Interpretación psicológica / hermenéutica de las imágenes arquetípicas de la madre en algunos cuentos de hadas

INTERPRETACIÓN PSICOLÓGICA/ HERMENÉUTICA DE LAS IMÁGENES ARQUETÍPICAS DE LA MADRE EN ALGUNOS CUENTOS DE HADAS

Sergio Palacio

Sergio Adrián Palacio Tamayo es Psicólogo de la Universidad San Buenaventura de Medellín, Especialista en Hermenéutica literaria y Magister en estudios Humanísticos de la universidad Eafit. Docente de cátedra Universidad de San Buenaventura y psicólogo clínico privado. E-mail: giosernandria@gmail.com

 

Resumen.

Este artículo presenta una interpretación de las imágenes arquetípicas de la madre en algunos cuentos de hadas. Deriva de la investigación Los cuentos de hadas como expresión de las profundidades del alma realizada durante los años 2010-2011(01) como trabajo de grado para optar por el título de Magister en Estudios Humanísticos de la Universidad Eafit. Esta investigación abordó la interpretación de cuentos de hadas desde la perspectiva teórica de la psicología junguiana. Construyó un marco conceptual para mostrar el devenir de la imagen primordial o arquetipo y la vinculación que tiene este con la esencia de los cuentos de hadas. Finalmente se realizaron diferentes interpretaciones de cuentos de hadas siguiendo la metodología diseñada por Marie Von Franz y en ese sentido se abordaron los siguientes cuentos: Barba azul, Ivan Zarevich, el pájaro de oro y el lobo, Hansel y Gretel, Con el diablo a la espalda, Hans de Hierro, entre otros.

Palabras clave: Psicología analítica, cuento de hadas, imágenes arquetípicas, Femenino, masculino, Arquetipo materno, Arquetipo paterno, método de interpretación hermenéutica/psicológica.

 

En muchos sentidos la madre dentro del cuento de hadas está sumergida en las profundas aguas de la oscuridad. Su condición principal está planteada como devoradora, peligrosa, suspicaz y cargada de recelos. Ella se opone tanto a lo masculino como a lo femenino, desea devorárselo. Mientras Gretel es esclavizada, Hänsel es encerrado para ser engordado. Lo femenino es menoscabado en ese cuento; lo masculino está en peligro de ser devorado. En la madre se encarnan las contrariedades de la vida: te da la vida pero también puede quitártela. No es un juicio moral el que se hace en sicología junguiana cuando se habla de la doble polaridad de la madre, sino más bien una comprensión sobre este aspecto de la psique donde el ser humano es invitado a vivir la contradicción del arquetipo de la madre. Ella es la corriente de vida donde la creación da lugar a la destrucción, donde la destrucción al servicio de la vida da lugar a la creación (Woodman & Dikson, 1999,19). En general los rasgos esenciales del arquetipo de la madre son: lo “materno”, la autoridad mágica de lo femenino, la sabiduría y la altura espiritual que está más allá del entendimiento; lo bondadoso, protector, sustentador, dispensador de crecimiento, fertilidad y alimento; los sitios de la trasformación mágica, del renacimiento; el impulso o instinto benéficos; lo secreto, lo oculto, lo sombrío, el abismo, el mundo de los muertos, lo que devora, seduce y envenena, lo que provoca miedo y no permite evasión (Jung,1994,75). Esta serie de categorías de la madre son solo aspectos que a la larga se complementan como opuestos. Este devenir de la madre no sólo convoca a comprender su doble polaridad no como una amenaza –aunque su apariencia en si sea arrobadora o monstruosa- sino como vía hacia la transformación y el proceso de individuación. El héroe, sale al bosque del inconsciente en busca de esta madre terrible porque la conciencia del yo se ha estrechado, los estamentos del pasado están derrumbándose, las creencias e ideas se han fosilizado y estorban más que ayudar. Se encuentra a la madre terrible, es inevitable ser devorado, confrontado, puesto a prueba, muerto. Para transformarse es necesario que algo muera. Es el sacrificio acorde para lograr el cambio. En el encuentro con la madre terrible llevamos ante ella lo estancado de nuestras vidas, la repulsa interior a seguir su ciclo vida/muerte, las negaciones que hemos dispuesto ante los cambios, basándonos en sólidos espejismos que se diluyen en lo profundo del bosque donde ella vive. Llevamos semejantes cargas pero de allí, de su vientre peligroso, ligado a la muerte y la destrucción es que emergemos diferentes. En la trasformación psíquica existe un intercambio equivalente (1)donde en cada modificación de nuestro ser debemos otorgar, ceder, dejar ir, soltar, lo que nos aprisiona y creemos valioso, para recibir la integración psíquica que posee el mismo o mayor valor de la atadura anterior. Continuaremos regresando hacia ella una y otra vez, porque en ella morimos y nos renovamos, en un continuo intercambio equivalente.

