a la de madre. La relacionan con los encantamientos, con la lascivia, con la tentación, con el pecado y el demonio. Todas estas cualidades podríamos colocarlas a lo largo del eje transformador negativo, representado por figuras como la joven bruja o Lilith.

Sin embargo, nuestra protagonista parece haber interpretado estas lecturas en función a su propia  psique,  a  su  complejo  materno  que  venía  en  aceleración.  De  esta  manera,  la  invasión arquetípica  que  padece  sería  por  la  Madre  Terrible,  aquella  que  devora,  captura  y  mata  a  sus propios  hijos.  “El  Gran  Femenino,  como  divinidad  terrible  de  la  tierra  y  la  muerte,  es  en  su violencia  devoradora  la  tierra  en  la  que  se  corrompen  los  organismos  vivos”  (Neumann,  2009,

166). Curiosamente similar a esta cita es un dicho de nuestro personaje: “Las bellotas golpeaban el techo. Seguían cayendo y cayendo. Y muriendo y muriendo. Y entendí que todo lo que solía ser hermoso sobre Edén, tal vez era repugnante. Ahora puedo oír lo que no había oído antes. El grito de todas las cosas que van a morir (…) la naturaleza es la iglesia de Satanás” (Von Trier, 2009).

Anteriormente  habíamos  mencionado  que  el  complejo  materno  de  nuestra  protagonista estaba  teñido  por  una  maternidad  abrumadora  y  por  una  dificultad  de  ver  positivamente  la independencia  de  su  hijo.  Como  madre,  ella  es  la  dadora  de  vida,  pero  en  la  faceta  de  Madre Terrible, también es la dadora de muerte, aquella que conduce el reino de los muertos, el seno al cual regresan todas las criaturas. “(…) si es invadida de cólera (…) pueden cerrar el seno de todo lo viviente y hacer que la vida se detenga” (Neumann, 2009, 174).

El Arquetipo engloba todas las manifestaciones de todas las culturas en relación a la Gran Madre, pero cada invasión psíquica se halla teñida de elementos culturales particulares. En este caso,  y  retomando  las  citas  de  más  arriba,  su  certeza  de  la  maldad  femenina  está  teñida  de elementos  cristianos,  de  la  maldad  del  cuerpo  y  el  pecado:  “Descubrí  más  cosas  de  las  que esperaba en mi material, que la naturaleza humana es malvada… también la de las mujeres… las mujeres no controlan su cuerpo, lo hace la naturaleza” (Von Trier, 2009).

Podríamos afirmar que los delirios y las manifestaciones conductuales de ella se relacionan con  una  perspectiva  de  la  Madre  Terrible  (o  sea,  del  eje  elemental)  en  el  círculo  del  carácter transformador, donde las palabras claves son “menguar” y “devorar”. En un comienzo, esta madre que contenía y protegía a su hijo (nos hallaríamos en el centro del esquema) empezó a no desear la  independencia  de  su  hijo,  a  intentar  “retenerlo”  y  “capturarlo”,  por  ejemplo,  a  través  de deformarle los pies y por ende evitar que se alejase demasiado. A medida que avanza la película podemos observar cómo la protagonista va deslizándose cada vez más hacia el polo negativo de ese  eje, ya no  sólo  captura, sino  que  devora y  que mata a ese  hijo  suyo, convencida de  que  su maldad es intrínseca.

También podemos conjeturar que esta invasión está teñida por atributos del ánima, puesto que  la  relación  de  pareja/terapeuta  impregna  toda  la  aceleración  del  complejo.  Por  ejemplo, cuando  ella  solloza,  y  luego  aclara  “una  mujer  que  llora  es  una  mujer  que  conspira”,  en consonancia con la visión de la mujer como perdición para el hombre, como pérfida y lasciva. De hecho, resulta interesante que la visión de los tres mendigos la tiene siempre el hombre. En este sentido, él termina entrando también en la locura, en su propia constelización, que va a concluir en un ataque de pánico en el que la estrangula.

La ablación del clítoris que ella se realiza casi al final de la película sería el punto cúlmine, en donde  se  arranca  el  “origen  del  mal”,  según  una  perspectiva  centrada  en  el  ánima.  Se  extirpa aquel centro de maldad femenina que hizo olvidar su labor de madre. Sin él, está protegida de la tentación, ya puede ser “solamente madre”, acorde a su hipertrofia del complejo maternal.

