Jung y la serpiente (Parte 2)

JUNG Y LA SERPIENTE (PARTE 2)

Raúl Ortega 

Raúl Ortega es terapeuta analista de orientación junguiana. Tallerista y conferencista del enfoque junguiano. De 1998 a 2001 colaboró estrechamente con personas y organizaciones junguianas de Argentina y México. Fundador y actual Secretario de la Asociación de Psicología Analítica de Sevilla, España. Creador del sitio en InternetOdisea del Alma. El tema que trata en este ensayo le ha preocupado siempre y aunque lo escribió hace ya unos años, sigue trabajando en él. El E-mail de Raúl es:odisea@odiseadelalma.com.

 

 

La Escalada del Amor

En el libro Jung y el proceso de Individuación, de Alberto Chislovsky, que se ocupa prolija y magistralmente de los mismos temas que trato en este artículo, y que yo recomiendo para ampliar visiones y datos sobre estos asuntos, encontramos:

“Este lado femenino oscuro tiene su primera manifestación en 1878, en su temprana infancia (…) Esta figura fue proyectada en una criada [que] tenía un tipo físico opuesto al de su madre: cabellos negros y tinte oliváceo en su piel (…) Jung expresa: “Recuerdo la raíz del cabello, el cuello de piel intensamente pigmentado y la oreja. Ello me causaba extrañeza y a la vez me resultaba chocante. Era como si ella no perteneciera a mi familia, sino solamente a mí y como si dependiera de un modo incomprensible para mí de otras cosas enigmáticas que no podía comprender (…) El tipo de la muchacha se convirtió posteriormente en un aspecto de mi anima. La sensación de lo extraño y, sin embargo, ya conocido previamente que ella me producía, fue lo característico de aquel tipo que posteriormente representó para mí la esencia de lo femenino” (9)

No es extraño que sea precisamente a la edad de 3 años cuando aparezca el primer encuentro indeleble de un hombre con su imagen del anima más íntima, precisamente de este anima misteriosa, inquietante y por tanto oscura, al margen de lo familiar y cotidiano, que es tanto personal como arquetípica; la auténtica alma, ese ligamento entre la conciencia y el Inconsciente Colectivo. No es característico este dato sólo de la biografía de Jung, y quizás posteriores estudios estadísticos nos den una noción clara de su arquetipicidad. Puede que sea esa la edad en que la psique, al menos la masculina, empieza a conmoverse con el amor; con el, permítanme, “amor verdadero”.

Importantísimos datos extraemos de estos tempranos encuentros: una muy considerable independencia y autonomía de lo femenino importante para el niño con respecto a la madre y el núcleo familiar, que choca de plano con las consideraciones basales del psicoanálisis, y una prueba clara aunque indirecta del carácter consciente del niño, en una edad en que el condicionamiento cultural y educacional me parece que nadie se atrevería a formular como decisivo y definitorio. El impacto primero con una imagen del anima que ya sabemos luego va a reaparecer en la figura más explícita de Salomé, implica entonces la presencia de un“profeta” (técnica y psicológicamente, un intelectual intuitivo introvertido) configurado embrionariamente en la psique del chaval, de manera innata.

Por supuesto, podría argüirse que, en realidad, la experiencia con la criada personal fue la que“programó” la posterior fisonomía de la imagen del alma para Jung. Incluso él mismo insinúa eso en su anterior cita. No pretendo convencer al lector apelando a esa intuición y fino discernimiento que le haría percatarse de que en una anécdota como esa, queda claro que el peso del objeto es insignificante frente al peso de lo subjetivo proyectante, y que casi la presencia de la criada es más una visión creada desde el niño que una persona real que ejerce influencia desde afuera. Pero sí me parece rotundamente claro que cuando puede comprobarse tantas veces que la atracción y fascinación de una imagen del alma así se produce en individuos de carácter similar al de Jung, pero que jamás han sido criados por una mujer de esos mismos rasgos, ni han tenido una referencia semejante que pudiera resultarnos sospechosa de influencia decisiva en la tierna infancia, estamos frente a la fascinación de una imagen arquetípica autónoma y no ante, meramente, la sugestión del entorno.

El aya fue la primera “novia” de Jung, la primera mujer real que conmovería con un flechazo en la dirección correcta su corazoncito con la tendencia exógama suficiente, quiero decir más allá de la madre, para tejer la apropiada atracción entre el yo y el anima. La tendencia incestuosa, endógama, cuando toma la primacía y es transferida al entorno familiar, ejerce una atracción del yo hacia los complejos materno y paterno que acaba produciendo relaciones y matrimonios donde el yo se ha casado con su padre o con su madre y queda siendo niño y aislado del contacto con el inconsciente, pues ese contacto se da a través de la pasión entre los opuestos, y no del yo con su entorno más familiar. La tendencia puramente endógama, incestuosa, cumple su objetivo si vuelve la mirada del yo hacia adentro, hacia lo Inconsciente, y reconduce el Eros hacia la comunión no con los hombres, sino con los Arquetipos. Propiamente es la fascinación por una mujer desde afuera del núcleo familiar, pero sentida pariente, quien es perfecto puente para este incesto.

La intuición del pequeño Jung dio pues en el blanco: sintió que ella no pertenecía a su familia, sino solamente a él. En efecto: sólo atravesando la trampa familiar escapamos de lo conocido y podemos adentrarnos en eso que nos es tan distante, tan distinto, y a la vez mucho más consanguíneo, que contiene la mirada desde detrás del espejo oscuro, la mirada y el toque de nuestro ser más lejano y más íntimo, nuestro propio Inconsciente. Sólo la justa proporción libidinal exo-endogámica nos hace escapar de nuestro entorno cercano, del yo, para adentrarnos en la busca de ese Otro fascinante y misterioso donde podemos ver reflejado un trozo del corazón de nosotros mismos, donde podemos empezar a hacerle justicia tanto a la carne, al sexo, como al espíritu del arquetipo. He repetido muchas veces que el periplo del héroe empieza en el justo punto donde éste abandona a su padre y su madre, su familia, para adentrarse en lo desconocido y lejano buscando a sus auténticos padre y madre, su auténtica familia. Es la misma enigmática paradoja encerrada en las sensaciones del pequeño: Ella es una extranjera, más familiar que su propia familia.

Los primitivos intentaron solucionar este problema de la justa medida exo-endogámica en sus matrimonios de primos cruzados. Y Jung volvería a encontrar la atracción y el flechazo de este anima primigenia, como no, en su prima hermana Helly, muchos años más tarde, ya en la adolescencia. Pero antes quiero detenerme un momento en su complejo materno.

Jung mantuvo siempre buenas relaciones con su madre, así como con su padre el ambiente fue menos cómodo. Fue un hijo de mamá, como es bastante normal por otro lado que ocurra en su carácter. Por supuesto, amplios sectores de su anima fueron transferidos sin problemas a su madre, y no sólo los luminosos, sino también los oscuros, misteriosos y hasta tenebrosos que resuenan desde el lado oscuro, ese que a nosotros más nos interesa ahora. En muchos momentos Jung transfirió esa familiaridad profunda e inquietante que sintió con su aya a su misma madre, en determinadas condiciones. En Recuerdos, Sueños, Pensamientos, él mismo nos dice:

Era como una profetisa (…). Anticuada y pérfida. Pérfida como la naturaleza y la verdad.

Sí, su Salomé percibida a través de su oronda madre, además indiferenciada de Elías.

Estas cosas producen su efectiva sobrevaloración. Si sólo hubiese encontrado en la madre a la risueña y plácida cocinera, su inquietud por encontrar un estilo de mujer diferente a la materna hubiera sido más agudo. Pero captó en ella también el aspecto oscuro que le subyugaba profundamente, y de ese modo quedó más indisolublemente ligado al complejo materno. Este apego a la madre es muy evidente en la biografía de Jung en tanto sólo hacia la mitad de su vida, tomó verdadero contacto con mujeres que realmente personificaban su anima, más allá de su complejo materno. Sólo en ese momento soltó de veras los brazos de su madre para apretar decididamente al aya morena con inspiración y deseo, superando su miedo.

