Jung abre una puerta a otro mundo – David Tacey

DAVID TACEY

 David-Stacey

David Tacey es profesor de Humanidades en la Universidad de La Trobe, en Melbourne. Es miembro fundador de la IAJS y fue miembro del Comité Ejecutivo. Imparte cursos en estudios literarios y culturales, psicología junguiana y filosofía postmoderna. Es autor de 14 libros, 10 de los cuales son sobre Jung y la psicología analítica. Su libro más reciente es The Darkening Spirit: Jung, spirituality, religion [1], y es el editor de The Jung Reader. Su correo es: D.Tacey@latrobe.edu.auEl siguiente es el aporte del autor al Panel plenario de cuatro expositores (Susan Rowland, David Tacey, Stan Marlan y Mark Saban), que se presentó el 20 de agosto de 2013 en el XIX Congreso Internacional de Psicología Junguiana del 18 al 23 de agosto de 2013, en la ciudad de Copenhague, Dinamarca. El nombre del Panel fue “Cómo y por qué todavía leemos a Jung”, basado en la obra How and Why We Still Read Jung: Personal and professional reflections, y fue moderado por la analista Jean Kirsch. Este documento corresponde a la traducción oficial de la IAAP al español, realizada por los miembros de ADEPAC Juan Carlos Alonso y Ana Rico de Alonso, y su publicación fue autorizada por el autor.

 

Cuando me invitaron a escribir un capítulo sobre “Cómo y por qué todavía leemos a Jung”, mentalmente recorrí las contribuciones más importantes de la obra de Jung y cómo ellas habían impactado mi vida y mi pensamiento. Muchos aspectos surgieron, pero me decidí por la actitud simbólica como el elemento que me trae de regreso a Jung, una y otra vez. Jung define la actitud simbólica como aquella que ‘asigna significado a los acontecimientos, sean grandes o pequeños, y añade a este significado, un valor superior al de los simples hechos’. Es una orientación a las cosas del mundo interior y exterior, las cuales trata de manera más simbólica que literal. Como pensador intuitivo, esto me atraía, aunque me di cuenta que una delgada línea separa la actitud simbólica de la paranoia, una condición en la cual el significado invalida de tal manera los hechos, que el mundo está perdido en un océano de significados atribuidos.

La actitud simbólica es una orientación hacia los contenidos de nuestra experiencia que los ve como señalando y haciendo alusión a otra realidad. Siempre he tenido una sensación de que otro mundo corre paralelo a éste. Esto me ha predispuesto a un amor por la poesía, la música, la mitología y el misticismo. Cada uno de estos discursos afirma que hay un nivel de la realidad, normalmente oculto, al que en ocasiones podemos acceder, en especial a través del arte y los sueños. Ese otro mundo paralelo es llamado por Jung la realidad psíquica. Vivimos normalmente en el ámbito de las percepciones externas, pero Jung abre la puerta a otro mundo, que no es sobrenatural, como sostienen algunos de sus críticos, sino otra forma de ver lo natural, el mundo que ya tenemos. Como Paul Eluard expresó:

Hay otro mundo, pero está en éste.

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A mi juicio, estamos desesperadamente necesitados de este “otro” mundo, pero estamos desterrados de él en virtud del pensamiento literal y las lecturas superficiales de la experiencia. Jung lo expresa de esta manera:

La humanidad está necesitando una vida simbólica; la necesita con urgencia. Sólo vivimos cosas banales, ordinarias, racionales o irracionales… pero no tenemos vida simbólica. ¿En dónde vivimos simbólicamente?

Érase una vez en la que la religión desempeñaba la tarea de entregar una vida simbólica y nutrir el alma. Pero para la mayoría de la gente en el “iluminado” Occidente, esto ya no es así. Cuando era niño, no viví en el Occidente ilustrado, y por consiguiente tuve la oportunidad de participar en la vida simbólica. Crecí en una familia religiosa, pobre, sin educación y desconocedora de que en el resto del mundo, lo religioso había desencantado. En cierto modo, yo valoro esta educación, porque aunque con el tiempo tuve que rechazar la fe ingenua de mi familia, por lo menos mi vida simbólica comenzó. Pero también crecí en el centro de Australia, junto a la más antigua civilización viva en el mundo, los aborígenes australianos. Sus vidas estuvieron, y en cierta medida lo están aún, inmersas en la vida simbólica, y como alguna vez dijo Jung, dos tercios de su existencia consciente la viven en el ámbito simbólico. El Sueño Aborigen tuvo un gran impacto en mi vida interior y predispuso a mí ya intuitiva mente, al dominio de lo simbólico.