V: Mito de Psique

En su libro Psique y Eros de 1971, Erich Neumann realiza un análisis de este mito, inserto en el  Asno  de  Oro  de  Apuleyo  (2012).  Sostiene  que  es  la  elaboración  mítica  del  proceso  de individuación   femenino,   que   es   la   descripción   del   tránsito   de   la   dependencia   infantil   e indiferenciada hacia el desarrollo de la conciencia.

El  relato  puede  resumirse  de  la  siguiente  manera:  la  heroína  es  comparada  con  la  diosa Afrodita por lo que causa la ira de esta diosa. Esta le ordena a su hijo Eros que la haga desdichada, pero  él se  enamora  de  la muchacha  y  se  casa  con  ella.  Este  es  un  período  de  ensueño,  porque Psique  vive  en  una  mansión  fantástica,  donde  todo  se  hace  por  arte  de  magia.  Sólo  hay  una restricción: no puede ver el rostro de su marido. Sus hermanas le empujarán a verle, motivo por el cual Eros desaparecerá de su vida y Psique comenzará una aventura llena de peripecias para volver a encontrarle. Llegará hasta Afrodita y ella le someterá a cuatro pruebas, tras las cuales podrá ver a su amado y terminará casándose con él en el Olimpo.

Según Coó y Martínez (2007), este mito reproduce el esquema tradicional del Camino  del Héroe: “la heroína debe dejar el hogar y romper la endogamia; después de ello llegará a un lugar de  latencia,  que  evoca  un  clima  idílico,  de  ensueño,  este  período  será  interrumpido  por  alguna catástrofe, tras la cual sobrevendrá un período de tribulación en el cual es castigada o puesta a prueba, lo que implica someterse a la iniciación con un compromiso profundo; tendrá que probar las fuerzas y flaquezas de su ego individual, luchando tanto contra fuerzas cósmicas (en el caso de Psique,   representadas   en   Afrodita),   como   contra   fuerzas   sombrías   propias,   inconscientes, afrontando  incluso  la  muerte  como  prueba,  para  que  se  produzca  un  cambio  en  su  vida,  y trascienda así su anterior nivel de conciencia” (Coó & Martínez, 2007, 88).

Las  cuatro  tareas  podrían  entenderse  psicológicamente  de  la  siguiente  manera:  en  un primer  momento  deberá  separar  diferentes  semillas  mezcladas,  esto  es,  relacionarse  con  la cualidad  masculina  del análisis  y  el  orden;  la segunda  tarea  será  conseguir  lana  de  oro  de  unos carneros salvajes, esto es, ponerse en contacto con el principio masculino agresivo; la tercera será relacionarse con el principio masculino espiritual inconsciente y contenerlo, al tener que obtener un  líquido  que  existe  en  lo  alto  de  una  montaña;  la  última  prueba  consistirá  en  el  descenso  al Inframundo para pedirle que llene un cofre a Perséfone, con belleza y juventud para Afrodita. Se trata  del encuentro  con  el Gran  Femenino, el  descenso  al  inconsciente  y  el  resistirse  a cuidar  a otros, “una  lucha  contra  la  naturaleza  femenina, mostrada esta en  la  inclinación  básica  hacia  la piedad, piedad que a veces conlleva el peligro de establecer – con aquellos a quienes se ayuda- un vínculo indisoluble que mantiene a todos en ‘el mundo de los muertos’” (Coó & Martínez, 2007,

94).  La  torre  que  impide  que  Psique  se  suicide  cuando  Afrodita  le  da  la  tarea  final,  le  advierte: “encontrarás un asno cojo, cargado de leña, guiado por un conductor cojo también. Este te pedirá que recojas algunas ramas que le han caído de la carga; sin responderle una sola palabra continúa tu camino (…) al surcar las encrespadas olas, un viejo, que nada muerto en la corriente, levantará a ti sus manos putrefactas, rogándote que le subas a la barca. Pero no sientas compasión por él; está prohibido (…) encontrarás a unas viejas hilanderas que te rogarán que les ayudes a tejer un poco de tela. Es preciso que no te aventures a hacerlo” (Apuleyo, 2012 ,97-98). Es la recomendación de dejar  de  cuidar  de  otros  (relacionado  con  el  carácter  elemental  de  lo  femenino  y  su  función contenedora) y proceder a la propia transformación, a desarrollarse como individuo íntegro.