Pero mientras se había casado. Su matrimonio con Emma Rauschenbach sigue otra línea de relación distinta con lo femenino que la inspirada por el aya. Sigue la línea de inspiración materna, mucho más definida por un contacto optimista, cálido, nutricio y protector con el regazo materno. Es lo femenino que mima e impulsa la conciencia, lo luminoso y familiar en ella, más que lo que la atrae hacia la oscuridad húmeda y lúbrica de una caverna misteriosa. Es lo femenino que apoya y protege la adaptación al mundo, a la sociedad, a la máscara, como una madre cuida que su niño salga a la calle con los pantalones nuevos y bien peinado el domingo, y que quiere para él el mejor de los futuros.

El matrimonio con Emma empezó a gestarse en este otro momento especial, también en la misma época que la experiencia con la criada:

(…) Un paseo en un despejado día de otoño, bajo los arces y los castaños de hojas doradas. “Caminamos a lo largo del Rin, hacia el final de la cascada (…) El sol se dejaba ver por entre el follaje y sobre el suelo yacían hojas amarillentas”. Y Jung añade que veintiún años más tarde encontró nuevamente a aquella mujer: era su futura suegra (10)

Hay que decir que estas dos experiencias tempranas contrapuestas sobre lo femenino, se dieron en un momento en que los padres de Jung se habían separado por un tiempo. Posiblemente por eso, durante mucho, Jung valoró más el sentirse acompañado y seguro con la mujer, el sentirse protegido con la madre a mano, que el sentirse perdidamente enamorado.

En ningún momento es dable dudar del amor dentro del matrimonio Jung, desde luego. Ni de la actuación de la intuición y el destino, siempre adecuados padrinos del amor, en esta relación. Pero es ostensiblemente uno de esos matrimonios que se consolidan “de razón”, que Carl nunca se olvidó de defender y legitimar en numerosas ocasiones, donde la familia convencional, el progreso social y la crianza de los hijos respiran en una atmósfera convencionalmente sana y tranquila. Jung se encontró por primera vez con su futura esposa cuando fue de visita a aquel pueblo de su infancia, Schaffhausen, donde se dieron aquellas escenas tempranas, y alentado por su madre para que pasara a saludar a la señora Rauschenbanch y su familia. Emma sólo lo aceptó como pretendiente cuando él afianzó su carrera con el doctorado y un puesto prestigioso en la Burghölzli, y a través de ese matrimonio Jung tuvo acceso directo a la alta burguesía y a una vida, por fin, cómoda y segura económicamente. Está claro que con Emma tenía que vivir determinados aspectos de su relación con lo femenino protector, con la experiencia de ser padre, con su medrar en el mundo y con su crecimiento egoico social. Pero fue una relación que el mismo Jung nunca reseñó por su apasionamiento (ni por su intensidad sexual), antes al contrario hacia la mitad de su vida la sentía carente de verdadero contacto y comunicación íntima. No fue Emma de las mujeres que le sirvieron de puente al abstruso inconsciente, y de eso era consciente ella misma.

Para seguir el hilo de esa mujer que desde el encuentro con la criada le representó “el prototipo de lo femenino”, hay que dejar de lado al matrimonio con Emma y retrotraerse ahora hasta las experiencias adolescentes con su prima.

En junio de 1895 comenzó a reunirse Jung con un grupo de jovencitas, entre las que se encontraba su prima hermana materna Helene Preiswerk, Helly, para experimentar con el por entonces tan de moda espiritismo. Helly desde la primera sesión demostró tener una cualificación especial para entrar en trance, y se convirtió en el canal, la médium del grupo. Las sesiones se extendieron, con grandes interrupciones debidas a la carrera de Jung y a la oposición por parte de la familia Preiswerk, hasta 1897. La joven quedó fascinada por la propia experiencia y su exótica capacidad, y también quedó enamorada profundamente de su primo. Se sentía el centro de atención de él, y así fue durante este tiempo. Jung también estaba fascinando. Por las implicaciones y posibilidades de su “experimento” (que seguía y anotaba con rigurosidad científica), y también capturado no sabemos si más por su prima o por una de sus “encarnaciones” más frecuentes: Ivenes. Ivenes decía ser judía, de pelo oscuro pero de pureza “blanca como la nieve”, moralmente intachable (una unión de los dos opuestos que ya conocemos del anima), que en sucesivas encarnaciones había sido concubina del rey David, mártir en la Roma de Nerón, una bruja quemada en la hoguera en el siglo XV y la famosa Vidente de Prevorst, investigada y tratada por Justinius Kerner durante los años veinte del siglo XIX (11)

Helly era una jovencita morena seguramente muy atractiva, con una capacidad sobresaliente mediúmnica muy propia de su carácter fundamentalmente sentimental extravertido y su propensión por tanto a la histeria (esa capacidad histérica de introducir al otro dentro, de acomodarlo en el yo, sea una persona o un complejo), como su primo dejó constancia después en la tesis que le valió el doctorado de psiquiatría, que versaba sobre su prima, escondida detrás del pseudónimo S.W., y toda esta experiencia espiritista: Sobre la psicología y patología de los llamados fenómenos ocultos. Es decir, una mujer sincronizada perfectamente con su propia anima. Haciéndose llamar la Hebrea, a través de su mimetización con la judía profetisa aparecida en las sesiones, nos acercamos aún más al núcleo Salomé – Elías que nos sirve de referencia.

No cabe duda de que Jung estuvo muy enamorado de su prima, y de que seguramente el incesto, las oposiciones familiares y, por qué no, la duda “científica” sobre su salud mental, lo disuadieron de concretar esa relación. Centró su interés en la carrera, luego aparecieron Emma y el sí al mundo social.

Helene Preiswerk desarrolló una madurez emprendedora y afianzó mucho su carácter, integró en ella aquella entereza que dejó translucir desde su alma Ivenes. Sin embargo murió temprano, a los treinta años, de tuberculosis. Una enfermedad…romántica, quién sabe sino propia de un corazón roto. Al menos, eso dicen.

Pero sólo un año más tarde de la boda con Emma, en 1904, la hebrea apareció de nuevo en su vida, en la forma de una paciente judía de origen ruso que cuatro años más tarde, en 1908, ya curada, se convertiría en su amante. La relación que se abortó con Helly, en aquel mundo límbico entre la genialidad y la locura, se continuó con Sabina Spielrein.

Sabina llegó a la Burghölzli en un estado lamentable. Ni siquiera podía mirar a la cara a nadie. Posiblemente se tratara de una esquizofrenia, pero hay quien no concede a sus síndromes, al menos desde el material que se conoce, otro diagnóstico que el de una histeria grave. En cualquier caso, su estado mental estaba seriamente deteriorado. Sin embargo, pudo abandonar la clínica en un año, y pasó a ser colaboradora de Jung, que la alentó a estudiar psiquiatría. Inteligente, avispada, dicen que con una gran carga erótica, menuda y morena. Llegó a realizar trabajos señeros en el campo de la psicología, bajo la supervisión de Jung, como por ejemplo La destrucción como causa del nacimiento, o la tesis doctoral que le sirvió para ingresar en la Sociedad Psicoanalítica de Viena: Un caso de Esquizofrenia. Siempre fue prolífica en el escrito de ensayos y artículos al margen e independientemente de los grandes, hasta su muerte.

