Abriendo el corazón cerrado – Donald Kalsched

Ph.D. es Analista Junguiano y Psicólogo Clínico. Practica y enseña en Santa Fe, Nuevo México. Formador de Analistas en Sociedad Inter-Regional de Analistas Junguianos. Ofrece muchas conferencias sobre el tema del trauma temprano y su tratamiento. Esta es la ponencia presentada por Donald Kalsched durante el XXI Congreso Internacional de Psicología Analítica, realizado del 25 al 30 de agosto en Viena, Austria, en la Universidad de esta misma ciudad. El video fue tomado de la página Web de la IAAP, y el documento fue tomado del JAP (Journal of Analytical Psychology), Volumen 65: No 1, February 2020, pp 136-152. La traducción fue autorizada por el autor.

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Traducido por Juan Carlos Alonso G.

Introducción

Durante las últimas décadas he estado escribiendo acerca de un grupo de pacientes que ha sufrido trauma en su desarrollo temprano. Estos pacientes han sido lesionados en sus primeros años, a veces incluso desde la primera infancia, hasta el punto de necesitar defensas disociativas para sobrevivir. En trabajos anteriores he descrito tales defensas como un «sistema de autocuidado» (Kalsched, 1996, 2013) y he intentado ilustrar las diversas partes de este sistema y de explorar su interacción dinámica y la manera como funcionan para proteger (a la vez que perseguir) un núcleo vulnerable y vital del self, que a menudo representado como un «niño» interior.

En el presente trabajo quisiera explorar una cuestión ligeramente diferente, a saber, ¿de qué se se defienden estas poderosas defensas disociativas? La literatura reciente en el campo de la neurociencia afectiva apunta a una respuesta a esta pregunta. Sugiere que el problema central en estos pacientes es el tema de sus abrumadores afectos así como la lucha por regularlos, una lucha que sólo las defensas disociativas pueden ganar. Para poder sobrevivir, los pacientes han tenido que cortar las conexiones con sus sentimientos y con sus cuerpos en los que estos se alojan. Sus valientes esfuerzos de autocontrol y autocuración los ha convertido en heroicos sobrevivientes, pero empobrecidos afectivamente. Aunque a menudo tienen mucho éxito en el mundo exterior, estos pacientes se defienden de la experiencia emocional. No logran experimentar muy bien sus sentimientos y a menudo se sienten como extraños en sus propios cuerpos. Winnicott (1949) nos recuerda que la madre suficientemente buena está constantemente poniendo en comunicación la mente y el cuerpo del bebé entre sí, una y otra vez. El resultado es lo que él llama «integración psicosomática» (1964: 113). Para estos pacientes, la integración psicosomática no se ha producido, o sólo se ha producido parcialmente. Podríamos decir que sus corazones fueron rotos antes de tener corazones que romper.

Así que quiero poner al afecto y al cuerpo en el primer plano de mi presentación de hoy. Mi inspiración para hacerlo vino de algunos comentarios hechos por el difunto psicoanalista Paul Russell (1999: 24) quien dijo, muy sucintamente, que «el trauma es una lesión en la capacidad de sentir» y continuó diciendo que esta lesión constituye una tragedia en la vida del sobreviviente del trauma, porque «los sentimientos son la ventana a la vida» (Ibíd., 45). Por lo tanto, cuando se lesiona la capacidad de sentir, se ve afectado el núcleo mismo de la vivacidad y la vitalidad de una persona. Intuitivamente yo sabía que Russell tenía razón en esto, pero entonces la pregunta seguía siendo, “¿cómo se lesiona la capacidad de sentir?” y “¿cómo se puede abordar esto terapéuticamente?”. ¿Cómo puede reabrirse la ventana a la vida?