La madre sería entonces, en su doble figuración, un arquetipo que trasforma la psique de manera abrupta, pero el temor a su poder es mayor que la valentía del héroe. En todo momento, la ambigüedad de su fuerza promueve una imagen donde prestamos atención a la dicotomía de la idealización/odio, donde la madre es benigna, santa, inmaculada, intocable pero a la vez es peligrosa, invasora, sobreprotectora, etc. Su imagen puede aparecer como (Campbell, 1997,105):

1) la madre ausente, inalcanzable, en contra de quien se dirigen las fantasías agresivas y de quien se teme una igual respuesta agresiva; es la madre para depositar la agresividad con el agravante de que ella misma puede volcarse con igual fuerza hacia ti. Como odias te odia, como atacas te ataca: es un espejo donde se reflejan los estados de agresión producidos a partir de la frustración de perder su cuerpo, su cuidado, su seguridad, su alma y por ende, la agresión se vuelca sobre ella para compensar los impulsos agresivos más ella misma no los sabe controlar, porque de ella han emergido también, y el hijo(a) siente que su madre es la peligrosa, que podría matarlo.

2) la madre que obstaculiza, que prohíbe, que castiga; ambivalente, ataca para fragmentar y luego de fragmentar intenta unir las fracciones: divide inevitablemente. No desea, ni permite, la independencia del niño; lo desea para ella, lo confina a sus dominios; es celosa, siente miedo de sí misma y lo proyecta en el afuera, con ella crea a un niño inseguro, del cual se hará cargo toda la vida.

3) la madre que se apodera del niño que crece y trata de huir; huye para ser libre, se le opone, se le enfrenta, deambula las calles, se vuelve un errante, evitando la vida misma, la madre que se le aparece en cada mujer y no le interesa sentar cabeza, porque de hacerlo se entregaría a lo sólido de ella, el nido, la patria, la tierra y con ello, entraría en pánico de ser de nuevo consumido por su negligencia psíquica para vivir individualmente, ella desea simbiosis, mantener un cordón umbilical.

4) la madre deseada pero prohibida (complejo de Edipo) cuya presencia es una incitación a los deseos peligrosos (complejo de castración); la mujer primaria del deseo, la caricia erógena sobre la piel, su olor ligado a los recuerdos del cuerpo, la contemplación de su cuerpo en la profunda marca de la prohibición, los celos por un padre que la posee y nos la quita, le culpamos de nuestro dolor celotípico, de nuestra escisión definitiva, donde logramos alejarnos de su influjo. A veces, cuando el padre falta, dormimos con ella en su cama, en el espacio del padre, y administramos su odio al masculino, lo restregamos por nuestro cuerpo, le apoyamos para matar al padre ausente: nos autolegamos un dolor ajeno. Es probable que estas imágenes persistan en la tierra, escondidas del recuerdo de la infancia del adulto y a veces se convierten en la fuerza más poderosa (Campbell, 1997,106). Fuerza que trasforma o devora según el caso. Fuerza que se manifiesta en el cuento de hadas de manera integrada donde se da un giro a su fuerza maligna y se le integra a la vida psíquica y humana. Fuerza primigenia, arquetipo de la madre, que posee una cantidad de imágenes y aspectos que representan su amplia influencia en la vida humana. Citando solo algunas formas típicas tenemos: la madre y la abuela personales; la madrastra y la suegra; cualquier mujer con la cual se esté en relación, incluyendo también al aya o niñera; el remoto antepasado femenino y la mujer blanca; en sentido figurado, más elevado, la diosa, especialmente la madre de Dios, la Virgen (como madre rejuvenecida, por ejemplo: Demeter y Ceres), Sophia (como madre-amante, a veces también del tipo Cibeles-Atis o como hija-[madre rejuvenecida]-amante); la meta del anhelo de salvación[paraíso, reino de Dios, Jerusalén celestial]; en sentido más amplio la iglesia, la universidad, la ciudad, el país, el cielo, la tierra, el bosque, el mar y el estanque; la materia, el inframundo y la luna; en sentido más estricto, como sitio de nacimiento o de engendramiento: el campo, el jardín, el peñasco, la cueva, el árbol, el manantial, la fuente profunda, la pila bautismal, la flor como vasija (rosa y loto); como círculo mágico (mándala como padma) o como tipo de la cornucopia; y en el sentido más estricto de la matriz, toda forma hueca (por ejemplo, la tuerca); los yoni; el horno, la olla; como animal, la vaca, la liebre y todo animal útil en general (Jung,1994,75).