El romance se concretó en 1908, con una Sabina de veintidós años. Envueltos en la magia de numerosos sucesos sincronísticos y otros milagros sobrenaturales que hacían aparecer la relación a ojos de los dos como de almas gemelas por fin encontradas, llegaron a la pasión y al sexo, al margen del matrimonio, claro está. Este momento queda registrado en una carta que Spielrein escribió, probablemente a Freud (según nos cuenta Richard Noll ), donde decía:

“Quedé sumida en una profunda depresión, esperando. Ahora llega pletórico (…); ya no quiere reprimir su sentimiento por mí, reconoció que yo era la primera, su mejor amiga (…), y que quería contarme todos sus secretos” (11)

Sabina tenía una capacidad mediúmnica enorme y un fino intelecto para analizar los trasfondos psíquicos; no en vano atravesó su enfermedad psíquica. Jung la apreciaba mucho en todos sus talentos:

Usted no se imagina cuánto significa para mí la esperanza de poder amar a una persona a la cual no tengo que maldecir y que no se condena a sí misma a asfixiarse en la trivialidad de lo cotidiano”

Entrelazado en esta escandalosa relación con Sabina, que costó, como es imposible que no, indecibles problemas al matrimonio y entre ellos mismos, empezó Jung su descensus ad inferus, su viaje nocturno por el mar del Inconsciente del que acabaría trayendo a la luz el tesoro de su obra. Con esta relación, donde Jung por primera vez se implicaba a fondo con la Hebrea, se abrieron las primeras puertas del Inconsciente Colectivo. De la mano del Eros para con su prima, había nacido el Logos de su vocación médica y los primeros trabajos serios en lo que sería su futura psicología analítica, que se separa abismalmente del psicoanálisis en su profundización esotérica y en su relación con el vivísimo “mundo de los muertos”. De la mano de Sabina aparecieron sus primeras y febriles incursiones en la investigación de los mitos, y la comparación del material clínico con los símbolos legendarios. La primera parte de Transformaciones y símbolos de la libido se destiló del período donde entre los dos comenzaba el alejamiento y se recuperaban las proyecciones.

La presión de las exigencias sentimentales de Sabina, que quería tener cuando menos un hijo con él (ni que dudar de que seguramente aspiraba a tenerle para ella sola), expectativas que Jung no estaba dispuesto a cumplir, acabaron minando la relación. Luego más abajo iremos viendo como este tema era la punta del iceberg de un enfrentamiento más profundo entre los dos.

El doctor, atrapado en un conflicto insoluble, se convirtió a veces en un mentiroso, frente a Freud, a su mujer, a Sabina… Ella se fue llenando de resentimiento, y todos los desentendimientos entre ambos acabaron por abortar la conjunción antes de que él se internara en sus incursiones “científicas” más elevadas, o más profundas, en pos del símbolo y el sentido trascendental, religioso. El mejor Jung, ya estuvo muy lejos de Sabina. Quizás también podríamos decir lo mismo para ella, pues sus trabajos en solitario como profesional fueron de tal talla que influenciaron a maestros como Piaget y Saussure. Pero desde luego aquella avezada y pionera mujer analista, que escribió aquel ensayo sobre las tendencias de muerte de la Psique que acabó por trastocar los conceptos centrales de Freud (una influencia que él jamás, ingratamente, reseñó), la echamos en falta en su vida posterior.

Discutieron mucho sobre el significado del trabajo que estaban acometiendo, y su fin último. No hay lugar a dudas de que Jung extrajo mucho de lo que después adscribió a la amarga lucha entre anima y animus de estos enfrentamientos, que no sólo fueron dialécticos, llegaron a veces a lo físico.

En efecto, en una carta de 1908 la dinámica anima animus entre ambos queda suficiente clara:

(…) La complejidad de la situación me fuerza a tomar la iniciativa. Ahora soy yo la que tengo que expresar lo que te está vedado a ti. Me toca a mí adoptar la posición antinatural de hombre y a ti, el rol femenino (…)

Sabina quería llamarle al deseado hijo con Jung, Sigfrido. Su instinto materno se confabulaba con el impulso de su animus para querer parir a su propia masculinidad como héroe hijo, inseminado desde el héroe que ella tenía proyectado en Jung. En efecto, Jung había comenzado una travesía heroica por mérito propio y Sabina con acertada intuición sabía de quién se había enamorado, pero en aquel momento los periplos de los dos estaban cruzados: la aspiración oculta de Sabina era la de elevarse ella misma como Sol victorioso, integrando en sí toda su resuelta masculinidad. Un escrito en su diario de 1911 la delata abiertamente en ésto:

Desafío, porque en la vida he de realizar algo noble y grande. Yo no estoy hecha para lo cotidiano. Para mí se trata de una lucha a vida o muerte (…) Ningún dolor me es demasiado insufrible y ningún sacrificio demasiado grande como para impedirme cumplir con mi destino sagrado.

Y a Jung le tocaba, como ya sabemos, decapitar a Sigfrido y declinar su Sol hasta introducirlo en la matriz primordial de la Gran Madre: el Inconsciente Colectivo. El desentendimiento intelectual y profesional, a nivel de Logos, entre ambos, estaba a priori garantizado. Tanto como el conflicto entre Sabina y Jung como hombre y mujer, en el nivel del Eros.

Uno de los puntos cruciales de esta confrontación, en ese plano intelectual, se dio entre las valoraciones que cada uno le atribuía a lo “artístico” y a lo “científico” como meta individuatoria. Muy seguramente, aquella historia que cuenta Jung en Recuerdos, Sueños…sobre la voz del anima que pretendía convencerlo de que lo que hacía con su trabajo interior era arte, y no ciencia, proviene de estas discusiones con Sabina, ya a nivel epistolar. La Hebrea se atrincheró detrás de su arte, su amada música, posiblemente para proteger el tesoro de sentimiento de su corazón, dolorido por el fracaso con Carl.

A medias como buen mentor y para desembarazarse de un problema que por momentos se le hacía demasiado grande, Jung alentó la proximidad de Sabina a Freud y al círculo psicoanalítico oficial. Tras la ruptura de éste con Freud, prefirió la ya prometedora analista quedarse del lado de este último, muy probablemente no sólo por razones intelectuales, sino por auxilio en un padre protector…y quizás también como venganza.

La función inferior, que ya empezaba a dar cuenta de qué significaba en su desarrollo y su futura identidad, que ya empezaba a tener rasgos de personalidad y vocación bastante definidos, aún enfrentaba a las funciones superiores con odio y saña, reclamando la primacía ahora para ella. Superar el aspecto negativo del anima, que exige para sí toda la atención de la conciencia como compensación a su anterior olvido, es uno de los pasos más difíciles y cruciales en el camino de Individuación.

A partir de 1909, el romance va apagándose, quedando sólo la controvertida amistad.

Sabina se casó en 1912 con el también judío ruso Dr. Pawel Scheftel, aunque la comunicación con Jung continuó hasta 1919. Acabó regresando a Rusia y centrando su vocación en la psicología infantil. Escribió muchos artículos, fue prolífica aún bajo las prohibiciones de Stalin. Murió fusilada por los nazis en Rostov en 1942.

Vienen y van las relaciones entre hombres y mujeres, pero el anima y el animus son eternos, tan eternos como Elías y Salomé. En 1910 apareció en la vida de Jung, como paciente esquizofrénica, Toni Wolff, que se había precipitado en la psicosis a raíz de la muerte de su padre en 1909, aunque siempre fue desde niña muy problemática y lo siguió siendo hasta su muerte, aún después de haber atravesado con éxito rotundo su enfermedad. Está claro que nació con una psicología naturalmente complicada. En 1913 Jung dio por terminado el tratamiento; se había dedicado prácticamente a ella sola como paciente durante dos años, 1910 y 1911. A partir de este último año, pasó a ser, al igual que Spielrein, colaboradora y aprendiza.