Podemos   conjeturar   que   la   protagonista   de   Anticristo   hace   su   propio   descenso al Inframundo, pero no puede abandonar su papel contenedor, no puede renunciar a ser madre y cuidar  de  los  otros.  Como  ya  analizamos  supra,  este  personaje  tiene  un  complejo  materno hipertrófico, lo que le impide ver positivamente el comienzo de la separación/individuación de su hijo, al mismo tiempo que realiza una tesis sobre la misoginia. En el momento en que se adentra en el estudio intelectual de la sombra colectiva medieval, comienza a vivenciar su propia sombra individual, que es capaz de torturar a su hijo con tal de que no se separe de ella. Volviendo al mito, sería como si Psique ayudara a todos los personajes con los cuales se encuentra en su camino al Averno.  Ayudarles  implica  que  ya  no  podrá  abandonar  el  reino  de  Hades.  En  términos  míticos, significa sucumbir a una invasión arquetípica, la desintegración yoica y el desencadenamiento de una psicosis.

¿Cuál fue  la causa de  que  la protagonista de  la película sucumbiera   en esta prueba y  no saliera victoriosa como Psique en el mito? Los mitos presentan descripciones esquemáticas de los procesos psíquicos colectivos, es por ello que podemos usarlos de guías para el análisis del devenir de  los  seres  humanos.  La  detención  y  el  extravío  en  el  proceso  de  individuación  que  implica  el aprisionamiento en el Inframundo, está dada por el fracaso en alguno de los momentos anteriores del mito.

Podemos conjeturar que se trata de la primera tarea dada por Afrodita: separar y clasificar semillas de  trigo, cebada, avena, garbanzos, lentejas y  habas en una sola noche. Esta prueba es realizada en el mito gracias a la ayuda de las hormigas, que Coó y Martínez (2007) relacionan con la capacidad de análisis masculina, esto es, una función propia del ánimus.

Su situación en Edén le exigía conciliar su tesis con sus conflictos en relación a su hijo. Ello le exigía  poder  diferenciar,  separar,  la  ’maldad’  atribuida  por  los  hombres  a  las  mujeres,  de  la ’maldad’ intrínseca femenina, de su propias dificultades como madre. El principio analizador del ánimus tenía que marcar estas fronteras, para permitir un proceso de integración de ese complejo materno que se hallaba constelizado. Al no estar en contacto con esta función del ánimus, al no poder utilizar esta capacidad de discriminación interna, se mezclaron las semillas y se confundió la sombra colectiva con la sombra individual. El complejo  se  aceleró  cada vez más, permitiendo  la invasión arquetípica.

Es interesante destacar que el mito que probablemente estuviera trabajando en su tesis, el mito  de  Adán  y  Eva  y  ésta  como  la  pecadora,  también  es  un  relato  sobre  el  poder  de  la discriminación. En esta narración bíblica, comer el fruto del árbol del bien y el mal implica ganar la capacidad   de   discriminación,   pero   perder   la   participation   mystique,   la   “indiferenciación paradisíaca primordial” (Coó & Martínez, 2007, 96). De esta manera, la protagonista quizá en vez de  ver  el  mito  como  una  metáfora,  como  la  posibilidad  de  ver  la  pérdida  de  la  participación mystique  en  pos  del  desarrollo  consciente,  aceptó  esa  culpa,  y  renegó  de  la  capacidad  de discriminación que alejó a los hombres del paraíso.

Conclusiones

El  análisis  propuesto  resulta  escueto  para  la  película.  Hubiese  sido  interesante  analizar  el proceso  de  constelización del personaje masculino  que  termina derivando  en el asesinato de  su mujer, o trabajar la relación terapeuta-paciente que se confunde con la relación de pareja y cómo este error técnico pudo contribuir al agravamiento del cuadro. Hubiese sido interesante también realizar una mirada simbólica. Observar la utilización del zorro, la cierva y el cuervo (el cual, en sus dos apariciones, emerge del suelo, del Inframundo), del comportamiento de la naturaleza en Edén, de  la  banda  sonora  elegida,  o  de  los  fenómenos  sobrenaturales.  También  una  lectura  desde  la perspectiva de género hubiese traído riquezas al análisis del caso, trabajando el discurso misógino y sus consecuencias en la psique femenina.