En el cuento de hadas la madre prolonga sus imágenes arquetípicas hacia el héroe para hacerle crecer. Entremos a ese simbolismo ambivalente, siguiendo un cuento de hadas, para afianzar una interpretación amplia de este aspecto de la psique. Comencemos entonces por el cuento japonés, de tradición oral, y con correspondencia en occidente con el cuento La doncella manca, llamado La doncella sin manos. Lo particular de este cuento, es que a diferencia de la versión de los hermanos Grimm, donde el padre amputa las manos de su hija, aquí es la madre la que ejecuta dicha agresión.

La historia comienza con la muerte de lo femenino, la madre, por efecto de una enfermedad, dejando sola a la joven protagonista. El padre, dueño de una posada, decide casarse con una mujer que odia de entrada a la huérfana y busca deshacerse de ella. Un día, la madrastra lleva a la joven a lo profundo del bosque, la ata a un árbol y le corta las manos para luego dejarla abandonada a los elementos. Un joven cazador, coincide con ella en ese punto alejado del bosque (inconsciente), y se apiada de su condición en minusvalía por lo que le brinda protección de inmediato: la conduce a una casa humilde, donde queman madera para hacer carbón, sitio aislado y remoto, donde la gente no es frecuente, y le da un techo para dormir. También le brinda alimentación que proviene de la madre atenta y cuidadora del cazador: él le solicita el doble de comida sin confesarle para quién son los platillos extras. La madre comienza a notar que el joven está cada día más alegre y le interroga por la factible presencia de una mujer en su vida. Él le confiesa esto, y la progenitora admite que su posible esposa, resida en su propia casa. Luego los dos enamorados contraen matrimonio, y trascurrido un tiempo, la joven queda en embarazo. Tras meditar la situación económica de su familia creciente, el joven decide marcharse lejos – durante tres años- con el objeto de ganar más dinero. A los pocos meses de su partida, sin saberlo aún, nace su primogénito. Su esposa le envía un mensaje para darle la buena nueva pero el mensajero encargado de la comitiva, se detiene en la posada del padre, y sin darse cuenta le confiesa a la madrastra, que la joven sin manos sigue viva. Esta madre terrible, se encarga de poner suficiente sake en la copa del heraldo y este cae borracho, dando la posibilidad de que la madre terrible altere la carta: en vez de precioso niño, escribe que ha nacido un diablo. Al día siguiente el mensajero cumple su entrega pero la tergiversación ya está presente en lo escrito. En ese sentido, es particular del padre, la aceptación inmediata de lo comunicado; no se asusta y sin reparos, admite cuidar a su hijo a pesar de su condición demoniaca: contesta la carta con esta prerrogativa. El emisario, en un estado inconsciente total, sin la facultad de Hermes, recae en su compulsión etílica, por lo que visita de nuevo la posada.