Al poco de concluir el tratamiento, empezaron las relaciones íntimas entre los dos, que se prolongaron más de cuarenta años más y que obligaron a Emma a compartir de ahí en adelante su marido con ella, en un más o menos tenso menage à trois. El único remedio contra el poso de celos mutuos que esta situación creó entre todos, fue esa especie de “sobredosis” de amor que capacitó a que Emma pudiera decir una vez públicamente, seguramente tragándose su sombra resentida: “Él jamás me quito nada por dárselo a Toni. Pero cuanto más le daba a ella más parecía darme a mi”

En palabras de Richard Noll:

(…) El destino había interpuesto en su camino a otra mujer joven, morena, intelectualmente seductora, y ésta era más parecida a él: tenía visiones religiosas, sabía leer cartas astrológicas y estaba fascinada por las publicaciones teosóficas, así como por la sabiduría oculta occidental y las filosofías orientales que aquellas destilaban. Spielrein no era así (…)

(…) Con seguridad podemos afirmar que conoció más facetas de Jung que ninguna otra persona, y que estuvo más próxima a él que cualquier otra amiga o esposa.”

Tenemos, como queda bien a la vista, un nuevo vástago en el “linaje del aya”. Sin embargo, Wolff tenía unos aspectos más suaves de conjunción con Jung que Sabina; la Salomé, después de un trabajo preliminar intenso con el anima, empezaba a resultar una serpiente menos peligrosa, aunque faltara aún un tiempo para conseguir cierto éxito sólido en la aventura de integración que ocupó a Jung durante toda aquella década. El camino de acercamiento interior a los contenidos escondidos tras la función inferior, por afuera otorgaba su regalo: Wolff sería el exponente exterior de la integración con el anima en la vida de Jung, y así quedó con él hasta su muerte. Lo acompañó en aquel descenso, en todos los siguientes, y en todos los ascensos de su vida a partir de entonces. Al final, un Jung viejo que ha superado la muerte de ella y también la de su esposa, diría que ya no necesitaba ni de la mujer ni del anima, de mediadores para acceder a su Inconsciente. Pero eso ocurrió mucho, mucho tiempo después, cuando la Piedra estaba ya muy pulimentada.

Toni Wolff tenía un carácter que encajaba perfectamente con el destino de “concubina” que le había deparado el destino. Ella misma acuñó el término de Hetaira para nombrar a las mujeres de esta tipología. Se trata de un estilo femenino que vuelca toda su calidez y protección en el cuidado y nutrición de la relación con un hombre creativo y con los hijos de ambos que no son de carne, sino del Espíritu. La Hetaira carece de interés maternal en la generación de una familia colectiva, y en ese sentido es una especie de opositor o compensador del arquetipo de la Madre. Al mismo tiempo, tiene un Logos inquieto que es proyectado y entrelazado con facilidad en las facultades del mismo hombre en quien vuelca su protección y cariño. Ese Logos acentuado, ese animus activado, la capacita e incita para el trabajo de investigación, de exploración, de individuación en última instancia, allende lo colectivo y lo material.

El arquetipo de la Hetaira necesita cierta maduración para ser vivido propiamente. El aspecto inferior de esta constelación tipológica lo representa la mujer meramente “musa”, la niña eterna que sólo es capaz de ser alguien si es animada y vivificada por la mirada y el aliento de una figura paterna, en quien sostiene su identidad. Si la Hetaira carece de una mínima coherencia, constancia y equilibrio de lo sentimental e instintivo representado por la Madre, la coacción y obstrucción del complejo paterno resulta entonces en una psicología seductora, un Eros exaltado, que intenta tender un puente en las relaciones a través del sexo compulsivo, anhelante frustrado de relación personal; un sexo frío, casi sin capacidad de amor y cargado de poder manipulador. Wolff nunca vivió el arquetipo de la Madre hasta su última consecuencia, pero fue lo suficientemente consistente en sus sentimientos como para crear una “familia”, una extraña familia alquímica de dos con Jung.

Propiamente, el arquetipo de la Hetaira se activa en las mujeres en la segunda mitad de la vida, después de haber desarrollado sus aspectos colectivos maternos, y busca instintivamente la conjunción con el animus (y la Individuación consiguiente) a través de la relación de amor con un hombre que le afecte eróticamente la esfera subjetiva, más íntima y personal. Wolff se ancló en él desde muy jovencita, y por ello jamás reclamó de Jung ni matrimonio ni hijos, y por ello ella nunca abandonó ni la casa de su madre ni la de sus hermanas para vivir independientemente. Su sombra era Emma, la que sí trajo al mundo hijos en una familia propia. La desconexión con la tierra de lo maternal y lo colectivo Wolff la compensó exitosamente, aparte de con su capacidad de entrega y (cómo no) abnegación en la pareja, con un trabajo de investigación y una labor terapéutica profesional a la altura de su amante. Tenía una muy especial capacidad para acompañar en los viajes oscuros a sus pacientes, y en ayudarlos a regresar de vuelta con las manos cargadas de tesoros. Emma integró la sombra que le significaba Toni en el esfuerzo que hizo para realizar sus propios trabajos de investigación, y en su también profesión terapéutica. La rivalidad entre ambas dio sus frutos.

Más allá de esas diferencias decisivas que señalamos antes entre el talante, más escéptico y pragmático de Sabina y el talante más místico de Wolff (que quizás se correspondan tanto a las diversas inclinaciones tipológicas de ambas como a la diferencia de la inclinación y profundidad del Jung que las influenció –desde luego las dos partían de una condición en un punto similar: excelente contacto “mediúmnico” con el inconsciente-), está el asunto de que Sabina tenía una enorme necesidad instintiva de casarse y fundar una familia y, en eso, no le respondió Jung (conflicto imbricado con aquel sutil desentendimiento que ya conocemos, entre los periplos solares de cada uno: Sabina quería ascender hasta la luz del reconocimiento social, impulsada por su animus Sigfrido, en un momento en que Jung necesitaba descender hasta el reconocimiento del Inconsciente Colectivo, decapitando a Sigfrido y siguiendo a su anima). En efecto, la frustración con su amante intentó recomponerla como sabemos en poco tiempo con su matrimonio y sus inmediatos hijos. Además, su inclinación materna era tan grande que la mayor parte de su trabajo independiente versó sobre psicología infantil.

El instinto materno frustrado de Sabina, en el que ella había depositado también parte de su ambición solar masculina, la llenó de ese odio destructivo hacia Jung que acabó prestándole el cariz perfecto para representar en la individuación del doctor los aspectos negativos del anima, de la Hebrea, la misma Salomé decapitadora. Toni, gracias a su capacidad hetárica madura de ser madre nutricia y protectora de su amante (que sólo se consigue cuando el Sol animus de la Hetaira está sincronizado perfectamente con el periplo del Logos de su pareja, lo que quiere decir entre muchas otras cosas que los aspectos externos, colectivos y carnales del “hijo” de ambos están suficientemente bien diferenciados de sus aspectos espirituales), sin dejar de ser esa Luna oscura que es paso al inconsciente y que siempre significa conflicto y segregación de lo colectivo y lo material, representó un papel más cercano al anima luminosa, positiva, al psicopompo:

“Toni Wolff fue el receptáculo de la proyección del anima positiva, al inicio de la confrontación con el Inconsciente. Más tarde, la figura se interioriza y se revela cada vez más claramente bajo sus aspectos positivos y negativos. Así, Jung devino menos dependiente de una mujer exterior, como intermediario para acceder al inconsciente, que él pudo afrontar enteramente solo” (12)

En estas declaraciones de Bárbara Hannah de las que nos hacemos eco, echamos en falta las alusiones al anima oscura representada por Sabina, que es anterior a Wolff, que aparece aún más al inicio de la confrontación con el inconsciente, y que está presente durante toda la nigredo; un aspecto que, repito, también significó Toni. Y no más hay que mirar al perenne conflicto que la relación con ella instauró en el centro de su biografía como marido, padre, y hombre burgués en general, si no queremos aludir al mismísimo epicentro del conflicto, obviamente, que está en la tensión entre opuestos del interior.