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Tengo que decir que he ganado más conocimiento sobre la realidad simbólica de las culturas aborígenes que de mi propia cultura europea. Aunque fui un cristiano devoto cuando niño, pronto comencé a alejarme del tipo de fe que me fue trasmitida en la niñez. Lo encontré todo, digamos, inverosímil. Los nacimientos virginales, las resurrecciones físicas, caminar sobre el agua –todos estos milagros y prodigios comenzaron a cansarme, a medida que crecía y recibía más educación. Cuando tenía 15 años, estaba rondando el umbral del ateísmo, aunque los Sueños seguían funcionando en mi alma. Mi viraje hacia el ateísmo se aceleró hacia los 16 y 17 años cuando, bajo la influencia de mi hermana mayor, me animé a leer a Nietzsche, Freud, y los filósofos existencialistas. Ella les dijo a nuestros religiosos padres y a la familia, que estaban fuera de contacto con la modernidad, y estaban retrasados 100 años en el tiempo.

A los 18 años, tuve la oportunidad de ir a la universidad, con el apoyo de una beca, porque mi padre, de clase obrera, se oponía a la educación, y dijo que nunca me daría “un centavo” para mis estudios superiores. Entré a primer año de universidad como un ateo en ciernes, pero no por mucho tiempo. Aunque ya no iba a la iglesia, mi fe empezó a resurgir en el transcurso de mis estudios, sobre todo cuando conocí las obras de Jung en 1973. Jung no estaba en el plan de estudios; de hecho, fue descartado por mi tutor en psicología como un “místico desacreditado”. Un encuentro casual me mostró el camino. Molly Scrymgour, una vieja y humilde mecanógrafa, de pelo blanco, a quien los profesores trataban sin respeto, me dijo que “tenía la corazonada” de que a mí me podría gustar Jung. Me leí la extensa biblioteca personal que Molly tenía de escritos de Jung y toda la literatura junguiana secundaria.

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Después de terminar mi doctorado, gané un premio postdoctoral en los Estados Unidos, y fui invitado a seleccionar cualquiera de los profesores en mi campo. Elegí a James Hillman en Dallas, aunque mis financiadores en Nueva York protestaron, diciendo que “nada bueno podría salir de Texas”. Trabajé académicamente con Hillman por un tiempo, pero en el curso de nuestra colaboración, él sugirió que yo podría encontrar mayor información sobre el inconsciente si comenzaba análisis con él. ¡Una vez más, mis patrocinadores estaban horrorizados! Convertirme en un paciente no era lo que la Fundación Harkness había tenido en mente para mí. De todos modos, yo los convencí de que me dejaran hacer esto, y tan pronto como inicié el análisis, emergieron mis sueños con motivos Aborígenes de iniciación, ritos de paso y temas oníricos.

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Después de trabajar con Hillman durante unos años, regresé a Australia y en 1995 escribí un libro llamado Edge of theSacred [1], porque me parecía que, después del análisis, yo me movía en el borde de una nueva clase de lo sagrado, que parecía querer hacer estallar mi alma. Esto le interesó a Hillman porque parecía estar en paralelo con su propia preocupación por el Anima Mundi.

Los Sueños Aborígenes me hicieron tomar conciencia, aunque sólo en forma semi-consciente, que el mundo no es lo que aparece a los sentidos externos, y que allí hay una enorme dimensión de la realidad que no se le aparece a aquellos que ven el mundo en términos literales. Este tema, explorado por Jung en “Mind and Earth”[2], en donde plantea que los pueblos colonizadores se ven afectados por la vida psíquica de los pueblos indígenas, era un tema difícil de abordar puesto que en mi país se había establecido un nuevo código de lo políticamente correcto, y eso fue lo que me llevó a aventurar en la problemática espiritual Aborigen. Esto fue visto como algo colonialista, explotador, oportunista y recibí muchas críticas por atreverme a sugerir que el encanto Aborigen podría realmente servir para re-encantar las almas desencantadas de los occidentales como yo.