La madrastra, llena de nuevo su copa hasta hacerlo caer borracho. Con ello, se abre paso hacia la carta para transgredirla: rechaza el mensaje del padre aceptando al hijo y reescribe el texto, dando órdenes inmediatas para que la mujer sin manos y su hijo, salgan de su casa. Al recibir semejante respuesta, la esposa, junto con la suegra, se ponen tristes, al ver la trasfiguración del marido. Cumplen la orden: la mujer sin manos se va con el niño montado en sus espaldas. Durante varios años, tres en total, deambulan pidiendo limosna por distintos poblados, hasta que un buen día, ella decide regresar a la casa del carbón. Recordemos que esta casa estaba en una parte remota del bosque y para llegar a esta, es necesario remontar una inclinación leve, que está al lado de una cascada. La mujer sin manos lleva a su hijo a la espalda, mientras haciende por el remanso. Se siente cansada y con sed por lo que intenta beber del afluente que cae desde lo alto; se agacha sin precisar que su hijo está a sus espaldas y este se le desliza hacia adelante. En ese momento, cuando es cercana la caída, ella Grita: ay, mi niño, y de inmediato, por el peligro apremiante, o quizás por el milagro que ofrece el movimiento de lo inconsciente (espalda/niño/negación) hacia lo consciente, a ella le brotan nuevas manos: lo atrapa y le salva de la muerte. Finalmente se instalan en la casita del carbón.

Este ascenso hacia la casa y el nacimiento de las nuevas manos, coincide con el retorno, luego de tres años de trabajo (proceso interior de individuación), del marido. Apenas incursiona en su casa su madre le increpa por la decisión que tomó varios años atrás, donde expulsaba a su mujer de su casa. Aturdido por la noticia, el joven aclara a su madre lo acontecido y con ello, se da cuenta del terrible engaño que ha causado la madrastra. Él, sale de inmediato a buscar a su mujer e hijo. Estando cansado de trasegar por varios sitios, decide ir a la casa del carbón para descansar. La sorpresa que se lleva, al abrir la portezuela, es grandilocuente: su mujer está allí con su hijo. Marido y mujer lloraron de alegría y volvieron todos juntos a la casa donde esperaba la madre.

En este cuento, como lo hemos notado en los anteriores cuentos, aparece la figura del duelo sin resolver y la elección desesperada de una mujer que supla la ausencia de lo femenino. Esta mujer terrible no duda en hacer daño a la hijastra. La lleva a lo profundo del bosque, que es para Cirlot (2002,112) el […] lugar donde florece abundante la vida vegetal, no dominada ni cultivada, y que oculta la luz del sol, resulta potencia contrapuesta a la del éste y símbolo de la tierra […] Dada la asimilación del principio femenino y el inconsciente, obvio es que el bosque tenga un sentido correlativo. Por ello, puede afirmar Jung que los terrores del bosque, tan frecuentes en los cuentos infantiles, simbolizan el aspecto peligroso del inconsciente, es decir, su naturaleza devoradora y ocultante (de la razón).

La madre conduce a la joven hacia la madre arquetípica, la devoradora; y le corta las manos: la conexión con el otro, la vida y el mundo. Las manos, para el contacto afectivo, la expresividad y la utilidad laboral, son trozadas para que la joven muera tragada por el bosque. La mano en el idioma egipcio dice Cirlot (2002, 303) designa una relación con los pilares y las palmas, ya que poseen la fuerza y el soporte. Además no podemos olvidar que utilizamos la palabra mano connotada para ayudar y pedir favor, “dame una mano”, para otorgar un saludo o cerrar un trato, para manejar el dinero, los objetos, la relación con el mundo. Las manos nos proveen una capacidad artística, comunicativa y estética. Son el principio de la acción ligada a la palabra. Los políticos, sacerdotes, docentes, abogados, etc., hacen uso de sus manos para promover su discurso, los actores teatrales o cinematográficos, hacen lo mismo. Las manos son la vía del lenguaje más utilizada luego de la palabra; con ellas los sordos se comunican, los músicos logran seguir el ritmo de la sinfonía. La mano del director en lo alto, elevada, es el símbolo de la voz y del canto, situación que se repite en los símbolos gráficos de China y Egipto (Cirlot, 2002, 303). La mano tiene cinco dedos, analogía de la totalidad del cuerpo: cuatro extremidades y una cabeza. Cuatro dedos, y uno antepuesto que permite la pinza, el pulgar. La mano nos hizo humanos capaces de la herramienta, la construcción, las armas… las manos abundan en las cuevas paleolíticas: Lascaux posee miles de ellas, son la primera autoafirmación del cuerpo como manifestación primaria de las imágenes psíquicas. En opinión de Jung la mano posee significación generadora, la derecha es equivalente a la racional, consciente, lógico y viril (lo masculino), y la izquierda lo irracional, lo inconsciente, lo ilógico, lo sensible (lo femenino).