Si con Sabina comenzó la indagación comparativa entre el material mítico y el psíquico, que dio como fruto la primera parte de Transformaciones…, con Toni se elaboró la segunda parte de esa obra, y ya del resto de su producción hasta que ella falleció.

Creo que nos queda claro que, sin ser judía, Wolff está mucho más cerca de aquella Ivenes hebrea que decía ser de pelo oscuro y a la vez blanca como la nieve, la “morena pero hermosa” del Cantar. Sólo una mujer que al lado del hombre le signifique una unión de opuestos que represente para él el espectro anímico que va desde la prostituta peligrosa hasta la madre donadora, es decir, una Hetaira madura, integrada con lo mejor de la materno, puede establecer con él una pareja de hecho que dure más de cuarenta años, y que se signifique como relación tántrica. Pero para que una mujer así aparezca en la vida de un hombre, debe haber un correlato sincrónico perfecto con la integración de ambos aspectos del anima en el alma del varón. Antes que eso ocurra, podemos decir con Emma Jung en la Leyenda del Grial:

(…) el anima se comporta paradójicamente o bien se divide en dos figuras opuestas que arrastran de un lado a otro la conciencia hasta que el yo comience a recordar la tarea de individuación (…) mientras el anima continúe contaminada con la imagen del sí-mismo, el hombre no puede sustraerse a su doble juego, puesto que quiere atraparlo en la vida y al mismo tiempo apartarlo de la misma, iluminarle y engañarlo, hasta que se haya encontrado a sí mismo y haya descubierto un lugar más allá de este juego paradójico (13)

Las relaciones íntimas con Toni comenzaron en el justo punto cuando en el interior del alma de Jung ocurría el siguiente drama de conjunción, una experiencia visionaria que continuaba con la saga de encuentros entre Jung, Elías, Salomé y la Serpiente:

Jung miró alrededor. Vio a Elías en una cadena rocosa, un anillo de peñas que era, pensaba él, un “lugar sagrado druídico”. En el interior, el anciano se subió a un altar druida fortificado, y entonces Elías y el altar empezaron a hundirse al tiempo que se ensanchaban las paredes. Jung percibió la presencia de una mujer diminuta, “como una muñeca”, que resultó ser Salomé. También vio una serpiente en miniatura y una casa.

Las paredes que rodeaban a Jung continuaban ensanchándose. De pronto comprendió que había estado descendiendo.

“-Me encontraba en los Infiernos” (…)

Cuando tocaron fondo, Elías le sonrío y dijo:

-Es lo mismo, arriba o abajo.

Entonces ocurrió.

“Salomé se interesó mucho por mí y supuso que yo podía curarle la ceguera. Empezó a adorarme.

“-¿Por qué me veneras? –le pregunté.

“-Eres Cristo.

Jung objetó, pero Salomé insistió en que era Cristo.

-Esto es una locura –le dijo Jung, y añadió que “le invadía una resistencia escéptica”. (…)

“Entonces vi que se acercaba la serpiente. Se aproximó y empezó a rodearme y a ejercer presión sobre mí. De pronto su espiral alcanzó la altura del corazón. Mientras luchaba, comprendí que había asumido la actitud de la crucifixión. En la agonía y la lucha sudé tan profusamente que rezumaba agua por todo el cuerpo. Entonces Salomé recobró la vista y se irguió (…) (11)

La función inferior, ese sentimiento fundamentalmente extravertido, acababa de despertar y de abrir los ojos a la luz de la conciencia.

Jung acababa de tomar contacto directo con su Judas y su Cristo interior. Salomé se iniciaba como una María Magdalena, y en la vida cotidiana quedó abonado el terreno para que empezara a fructificar positivamente la flor del amor. Comenzó la singladura con Toni Wolff, “la discípula amada”, si me permiten seguir jugando con toda esta Hybris, toda esta inflación…

Eva y la serpiente

En su obra más señalada, Las Formas estructurales de la Psique femenina, Toni nos habla de cuatro tipos femeninos básicos: Madre, Hetaira, Médium y Amazona. No es lugar este artículo para profundizar en este tema, pero podemos usar esta clasificación para apuntar algunas cosas sobre la explicitación y el encuentro entre estas potencias femeninas, entrelazadas a la vez con el encuentro entre el yo femenino y sus funciones inferiores, la conciencia femenina y su inconsciente, en la historia que nos concierne.

La Madre es vivida en plena extensión por Emma, con ese sentimiento extravertido volcado por completo en la crianza de hijos, siempre capaz de convertir a su marido en un hijo más y preocupada por esa adaptación al grupo colectiva en sus estratos más prácticos y funcionales, que Jung en un momento de romanticismo idealista calificó de “asfixia en lo trivial”. Obligada por la competencia con Toni, desde la solamente Madre, Emma evolucionó hacia un estado de individuación superior en su proceso propio, donde los rasgos de la inquietud del Logos están más presentes y la relación con el marido es más personal y más llena de íntima colaboración y amistad. Integró a su opuesto, a la Hetaira. Ésta ya hemos dicho que está representada por Wolff, de una manera tan “pura” que dejó todo lo materno en manos de su sombra Emma, cualidades que no actualizó en su forma concreta jamás. La Hetaira primitiva vive lo masculino como Padre, y siempre corre el riesgo de quedarse en una infancia o adolescencia eterna, donde es muy posible que lo intelectual tenga gran preponderancia, pero la capacidad de cuidar, entregarse, en definitiva, de amar, que le llega desde lo materno, queda atrofiada en meramente coqueteo y seducción. Es el sexo de la histérica, que puede ser tan compulsivo y arrebatado como frígido a la vez, sobre todo sentimentalmente. La posesión por el arquetipo de la Hetaira en su cariz inferior, inmaduro, crea una psicología femenina que siempre envidia y quiere competir con la Madre.

La posesión por lo solamente madre, crea una psicología sin dinámica, inercial, conservadora, vacía, donde el Eros, es decir, el instinto individuatorio de conjunción, queda inconsciente, transformándose en poder, y donde la ambición de desarrollo heroico queda proyectada en el hijo.

Ambos opuestos pertenecen a la esfera del sentimiento y, en realidad, son contrapartes que rara vez se dan separadas, y menos en la sociedad actual, donde la solamente madre ya casi no tiene lugar. Lo hemos visto en Sabina, en aquella mezcla suya entre la madre que quiere ofrecer su vida al cuidado de una familia y que pone el acento en la figura de los valiosos hijos, y de la concubina del genio con el que comparte y madura su propia genialidad.

Lo normal es que la mujer sentimental actual pendule indiferenciadamente entre ambos arquetipos, sobre todo mientras un trabajo interior no los madure a los dos y los integre en los niveles y los contextos apropiados para cada uno. La oscilación entre los dos aspectos del anima que antes hablábamos para la psicología masculina, ahora podemos tratarla para la femenina entre los dos correlatos masculinos correspondientes de su animus: el Puer y el Senex. La mujer se balancea en las formas colectivas de su sentimiento entre la relación con el Senex, el Patriarca legislador e infalible, de poder colectivo, el perfecto cabeza de familia convencional o perfecto jefe o tutor, que se encuentra en el centro de su fascinación por el complejo paterno, y el Puer, el hombre niño sensiblero, fantasioso e idealista, atrapado en un complejo materno, profundamente necesitado del regazo de una madre que vele por él.