Son muchas las líneas que se abren para la discusión de esta película. Por ello, decidimos centrarnos  en  un  solo  personaje,  el  femenino,  y  realizar  la  reconstrucción  clínica  del  caso:  Una mujer de mediana edad que realiza su tesis de licenciatura mientras su hijo alcanza la edad en que comienza  a  caminar  e  independizarse.  Esta  situación  activará  su  complejo  materno  hipertrófico que deseará detener el proceso evolutivo. Esta encrucijada es similar al descenso al Inframundo que realiza Psique, con la salvedad de que la protagonista de Anticristo no posee las cualidades de discriminación del ánimus a su favor. Esto impide que pueda separar lo que está estudiando de sus propios procesos psíquicos y el complejo materno se acelera aún más, llegando al punto incluso de la alucinación de un llanto y de las torturas físicas que le realiza a Nick.

Esta  aceleración  parecerá  remitir  cuando  vuelven  con  su  hijo  al  hogar,  pero  queda de manifiesto  nuevamente  cuando  ella simula no  ver  que  Nick  está por caerse  por la ventana. Ella alberga sentimientos ambivalentes en torno a su niño y prefirió que éste muriere antes de que la abandonase. Posteriormente vendrá la culpa y el duelo, el complejo está tan disociado del yo que éste no recordará la negligencia. Su marido decidirá sacarla de internación, terminar la medicación y ser su terapeuta. Los déficit de elaboración se manifestarán en crisis de ansiedad y ataques de pánico que él querrá resolver llevándola al lugar que más le inspira temor, Edén, el lugar en donde el conflicto comenzó.

El  proceso  de  aceleración  del  complejo  continuará,  dado  que  constituirán  una  sesión terapéutica ininterrumpida, en donde las relaciones sexuales no deberían ser parte del encuadre, pero  aun  así  se  realizan,  generando  más  culpa  por  la  maldad  femenina  y  contribuyendo  a  la constelización.

El lugar, la relación terapéutica, todo contribuirá hasta que el complejo yoico sucumba y la invasión arquetípica ocurra. El arquetipo de la Madre Terrible, aquella que tanto da como quita la vida, aquella que posee el poder de generar granizo con sus gritos, aquella que conspira. El nivel de violencia y de delirio aumentará –“la naturaleza es la Iglesia de Satanás”-, intentará impedir el abandono de su esposo poniéndole una piedra de afilar en una pierna. Probablemente, la invasión hubiese  llevado  a  la  consumación  final,  esto  es,  el  asesinato  de  su  esposo,  si  no  hubiese  sido asesinada ella primero.

Como mencionamos anteriormente, los mitos y relatos constituyen una vía de investigación del  inconsciente  colectivo.  Son  esquemas,  descripciones  de  procesos  psíquicos  universales  que ocurren  desde  tiempos  inmemoriales.  Algunos  autores  sostienen  que  vivimos  en  la  era  de  “la muerte del mito”, puesto que no tenemos un único mito fundacional, como sí tenían las culturas antiguas  o  la  occidental  en  tiempos  del  Medievo.  Esto  remitiría  en  una  pérdida  simbólica irremplazable,  puesto  que  no  contamos  con  directrices  claras  en  relación  a  nuestro  proceso  de individuación.

Sin  embargo,  Anticristo  genera  una  numinosidad  -u  ominosidad  en  términos  freudianos- muy clara. Activa emociones fuertes en sus espectadores, los fascina y horroriza, los mueve a la reflexión. El presente análisis ha demostrado lo rica que es como relato, como plasmación de una etapa del proceso de individuación, lo atravesada que está por lo arquetípico. Plasmación que, por estar  teñida  con  elementos  modernos,  quizás  nos  sea  más  fácil  de  digerir  y  analizar.  Analizar, porque, como dice Marie Louise Von Franz, “la interpretación psicológica es la forma moderna de contar  historias,  ya  que  seguimos  necesitándolas  igual  que  antes  y  seguimos  aspirando  a  la renovación que comporta la comprensión de las imágenes arquetípicas” (Von Franz, 1993, 58). Los mitos no han muerto; sólo han cobrado una nueva forma.

Notas de pie de página

(1)  Entendemos  por  aceleración  al  proceso  que  ocurre  cuando  un  complejo  entra  en  asociación  con  el medio   ambiente  y   comienza   a   captar  más   energía   libidinal,   cobrando   mayor  importancia   en  la economía psíquica.

(2)   La  desaceleración  de  un  complejo  es  el  proceso  inverso  a  la  aceleración.  Es  la  reducción  de  las asociaciones  actuales  que  posee  el  núcleo  con  el  medio  ambiente,  y  por  ende  de  la  carga  libidinal atraída.  Por  lo  general,  se  asocia  con  un  aumento  de  la  energía  libidinal  en  el  complejo  yoico  y  una vuelta a la personalidad “cotidiana”.

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