Por tanto, la madrastra, no guillotina un simple par de manos; cercena la integración de los opuestos que están en la hija. No soporta su integración, su parecido con la madre y el amor del padre por su esposa muerta. La hija encarna el aspecto renovado de la madre, es su sucesora, su devenir en el presente y la madrastra está arrojada al tiempo, sabe que es mayor pero no lo acepta; no quiere compartir el hogar, lo materno con su nueva hija, por lo que desea eliminarla. El masculino/padre está erradicado de la escena, no aparece para defender, ni cuidar. Necesita ser renovado y esto ocurre cuando emerge el cazador piadoso, que posee la integración de los opuestos en su ser, pese a que no ha tenido padre o al menos no está presente en el cuento. Trabaja, ha salido de casa, aunque vive aún con su madre, posee una autonomía para moverse por el bosque. Lo recóndito de la madre devoradora, el bosque, es para él, un laberinto fácil de resolver. Es un cazador, vive en armonía con el medio, descifra sus signos, sus huellas, sus estados de tiempo, y es sensible a los territorios del inconsciente. Su corazón es sincero, se apiada de la mujer sin manos, no le pregunta nada de su pasado, solo la cuida, le da un techo. El amor de su madre provee maternaje para ambos jóvenes: la comida se duplica, la madre la prepara sin preguntar nada. La alegría del joven, entusiasmado por el hallazgo de su ánima herida, se desborda en todas sus acciones, se torna más creativo. No duda en casarse con ella, pese a sus limitaciones físicas y la madre no se opone a su deseo, incluso le agradece por el gesto compasivo ante la joven sin manos. Forman un matrimonio, el hijo/esposo, en su fluidez masculina, debe salir al mundo, expandirse del reino de la madre para encontrar un trabajo bien remunerado que le permita sostener a su nueva familia, que se ha incrementado con el embarazo de su esposa.

El masculino sale de casa, y llega el nuevo ataque de la madrastra. Ataca desde la palabra, enconada por sus propias mutilaciones psíquicas; osa afirmar que el bebé de la pareja es un demonio. El niño demonio, la renovación de ambos padres, es por tanto la proyección de la madrastra que ha volcado su odio en la palabra. El masculino acostumbrado a lo sorprendente, admitiendo los devenires de la vida, acepta sin promulgar queja, la presencia de su hijo como demonio; acoge en vez de rechazar. No se asusta con la sombra, con lo anormal, lo sabe parte de su ser. Envía la carta de respuesta, la cual llega a la madrastra de nuevo. No ha logrado vencer al masculino, entonces decide atacar al femenino. Le pide irse, lo exilia. Este obedece, se entrega al vagabundeo, se adentra en la oscuridad, debe pedir a otros para vivir, se entrega a los dominios de la madre terrible: la dependencia, el vagabundeo, sin destino, el abandono primario, la autocompasión, etc. Decide volver, tras varios años de caminos sin meta, a la casa del carbón donde termina refugiándose con su hijo. Esa casa, desde el principio, cuando el joven la llevó, tras encontrarla en el bosque, es un símbolo de trasformación. Es la casa de los carbones, de la trasformación de la madera por intermediación del fuego. En el carbón la energía se ha estancado, erradicado en apariencia y su naturaleza se ha tornado sombría, pero no se ha extinguido: basta con encender un carbón para notar que sus aspecto sombrío se trasmuta en un fuego que permite cocinar, por tanto este vegetal trasformado simboliza la fuerza condensada del fuego. El carbón no hace llama sino que permanece encendido por horas y con él se pueden trasformar los estados de psique de la mujer sin manos.