Emma no penetró jamás en los reinos de la Médium, la Casandra fantasmal. Pero sí lo hicieron con gran éxito Wolff y Spielrein. Ya a través de sus psicosis, estuvieron obligadas a ser portavoces del Inconsciente, y a tomar contacto con esos magmas interiores tan alejados de la luz del día. Bien es cierto que ser mensajero o canal del Reino de los Muertos, no significa per se que esa riqueza se integre en la propia personalidad y conduzca a una apropiada madurez e individuación, y por eso hay quien dice de Wolff que acompañaba perfectamente a los otros en sus viajes por laberintos interiores pero que ella, propiamente, no bajó (curiosamente hay quien dice de Emma, que sin tener esa capacidad mediúmnica, consiguió una legítima individuación). Sin embargo, yo creo que la profundidad espiritual de ambas y el ejemplo de sus vidas y sus obras, conformadas por lo Inconsciente en grado sumo, nos habla de que sí existió esa integración y esa comprensión, más allá de solamente la explicitación mediadora de los contenidos desde el Inconsciente Colectivo. En la Médium, el sentimiento extravertido, volcado en las relaciones, se introvierte por momentos, hacia los objetos internos, y además la intuición, como función inferior o secundaria de estas mujeres, hace su aparición estelar. En sus escritos intelectuales, apreciamos perfectamente la madurez y desarrollo de la función de pensamiento, y, por lo tanto, el grado de complementación al que llegaron las dos.

La Amazona quedó lejos de Emma y de Wolff. Ese arquetipo es propio de mujeres, o bien de tipología masculina de por sí, como Von Franz, una intelectual introvertida que jamás se casó, o bien de mujeres (y era a las que mayormente aludía Toni) con un animus tan desarrollado que se convierten en maridos de ellas mismas. Por supuesto, este arquetipo tiene un lado inferior, que es la posesión por el animus que rigidiza el carácter, espanta las relaciones y crea un psicología puramente dialéctica y contestataria, donde el yo femenino y sensible queda escondido tras una maraña de ambición profesional, y un aspecto superior, donde aparece una mujer dotada de cierta androginia, de una firmeza masculina que no eclipsa ni reprime el Eros relacional de manera grave, donde el animus no ha usurpado el lugar del yo. Sólo en Sabina, la que coqueteó con el arquetipo de Hetaira, fue Médium y Madre, podemos entrever ciertos rasgos de Amazona, en esa capacidad suya para continuar independientemente con su vocación y sus investigaciones en Rusia, lejos, hasta donde yo sé al menos, de influencias y tutorazgos masculinos (sin entrar en ninguna valoración profesional). Podríamos decir que Sabina, en comparación con Wolff, es una mujer más “completa”. Pero le falta la diferenciación, la “perfección”, a la que Toni en sus facetas llegó. Me atrevo a decir que la individuación de Sabina Spielrein quedó varada en la imposibilidad de distinguir adecuadamente el Filium Philosophorum, el Hijo que nace en la matriz del alma, de los niños que se gestan en la matriz corporal. Es decir, jamás liberó del todo su aspiración espiritual heroica, del peso biológico y colectivo de su necesidad maternal.

Jung y el amor

Sería una obviedad redundante hablar de qué significó el encuentro con lo Femenino, que es siempre el paso por el Inconsciente, esa Madre de toda existencia y toda conciencia, en la vida de Jung. Se significa en él mismo, en llegar a ser; se significa en C.G. Jung, toda su vida, toda su obra, todo lo que sintió, pensó, hizo y fue. Todo lo que le hace merecer, como los viejos y mejores alquimistas, el título de hijo prístino de la Madre.

Vamos por ello a seguir el hilo que convoca este trabajo, y vamos a ocuparnos concretamente de qué significó la integración de eso femenino particular que conlleva asimilar a la conciencia el sentimiento como cuarta función, la inferior.

Como quedó expuesto hace rato, el sentimiento extravertido es la herramienta más útil en la crianza de los hijos. Tiene, como ya sabemos, esa capacidad de repartirse equitativamente sin hacer distinciones de sexo, belleza, inteligencia o habilidad, y así hace justicia a las necesidades de todos y cada uno de los hijos. Por extensión, es un pastor que mantiene unidos fuertemente los miembros no sólo de una familia, por más diversos que sean, sino de toda una comunidad. No gusta de distinguir ni diferenciar; el Yo, que sería la medida de referencia y comparación, queda eclipsado detrás de la importancia del Otro, detrás de su reclamo y su necesidad. Es indispensable en la caridad cristiana, indispensable en la compasión.

Jung nunca fue un padre convencionalmente ejemplar, a tanta maternidad jamás le condujo la integración de su sentimiento (demasiada necesidad de soledad y aislamiento para eso), aunque tampoco podemos decir que fuera un padre abandónico, irresponsable. El aspecto Madre, el “pastor” familiar de su anima, quizás se expresó mejor en otras esferas de relaciones aparte de la paternidad: en los contextos amoroso y profesional. En esa capacidad “poligámica” que comenzó a explorar Jung a partir de la segunda mitad de su vida, en esa capacidad de delicada entrega equitativa tanto a su mujer como a Wolff, que el espíritu abnegado y sensible de Emma dejó constatada en aquella declaración, se percibe claramente esa cualificación tan propia del sentimiento extravertido de poder atender varias parcelas sentimentales a la vez, y hasta llegar a hacerlo bien…Mientras nadie se queje, claro: en la sombra de esa capacidad siempre anda agazapada la histeria y su desmembración, en este caso adscrita seguramente a los profundos miedos de acometer cambios tales como un divorcio. Ya conocemos la profunda seguridad que adquiere el sentimiento extravertido cuando se siente protegido y a salvo en los límites de lo convencional. Y en aquella época, el divorcio no era tan convencional como en la nuestra.

Estos aspectos sombríos son mucho más evidentes en la relación anterior con Spielrein. Jung fue poseído por su anima, tan apasionada como histérica (“…no puedo prescindir en la vida de la felicidad del amor, del amor tempestuoso, extremadamente mudable” –la cursiva es mía-), en la relación con Sabina, donde ella misma sabía que se estaba enfrentando con una Salomé ciega y caprichosa a la que hacía falta enérgicamente despertar.

El aspecto apasionado más “romántico” del sentimiento extravertido, especialmente cuando es función inferior, lo describe Von Franz en estas declaraciones:

Mientras el tipo pensante extravertido que ama profundamente a su esposa dice con Rilke: “Te amo, pero eso no es asunto tuyo”, el sentimiento del tipo pensante introvertido está enlazado a objetos externos. Por lo tanto, él diría, en el estilo de Rilke, “Te amo y será asunto tuyo; ¡y yo haré que sea tu asunto!”…El sentimiento de ambos tipos es pegajoso, y el tipo pensante extravertido tiene esa especie de lealtad invisible que puede durar indefinidamente. Lo mismo es aplicable al tipo pensante introvertido, sólo que no será invisible...(7)

Que podemos contrastar con esta carta de Jung a Sabina en los aledaños de su tormentosa relación:

En este momento usted debería devolverme un poco del amor, de la deuda, del interés desapasionado que he podido tributarle en la época de su enfermedad. Ahora el enfermo, soy yo ( Citado en –9-)

Pero, propio también como decimos de la histeria de este sentimiento extravertido inmaduro y compulsivo, con su romanticismo más bien diabólico, “saloménico”, Jung se fragmentó en varios pedazos. La muchachita avispada que había hecho tan conveniente matrimonio sólo unos cuantos años atrás, léase su anima, se negaba a abandonar la sólida empresa. Se negaba a hacerle daño a sus hijos y, siempre con esa compasión tan ambigua en estos casos, a su esposa. Como suele ocurrir, la mentira, piadosa a veces (sobre todo con uno mismo), arriesgada siempre, fue la única manera de seguir aparentando cierta coherencia de cara al exterior. Ante la incapacidad de sentirse moralmente bien, como suele ocurrir en tales situaciones, optó por reprimir sus dudas internas con una máscara de corrección ética falsa, que es poco más que una autojustificación. En este contexto, las teorías del doctor Otto Gross sobre la poligamia, que fue su paciente durante un tiempo, las adoptó con la alegría de quien encuentra un antídoto para su peso moral. Pero la biografía del mismo Gross demuestra en pocos puntos sanidad espiritual. Las teorías de Gross le valían poco más que un clavo ardiendo. Finalmente, en 1919, un Jung a punto de empezar a comprender el verdadero juego tras los enredos sentimentales, diría a la misma Sabina en una de sus últimas cartas:

“El amor de S. A J. Terminó por hacer consciente algo que sólo presentía de manera confusa, una potencia que determina el destino del Inconsciente. Este descubrimiento lo llevó a cosas importantísimas. La relación tuvo que ser “sublimada”, porque de lo contrario lo hubiera llevado a la ceguera y la locura (…) Algunas veces hay que ser indigno para poder vivir plenamente” (9)

Por eso más allá de estas inferioridades y carencias, aunque siga sonando a sarcasmo, yo quiero destacar la claridad que podemos destilar desde toda esta sombra, en esta capacidad de diferenciación sentimental que es capaz de atender, con cierta justicia, al corazón de dos mujeres a la vez, y que sólo empezó a dar sus frutos en las relaciones posteriores con Wolff, en esas relaciones trianguladas llenas de “indigna plenitud”.

Ciertamente Jung llevó una vida tan arquetípica, que su personalidad de profeta veterotestamentario se cumplió hasta en esta poligamia, tan común en los tiempos bíblicos. Mirado desde el punto de vista de precepto masculino, contemplaríamos a las damas en cargo poco más o menos como las esclavas concubinas de un harén bíblico judío. Pero más bien, la profundidad del trato y de relación con ellas, tan íntimamente personal, a lo que le capacitó el aspecto Hetaira de su función sentimental, nos recuerda los preceptos femeninos que él mismo describió así:

“En realidad ella se divide entre sus hijos y puede que también entre su familia, y mantiene en consecuencia múltiples relaciones íntimas. Si su marido mantuviera tantas relaciones semejantes con otras personas, estaría muerta de celos” (14)

Y así fue exactamente, de esta manera femenina, como también vivió él su mundo íntimo sentimental.

Luego estaban las pacientes y, por qué no, los pacientes. La transferencia es tratada por Jung de una manera completamente diferente a Freud, una manera con la que yo concuerdo: no es un impropio efecto colateral del análisis, tan eternamente repetido como desatinado, importantísimo de tratar pero del que en conclusión hay que huir y librarse lo mejor y antes posible, sino, precisamente, el vehículo y la via regia a la curación. Jung mimaba, cuidaba y hasta alentaba las transferencias, y consideraba que tan importante como era el médico para el proceso del paciente, era el paciente para el proceso del médico…aunque el pago fuera sólo en una dirección. Emma le escribió una vez a Freud diciéndole que las pacientes estaban naturalmente enamoradas de él. Y él les correspondía con el sumo afecto que sólo un hombre conmovido por lo femenino desde adentro puede ofrecer.

Muchas veces habló Jung refiriéndose al amor en la pareja aconsejando un cierto desapego, una cierta, digamos, laxitud en la relación, proponiendo una pareja alentada por un amor suave antes que por una tormentosa y compulsiva pasión. Solía decir que el punto estaba en ese momento donde somos capaces de estar o no estar con una persona, gracias a que conservamos frente a ella cierta capacidad de elección, a que nuestra voluntad no ha sido completamente eclipsada por el fuego interior. No puede menos que recordarme este discurso a esa capacidad de instrumentalización que tiene el sentimiento extravertido cuando es la función dominante y usa su buen ojo para la elección. Resuenan en estos preceptos aquellas palabras de Jordan, que decían: Amar es preferir, odio es una mera aversión y los celos orgullo ofendido, que precisamente adscribía él al carácter que llamaba “no apasionado”. No cabe duda de que más allá o más acá de la conveniencia psíquica general de este sano desapego, ésta es la voz del sentimiento extravertido hablando por boca de Jung.

Añadiremos que nuestro profesor experimentó el poder de la Médium en su propia capacidad para convocar a los muertos desde el inicio de su viaje interior, y este desapego personal del que hablamos ahora es propio también quizás de una Amazona integrada ya en la vejez, cuando un hombre solo se sintió también completo y en paz, dejando atrás una vida bien cumplimentada en relaciones.

De este modo, hemos realizado el paseo completo por todos los aspectos de su mujer interior. No he querido utilizar la clasificación clásica junguiana del carácter del anima por etapas (Eva, Helena, María, Sofía) adrede, para dejar paso a una visión de lo femenino en la sombra de un yo masculino más cercana a las conformaciones propias de una conciencia femenina. He querido con ello tratar al anima de una manera especialmente “humana”, directamente como mujer.

Donjuán, histérico u hombre de sentimiento en vías de diferenciación…cada cual tendrá una opinión, y, seguramente, todas tendrán su parte de razón.

“The last but not least” de un visionario: El Sexo

Toni y Carl se adentraron en unos terrenos, que para muchos resultan muy escabrosos, en donde exploraron el intento de conjunción más difícil y audaz que puede darse en los caminos de Individuación: la armonización del Espíritu y la Carne a través de la práctica tántrica.

Conocemos las grandes dificultades de las que partían para ello, porque conocemos las grandes dificultades que plantea el carácter vidente profético en el terreno sexual:

(…) El intuitivo introvertido tiene problemas especiales en el área del sexo. Tales tipos no son los mejores amantes del mundo, sencillamente porque tienen escasa percepción de lo que está ocurriendo en sus cuerpos o en los de sus parejas. Al mismo tiempo, se inclinan a tener una naturaleza lasciva –reflejando la función sensorial inferior y por ende primitiva- y, por una falta de juicio, saldrán con alusiones sexuales groseras y socialmente inadecuadas (7)

Así que ya sabemos que en Jung la práctica tántrica cumplía la función de mantener despierta y con los ojos abiertos a Salomé, para que el aspecto espiritual, las visiones intuitivas que nunca ya dejaría de tener, no lo arrastraran definitivamente hacia su lado. Al mismo tiempo, para Wolff, la práctica tántrica ritualizaba y concretaba el símbolo que expresa cómo a través de su sólido y consciente Eros, el Logos la venía a inseminar.

Hoy día se pretende instrumentalizar su ejercicio, convocando diversas posturas yóguicas rituales a la hora de hacer el amor. Eso es un mero remedo de la sustancia original de esta disciplina, que no es por cierto tal, sino una necesidad espontánea del corazón llegado a cierto punto de evolución y maduración psíquica, que en verdad no puede convocarse más que como trivial entretenimiento desde el exterior. Lo que convierte al mero sexo en Tantra, a mi entender, no es la práctica en sí, sino las personalidades de los participantes.

Esta sacralización de lo femenino y corporal, este intento de unificar sensación e intuición, sexo y espíritu en la cámara sellada y reservada del amor, que pugna por llevar a la práctica personal la tarea alquímica de conjunción entre lo alto y lo bajo en la intimidad de la retorta-contenedor de una relación, es una quintaesencia del significado que intenta transmitir la psicología analítica, y que por eso vale para que algunos hablen de la psicología junguiana como el auténtico Tantra de Occidente.

Lo que ellos exploraron en lo personal, en este terreno que intenta sacralizar en su justa medida y honor el cuerpo, la materia y la sexualidad, en 1950 se convirtió en dogma de la cristiandad católica con la Asunción de la Virgen María: se le otorga reconocimiento celestial a lo Material, a lo Femenino, a lo carnal. Lo divino, también está presente en la materia. El mundo, en su esencia de pureza, cuando se alcanza, también es mágico, tal y como nos demuestra con absoluta certeza la sincronicidad (el Unus Mundus).