Russell nos orienta en el camino hacia una respuesta a esta pregunta al señalar que las lesiones en nuestra capacidad de sentir siempre ocurren en el contexto de nuestras relaciones de apego más tempranas. Y una reciente investigación de Allan Schore (2019) y otros en el campo del apego, confirma este hecho. El trauma se origina en nuestras relaciones más tempranas porque es en ese momento cuando el afecto en el cuerpo se conecta con las imágenes o palabras en la mente, a través del ajuste diádico, la empatía y el reflejo emocional entre la madre y el niño. Si el ajuste es óptimo, los afectos positivos de alegría, curiosidad e interés se arraigan y se consolida un centro de vivacidad y vitalidad. De otra parte, si las interacciones diádicas entre madre e hijo están crónicamente desajustadas, entonces toman el control lo que Pierre Janet (1889 en van der Kolk, 1989) llamó «emociones vehementes«, es decir, afectos estresantes intensamente negativos que amenazan la vida. La madre desajustada es incapaz de ayudar a su bebé o niño pequeño a procesar estas emociones vehementes, o de ayudarlo a regular los abrumadores estados corporales que las acompañan. Por lo tanto, el niño traumatizado aprende que debe procesar y contener estas emociones y estados corporales por sus propios medios.

Por supuesto que no puede hacer esto por sí mismo. Es demasiado pequeño, vulnerable y se halla abrumado. Así que las defensas disociativas lo hacen por él. Estas defensas causan entonces una lesión en la capacidad de sentir. Apagan los sanos instintos de apego hacia el exterior y cierran las conexiones entre cuerpo y mente en el interior (un proceso que Bion (1969) llamó «ataques contra el vínculo»). Lo que Jung (1916) llamó la «función trascendente» es excluida y se vuelve inoperante a causa de las defensas disociativas. Lo importante aquí es lo que daña la capacidad de sentir no es el evento traumático externo. Lo que lesiona la psique es su respuesta defensiva a las emociones vehementes causadas por el trauma. Es debido a esta certeza, que tenemos la oportunidad de intervenir. No podemos cambiar la historia, pero podemos cambiar la respuesta de la psique a esa historia. [1] Esto significa enfocarnos en ayudar a suavizar las defensas a la vez que fomentamos un campo relacional en el que el paciente pueda sentirse seguro en nuestra presencia – todo ello con el objetivo de tocar ese núcleo de vivacidad y vitalidad al que se refiere la reciente literatura neuropsicológica como el ‘self implícito’ (ver Schore, 2011).

Una última faceta de las ideas de Paul Russell sobre el trauma es la siguiente: cuando los pacientes con antecedentes de trauma temprano inician psicoterapia y comienzan una nueva relación de apego, el anhelo original de apego, los recuerdos dolorosos de desajuste, las emociones vehementes resultantes y las defensas contra ellas, serán todos desencadenados y repetidos en la transferencia. En estos pacientes siempre hay tanto un poderoso impulso hacia la vida como una «fuerza» igualmente poderosa contra ella: una energía «asesina» que acecha al mundo interior. Freud llamó a esto la «compulsión a la repetición». Es un patrón destructivo para los pacientes que están atrapados en ella, pero también nos da a los terapeutas la oportunidad de participar en la herida original a través de la transferencia, y de trabajar directamente y al mismo tiempo, tanto con los sanos anhelos de apego como con las defensas asesinas que lo impiden. [2]

Por tanto, la declaración de Russell de que «el trauma es una lesión a la capacidad de sentir» me pareció un buen resumen para una nueva exploración del trauma temprano y su tratamiento, centrada en el afecto. También era consistente con el enfoque de algunos de los mejores psicoterapeutas que he conocido y a los que he estudiado durante mis años de formación. Destacan dos en particular: el primero fue el Dr. Manny Hammer en Nueva York, cuyo libro Reaching the Affect (1990) fue importante durante mi formación. Señaló que nuestro mayor desafío es cómo alcanzar y tocar al paciente con palabras, en lugar de hacerlo de manera literal o concreta. Para esto, dijo, necesitamos las palabras vigorizantes de la poesía y de la gran literatura – no el lenguaje seco de la teoría y de la interpretación. Debemos usar lo que sea necesario, dijo, metáfora, poesía, psicodrama, sueños, música, movimiento, caja de arena, para ayudar a restablecer el vínculo entre el afecto en el cuerpo y las imágenes en la mente, el cual fue cortado en la vida temprana del paciente. Citando a Frieda Fromm-Reichman, el Dr. Hammer (1990: p. 19) solía decir «¡el paciente necesita una experiencia, no una explicación!».