Ella llega a la casa del carbón, en un renovado círculo que incorpora los aspectos de su pasado/presente, madre buena/madre terrible. Para crear el cierre del círculo ha dado un largo periplo, tres años de vagancia, donde su femenino se ha integrado. La integración es manifiesta en la escena donde nacen las nuevas manos: surgen del milagro, como si siempre hubieran estado allí como crisálidas, esperando la oportunidad de ser madres, de tocar de nuevo el mundo de la madre. Puede atrapar al hijo porque ahora acepta la maternidad negativa, que se le ha legado por parte de su madre, y con ello, integra el arquetipo de lo materno en sus dos facetas: madre buena/madre terrible. Consigue ahora la potestad para cuidarse y ser madre de su hijo. Se reencuentra con la vida, con su energía vital, vivificante. Poseía, antes del ataque de la madrastra, unas manos atrofiadas o temerosas de sus propios logros, tomadas de la madre biológica tal vez, y por tanto compensatorias porque no estaban en la dirección de su propia individuación. Las nuevas manos ya pueden recibir, dar vida, crear, tocar las profundidades del alma. Todas las posibilidades retornan a ella, porque antes quedaron vedadas por la influencia de la madre terrible que quiso erradicar la conexión profunda de sus manos, de su alma. Sus manos renacidas, han surgido del dolor físico y psicológico. Clarisa Pinkola expresa “mientras practicamos el saber profundo e instintivo sobre toda clase de cosas que aprendemos a lo largo de la vida, nos son devueltas nuestras manos, las manos de nuestra madurez como mujeres” (citado por Woodman & Dikson, 1999, 200). La mujer ya madura no permite la caída del niño, de la renovación, del símbolo por excelencia de la unión de la pareja y del estado nuevo de su alma. Sus manos retornan junto con su esposo y la vida se encauza hacia los ciclos cambiantes de la madre (pasa de la madre buena a la terrible, en un ciclo ilimitado, porque ella en si es el propio cambio, por eso se le considera en muchos momentos como la madre muerte/vida), donde la joven se ha convertido en madre de sí misma.

Ahora bien, este aspecto de la madre terrible, conseguimos contemplarlo también en la figura de la anciana, muchas veces tildada de bruja terrible, pero es sin duda una contraparte, de carácter oscuro y negativo, del arquetipo de la madre. Aparece en múltiples cuentos: Vasalisa, La bella durmiente, Madre invierno, Hänsel y Gretel, etc., en los cuentos rusos de tradición oral es constante su presencia, se le llama Baba-Yaga, la cual es una anciana bruja, devoradora y consejera. La anciana es una figura rechazada por la cultura, porque ha encarnado siempre la separación madura de la psique, porque no está identificada con ninguna relación ni confinada por vínculo alguno (Woodman & Dikson, 1999, 177). Posee la sabiduría, la sanación y la capacidad de dar consejos y orientar, pero sus cualidades principales han sido relegadas a la condición de maleficio, embrujo, desorientación, etc. El rechazo oficial de nuestra cultura a la figura de la anciana estaba relacionada con el rechazo a las mujeres, particularmente a las mujeres mayores. Las altas sacerdotisas de cabellos canos, respetadas matriarcas tribales de Europa precristiana, fueron trasformadas por el nuevo patriarcado dominante en secuaces del diablo. A lo largo de la edad Media esta tendencia ganaría impulso, hasta convertirse finalmente en un delirio que asesinó legalmente a millones de mujeres mayores entre los siglos XII y XIX (Walker, 1985, 30, citado por: Woodman & Dikson, 1999,176).

La anciana es la fase profunda de las relaciones, donde tanto hombre como mujer, pueden asumir la individuación como elemento que los hace únicos y con ello, dejar de proyectar sus relaciones en interdependencia y vinculaciones propiciatorias del servilismo, la rabia, la impotencia, y los dolores infantiles. Cuando se acepta la presencia de la anciana interior, la vida se convierte en instantes sin tiempo, en creatividad total, la mujer o el hombre se renuevan con su presencia: ella se pertenece a sí misma, no a sus emociones ni a su exterior, ni mucho menos a sus relaciones, y es eso lo que enseña, la libertad de decir, sentir, y expresar cuando le plazca y del modo que desea su ser integrado. En ese sentido la relación con los demás no será basada en necesidades físicas, sicológicas o espirituales. Ya no habrá contactos donde solo se busca la intención de llenar vacíos del otro, cambiarlo, proponerlo como extensión de uno mismo, mas no como igualdad. En su lugar emerge (sin idealizar) una relación que permite, bajo la sabiduría profunda del alma y el cuerpo, la libertad del otro para ser. Amamos entonces, siguiendo el ritmo de ese sentir y no motivados por la fuerza de voluntad, la imposición, un ideal de triunfo o creyéndonos responsable de los demás. Lo que hacemos por fuerza de voluntad, por noble que sea, acaba convirtiéndose en rabia y soledad, si no se atienden las propias necesidades legitimas. El cuerpo se vuelve sólido, rígido, concretizado en sus esfuerzos por servir mandatos de la mente. (Woodman & Dikson, 1999,189). Cuando ocurre esto, la anciana propiciadora de fluidez, se torna taciturna y terriblemente agresiva, convoca al cambio bajo la premisa de ser devorados para renovarnos.