A través de este entrelazamiento entre la práctica sexual del Tantra y la ascensión de la virgen diosa, descubrimos que hay otra forma de sexualidad que puede ser sagrada…Y no sólo la castidad. De todos modos, estos asuntos requieren trato extenso y aparte.

Epílogo

Lo cierto es que al lado del Jung que aconsejaba “domesticar al amor”, estaba otro que habló mucho del Eros como Daimon, como la intempestiva energía que en el fondo es cuando traspasamos el nivel fraterno de acompañamiento cotidiano y nos adentramos en las pasiones de conjunción. Tan necesario en su arrebato (como su propia biografía demuestra), para alcanzar a la postre el hogar interior (y exterior) y la correcta vocación:

La emoción es el fuego alquimístico, cuyo calor es lo que hace aparecer todo y cuyo ardor “omnes superfluitates comburit” (quema todo lo superfluo) y es también por otro lado, ese momento en el cual el eslabón golpea el pedernal y se produce una chispa: la emoción es la fuente madre de toda conciencialización (4)

Liberar la proyección, calentar la vida en ese fuego fuerte para soltar las alas del genio de la Verdad, es nuestra tarea cotidiana. Es la tarea de redención. Pero nadie puede ser redimido de pecados que no cometío, y así el Destino es una fuerza irreductible que escribe nuestro mito extrayendo los mejores pensamientos de nuestra alma y delineando nuestras mejores historias de amor (sabiendo que a veces sólo lo peor es lo mejor). Únicamente en los aspectos más superficiales el amor puede ser instrumentalizado, y es necesario que haya ese estrato superficial, y es necesario que haya gentes que puedan instrumentalizarlo. Pero acercándonos al núcleo arquetípico del Eros, a los factores eternos y absolutos, puede elegirse el amor tanto como puede elegirse una verdad en lugar de otra. El Eros y el Logos, antes bien, nos eligen a nosotros. En palabras de Von Franz:

[El amor] es mejor dejarlo al destino (…) Por eso pienso que las proyecciones o el error y un probable divorcio son a veces una encrucijada inevitable. Es trágico y triste, pero por primera vez en la historia de la humanidad estamos experimentando con el amor libre. Originalmente, como institución, el matrimonio no tenía nada que ver con el amor. Pero no podemos seguir con eso; es demasiado impersonal y colectivo. Por lo tanto, si queremos una relación personal, tenemos que experimentar nosotros mismos. Creo que habrá mucho dolor y sufrimiento –los hombres torturando a las mujeres y viceversa- hasta que despertemos a la posibilidad de relacionarnos mejor (15)

El Jung que propugnaba poder elegir, eligió para siempre en su vida las mujeres que le propuso su destino, en una mezcla moral ambivalente y paradójica de fidelidad exquisita dentro de un escándalo grosero de infidelidad.

Para establecer hoy día relaciones personales en un momento crítico del Eros como éste, toda la energía de la Hetaira debe ser puesta concentrada en el cuidado de las frágiles parejas, exactamente igual que Madre cuida a sus hijos, con esa dedicación y compromiso cuasi religiosos. Pero aún existe mucha confusión en hombres y mujeres con los significados de libertad y poder de elección. Aún se cree que el sexo puede ser sólo divertido, y el amor un relleno para el tiempo de ocio y esparcimiento. Así puede ser, para las personas que sólo viven la periferia de su corazón, o para el que está librado ya de las pasiones fogosas, pero entonces a ese ya no le interesan ni el sexo frívolo ni tan siquiera el amor de a dos. En igual proporción que esas creencias están extendidas hoy día, está extendido el virus de la crisis del corazón y la pareja. Las relaciones que empezamos a abordar en esta Era, pertenecen a un estilo de amor completamente nuevo, y aún no tenemos ejemplos en los que apoyarnos e identificarnos. Ya conocemos la parábola de los odres de vino viejos…Siempre anterior a la pregunta y la exigencia sobre quién es y qué me puede dar el otro “ideal”, está la cuestión sobre quiénes somos nosotros mismos y qué cualidades tenemos para entregar a través de nuestra pretendida “idealidad”.

En el centro del Arquetipo del Eros, encontramos un Grial y un Anillo. No sabemos de qué se trata realmente el amarse hoy, pero sabemos que será una alianza, una nueva alianza con un estilo renovado de compromiso.

Es un trabajo, una aventura ardua y arriesgada propia de exploradores, que se encuentran en estas selvas frondosas, tan lujuriosas como vírgenes, con peligrosas serpientes a cada paso, y por eso no se pueden permitir ni un momento de distracción. Lo que estamos buscando, es realmente algo parecido a la Atlántida:

“En alguna parte, alguna vez, hubo una Flor, una Piedra, un Cristal; una Reina, un Rey, un Palacio; un Amado y una Amada, hace mucho, sobre el Mar, en una Isla, hace cinco mil años… Es el Amor, es la Flor Mística del Alma, es el Centro, es el Sí-Mismo… (16)

Pero en este paraje, ya estamos incluso más allá de la relación de pareja, en aquel lugar del Destino que significa por naturaleza desapego y al mismo tiempo suprema pasión:

“Usted debe llegar al nivel de la comprensión cuyo vehículo es el amor y no la mente. Este amor no es transferencia ni tampoco amistad o simpatía común. Es más primitivo, más prístino y más espiritual de todo lo que yo pueda decirle…Ese estadio superior ya no es usted o yo, significa muchos, incluyendo a usted misma y a todo aquel cuyo corazón usted pueda tocar. No hay distancia sino presencia inmediata. Es un secreto eterno. ¿Cómo podré explicárselo? (17)

Con estas palabras de Jung, que intentan expresar lo que atisba la función de sentimiento cuando más allá de su mirada en los otros, se introvierte y mira a la cara al Sí – Mismo, terminamos nuestra charla.

Quiéranse.

Raúl OrtegaTerapeuta Junguiano

Agradecimientos: Jose Antonio Delgado González, Nora Galliano, Alberto Chislovsky, Fabio Muriel Blanco, Francisco Romero Toro.

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REFERENCIAS

(1) El equilibrio entre el Cielo y la Tierra, Robert Johnson, Paidós,1999

(2) De nuevo Edipo, o la actualidad de una ilusión, Raúl Ortega, 2002

(3) Las relaciones entre el yo y el inconsciente, C.G. Jung, Paidós, 1990

(4) Arquetipos e Inconsciente Colectivo, C.G. Jung, Paidós, 1994

(5) Colección de fichas de personalidad para talleres de tipología, Raúl Ortega

(6) Tipos Psicológicos. C.G. Jung, Edhasa, 1994

(7) Tipos Psicológicos junguianos, Daryl Sharp, 4 Vientos, 2002

(8) Recuerdos, Sueños, Pensamientos, C.G. Jung, Seix Barral, 1992

(9) Jung y el proceso de Individuación, Alberto Chislovsky, Continente, 1994

(10) Carl Gustav Jung, su vida, su obra, su influencia, Gerhard Wehr, Paidós, 1991

(11) El Cristo Ario, Richard Noll, Vergara, 2002

(12) Jung, sa vie et son oeuvre, Barbara Hannah, Dervy Libres, 1989

(13) La leyenda del Grial, Emma Jung – Marie Louise von Franz, Kairós, 1999

(14) Civilización en transición, C. G. Jung, Trotta, 2001

(15) El Camino de los Sueños, Fraser Boa, 4 Vientos, 1997

(16) El Circulo Hermético, Miguel Serrano, Kier, 1994

(17) Jung y la historia de nuestro tiempo, Van der Post, citado en (9), pag. 125

(18) Jose Antonio Delgado, diario de conversaciones privadas, 2002

(19) Teoría del sistema psíquico, Jose Antonio Delgado, 2001

 

Tomado con autorización, de: http://www.odiseadelalma.com/Ensayos/Jungylaserpiente.htm

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