El segundo mentor fue el Dr. Elvin Semrad, quien una vez dijo en un seminario, sin disculparse, «¡Señoras y señores, estamos en el negocio de los sentimientos!» «Debemos», afirmó, “atravesar las defensas” (en Rako & Mazer, 2003, 103) y «perseguir lo que el paciente siente pero no puede sentirlo por sí mismo». Debemos «ayudarle a reconocer lo que no puede aceptar por sí mismo, y permanecer con él hasta que pueda hacerlo» (Ibid., 105), «y si no podemos esperar hasta que él lo sienta en su propio cuerpo, estamos en el negocio equivocado» (Ibid., 107).

Semrad y otros nos recuerdan que las poderosas emociones que inevitablemente acompañan al trauma -cuando permanecen sin procesar- se codifican en la musculatura del cuerpo, en la postura y en varios estados psicosomáticos, en donde se mantienen vivas como síntomas físicos concretos y estados de tensión, mientras que su significado simbólico y emocional más profundo permanece «implícito» e invisible -enterrado en lo que llamaríamos el «inconsciente somático». Alcanzar el afecto que yace bajo estas manifestaciones corporales concretas requiere que el terapeuta sea capaz de moverse fluidamente hacia adelante y hacia atrás, entre los polos somático y psicológico de la experiencia, mientras trabaja con el paciente.

Esto implica una terapia centrada en la experiencia y no es algo para lo que la mayoría de nosotros, analistas junguianos, hayamos sido entrenados. Confieso que con la sensación como mi función inferior, todavía lucho por aprender a incluir el cuerpo en mi trabajo. Pero la investigación contemporánea sobre el trauma muestra que el cuerpo es una vía tan “regia” hacia la emoción inconsciente como lo son los sueños. He descubierto que el simple hecho de pedir al paciente que preste atención a un gesto o una postura corporal inconsciente, o de preguntarle dónde experimenta un sentimiento en el cuerpo, o de conducir al paciente a un simple ejercicio de relajación progresiva (body-scan), genera grandes dividendos en el acceso a la emoción inconsciente, y ayuda a sanar la lesión en la capacidad de sentir. [3]

Finalmente, la declaración de Russell, con su enfoque en los sentimientos, me animó a explorar algunas preguntas persistentes que tenía sobre el papel aparentemente mínimo de los sentimientos en la comprensión de Jung sobre cómo funciona la terapia. Al describir los momentos de sanación en su práctica analítica, Jung con frecuencia hizo énfasis en la experiencia de lo numinoso, o el significado revelador proveniente de la comprensión de los paralelos entre lo arquetípico y las imágenes personales de los sueños. Todas estas son intervenciones del cerebro izquierdo conectadas con el significado. Rara vez hablaba de la recuperación de sentimientos o de la capacidad de sentir como agente de cambio en la psicoterapia. Esto siempre me desconcertó debido al papel central que en otras circunstancias Jung daba al afecto. «La base esencial de nuestra personalidad es la afectividad», escribió (Jung, 1907, párrafo 78). Además, la lucha personal de Jung con su propia emoción vehemente fue fundamental para todos sus descubrimientos durante el viaje nocturno por mar, que luego registró en el Libro Rojo. Afirmó que se habría ahogado en sus emociones (Jung, 1963a) si no hubiera encontrado la manera de contenerlas hasta que se transformaran en imágenes y fantasías. Y los arquetipos, tal como los entendía Jung, eran imágenes-afecto. El afecto del cuerpo les daba su carga dinámica y la imagen de la mente les daba su significado. Así que las imágenes-afecto, que unen cuerpo y mente, espíritu y materia en un símbolo dinámico, se convirtieron para él en los elementos constitutivos de nuestros sueños, de nuestros complejos y de la imaginación misma.

Entonces, ¿qué sucedió con el afecto en el desarrollo del pensamiento junguiano? Esa es mi primera pregunta persistente. ¿No hay en nuestra psicología una tendencia a dejarse llevar por la imagen, dejando de lado el afecto? «La imagen es psique» dijo Jung. «Apégate a la imagen», dijo Hillman. ¿Quizás nos inclinamos a olvidar que no sólo la imagen es psique, sino que la imagen-afecto es psique? En mi experiencia, «apegarse a la imagen» es importante porque nos conducirá al efecto, y viceversa.