Ese aspecto positivo de la anciana, representado de manera simbólica como madre buena/consejera/sanadora posee la contraparte terrible y negativa visible en el cuento japonés trabajado –en otros también- bajo el aspecto de la madrastra. Es particular de esta faceta de la madre negativa/anciana terrible la carga de angustia, espanto y temor que despierta en la psique de cualquier ser humano. Dicha polaridad oscura –la otra sería clara o iluminada, pero ambas van juntas- genera de lleno la proyección de imágenes arquetípicas como la bruja, la puta, la vampiresa, los espectros, la Gorgona, el hambre, el abandono, la desprotección, la guerra, la muerte, y toda imagen, en general repugnante, disociada, caótica, amenazadora, se convierte en manera simbólica para expresar esa fuerza maligna de la madre/femenino terrible. En ella se proyecta, la importancia vital del cuidado materno (la delicada responsabilidad de dar y mantener la vida, el equilibrio, la unidad primigenia) pero en ese sentido, tras la pérdida de su ser más protector, cuando llega la hora de romper la simbiosis primigenia, emerge la contraparte amenazante y terrible: surge allí, en la relación con este arquetipo, la polaridad consciente/inconsciente, negativo/positivo que da vía libre y espontánea a la creación de símbolos en la psique personal y colectiva. Lo consciente, como vimos en anteriores cuentos, está ligado con el padre, pero lo materno está íntimamente unido con lo inconsciente por lo que su origen, hablamos del aspecto negativo de la madre/anciana por supuesto, es según Neumann (2009,154) derivado desde allí por medio de la fantasía y la imaginación mas no desde aspectos reales. “El seno de la tierra se convierte así en las mortíferas fauces destructoras del mundo subterráneo, y junto al seno que ha de ser fecundado y la gruta protectora de la tierra y de la montaña se abren la sima y el infierno, el oscuro agujero de las profundidades, el seno voraz de la tumba y de la muerte, de la oscuridad sin luz y de la nada. Pues esta mujer que alumbra la vida y a todos los vivientes de la tierra es la misma mujer que vuelve a devorar y engullir todas las cosas, que da caza a sus presas y las apresa en sus lazos y en sus redes. La necesidad, el hambre, las enfermedades y, sobre todo, la guerra, son sus cómplices, y las diosas cazadoras y guerreras de todos los pueblos la expresión de la humanidad concibe la vida como una mujer sedienta de sangre” (Ibid, 155).

Esa mujer devoradora, encarna la angustia que en ciertas proporciones debe integrarse para que no se desborde en proyecciones que desencadenan absurdas persecuciones – personales y colectivos- y asesinatos sin sentido: ella como madre terrible, como sucede en varios cuentos, nos es plenamente terrible, es su cara oscura, la parte oculta que de ella nos negamos a ver, ya sea porque lo colectivo lo erradicó de la psique y lo destinó a lo profundo del inconsciente, o nosotros mismos, hemos declarado la guerra ante su inevitable presencia que nos desasosiega, y nos llena de una insufrible proyección donde le reclamamos una y otra vez, por su abandono, situación infantil – tema que se amplificó en Hänsel y Gretel– por excelencia, que nos convida a soltar las amarras y permitir enfrentar la madre terrible, que desea beber nuestra sangre, tragar nuestro cuerpo y devorar nuestra psique, pero que en el fondo nos dará la potestad para ser libres en sus dominios terribles, plagados de monstruos, donde la angustia se convierte en la vertiente activa para alcanzar la plena individuación.

 

NOTA DE PIE DE PÁGINA

(1) El hombre no puede obtener nada sin entregar antes algo a cambio. Para crear, algo de igual valor debe perderse […] es la primera ley de la equivalencia de alquimia de intercambio. Frase introductoria del manga Full metal alchemist..

 

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