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Lo que mis críticos no pudieron darse cuenta fue que la “influencia” de la cual yo hablaba, era fundamentalmente un préstamo inconsciente, más que un robo consciente. Simplemente sucedió, a pesar de nuestra política. En un libro reciente, Astrid Berg describe el mismo fenómeno desde la perspectiva africana, y Roberto Gambini ha discutido lo mismo desde su perspectiva Suramericana. Sin embargo, mi libro Al filo de lo sagrado se convirtió en un best-seller en mi país, y obviamente, muchos de mis compatriotas sentían lo mismo, así fuera algo intelectualmente controvertible.

Entre tanto, Jung no sólo me permitió entender lo que me sucedía en el interior con respecto al mundo indígena, sino que me permitió recuperar la fe original, en un plano completamente diferente. Sus escritos, especialmente Respuesta a Job, pero también Símbolos de transformación y Psicología y Religión, me permitieron recuperar mi herencia cristiana de una manera que la iglesia misma no podía permitir. La iglesia no entiende la óptica de Jung porque la mayoría de la gente toma su sistema simbólico al pié de la letra. Para ellos, si se dice algo en las Escrituras, credo o dogma, se asume que ha ocurrido en el espacio, tiempo e historia, y dudar de esta interpretación literal de la Escritura, es motivo para ser expulsado del círculo. No es de extrañar que yo tuviera que rechazar esta versión de la fe, en el momento en que llegué a la edad adulta. Jung deja de lado toda esta literalidad, y nos muestra otra forma de apreciar el mundo del discurso sagrado. Con una frase, él me puso en el camino correcto con respecto a la religión:

Considerado desde el punto de vista del realismo, el símbolo no es por supuesto, una verdad externa, sino que es psicológicamente verdadero, porque fue y es el puente hacia todo lo que hay de bueno en la humanidad.

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Esto me permitió reconectarme con mi herencia cristiana de una manera que cambió mi vida. Por desgracia, también me enfrentó con la mayoría de personas que me rodean en la comunidad cristiana, para quienes la aproximación simbólica es una reducción herética de lo que ellos consideran verdades históricas y basadas en hechos. El último punto que quiero tocar es que el hecho de recuperar uno su herencia religiosa es una manera de asegurarse contra la apropiación de la vida espiritual de los pueblos indígenas, lo que es aún más devastador. Es poco probable que el Occidente moderno actúe de manera depredadora hacia los sistemas simbólicos de los pueblos indígenas si pudiera encontrarle un contenido simbólico vivo a sus propias tradiciones. Si somos capaces de re-encantar a nuestros sistemas religiosos, es una buena noticia para las personas que viven con el temor de lo que el jefe de la comunidad indígena de los Taos Pueblo describía a Jung como el hambre cruel de los blancos: ‘Sus labios son delgados, sus narices afiladas, sus rostros tienen el ceño fruncido… y siempre están buscando algo. ¿Qué están buscando?’. Están buscando el encantamiento, por supuesto, y habiendo destruido el suyo por el pensamiento racional y literal, representan un gran peligro para quienes todavía están encantados.

Notas de pie de página

[1]Al filo de lo sagrado

[2]Mente y Tierra

BIBLIOGRAFÍA

  1. G. Jung, ‘Definitions: Symbol’ (1921), Psychological Types, TheCollected Works of C. G. Jung, Vol. 6, (Princeton UniversityPress, 1971), § 819.

  2. Jung, ‘The Symbolic Life’ (1939), CW Vol. 18, § .

  3. Jung, ‘The Symbolic Life’, § 649.

  4. David Tacey, Edge of the Sacred: Transformation in Australia (Melbourne: HarperCollins, 1995); republished in a revised international edition as Edge of the Sacred: Jung, Psyche, Earth (Einseideln, Switzerland: Daimon, 2009).

  5. Astrid Berg, Connecting with South Africa: Cultural Communication and Understanding (College Station, TX: Texas A & M University Press, 2012); and Roberto Gambini, Soul and Culture (College Station, TX: Texas A & M University Press, 2003).

  6. Jung, Symbols of Transformation (1912/1952), Vol. 5, § 343.

  7. Jung, in Aniela Jaffe, ed., Memories, Dreams, Reflections (1963, London: HarperCollins, 1995), p. 276.

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