¿Y dónde quedan los sentimientos en esta ecuación? Esa es mi segunda pregunta persistente. Jung aclara que los afectos arquetípicos no son todavía sentimientos, porque son inconscientes. El sentimiento, por el contrario, es una función de la conciencia, y, como dice John Perry: «en la medida en que el sentimiento se diferencia, tiene la cualidad de elección e intencionalidad en sus juicios de valor.» (Perry, 1970, p. 2) Esta comprensión conduce naturalmente a la elección de Jung del sentimiento como uno de los principales tipos de funciones orientadoras de la conciencia, junto con la sensación, la intuición y el pensamiento. Este es mi punto. Si el sentimiento se limita a una de las cuatro funciones de la conciencia, y se ubica dentro de una tipología, su papel central en la dinámica de la vida psicológica en todas las tipologías puede llegar a descuidarse o pasarse por alto, y con ello, también el papel de las defensas contra el sentimiento. Permítanme darles un ejemplo de mi propio análisis que podría ayudar a aclarar algunas de estas preocupaciones.

Ejemplo personal

Uno de los momentos más importantes y memorables ocurrido durante mi análisis de entrenamiento fue el siguiente: mi segundo analista era un hombre muy tipo sentimiento, por lo cual lo había elegido en primer lugar, y me ayudó mucho. Por esa época de mi vida, a comienzos de mis 30 años, estaba tratando de asimilar y procesar el impacto emocional de mi decisión de dejar un matrimonio de siete años y a mis dos hijos pequeños, de 2 y 4 años, para poder explorar libremente una nueva relación. Esto implicaba deshacer completamente la vida que había creado. Y yo había seguido adelante con todo esto. Los sentimientos subyacentes eran más de lo que yo podía soportar sentir conscientemente y, como resultado, me hallaba deprimido. No estaba soñando. Y mi vida interior era un desierto. En algún lugar dentro de mí sentía un profundo dolor, saturado de culpa y vergüenza por esta decisión y por lo que significaría para mis hijos y mi relación con ellos. Pero no lo sentía, y mi analista me dijo «sabes que es muy importante que puedas cargar con este dolor conscientemente».

Lo dijo con evidente sentimiento en su voz y con preocupación por mi bienestar psicológico. Y creo que hubo sabiduría en sus palabras, que es probablemente la razón por la que las recuerdo casi 50 años después… y por lo que estoy hablando de ello hoy. Pero qué manera tan peculiar de decirlo. Quiero decir que es una forma peculiarmente «junguiana» de decirlo. «Es realmente importante que cargues tu dolor conscientemente.» Supongo que el mensaje era «no dejes que tu dolor se pierda en el inconsciente (¡algo que ya había sucedido!), porque te enfermará psicológicamente” (que ya lo estaba). Supe instintivamente que tenía razón, sólo que no sabía cómo hacerlo. Necesitaba una experiencia en lugar de una explicación.

Así que imaginemos, con el beneficio de la retrospectiva (y 45 años de experiencia clínica) que puedo rehacer ese momento con un analista ideal perfecto… y por supuesto, conmigo como un paciente ideal perfecto. Denme gusto por un momento… esto es un experimento mental. Mi analista podría haber interrumpido mi obsesiva y preocupada charla sobre mí mismo, los incesantes pensamientos de autocastigo que me separaban de mis sentimientos, y haber dicho algo como esto: «Mira, vayamos más despacio por un momento, cierra los ojos y déjate hundir en tu cuerpo, simplemente relájate, sigue tu respiración y presta atención a cualquier sensación, imagen o sentimiento que surja. Sólo observa la sensación que estás experimentando». Si hubiera surgido algo doloroso, podría haberme preguntado en qué parte del cuerpo lo sentía, y me habría pedido que me quedara allí, sin volver a mi cabeza, como solía hacer. Podría haberme dado papel y crayolas para dibujar mis sentimientos. Podría haberme ayudado con una imaginación guiada en vez de enviarme a casa a hacer imaginación activa por mi propia cuenta, con una imaginación que ya se había secado. Podría haberme leído un poema, como el de «Gansos salvajes» de Mary Oliver (2017) (un poema que me sé de memoria y que tengo en mente para momentos como éste con los pacientes). [4]

Este tipo de intervenciones de mi analista ideal podría haber activado la batería muerta de mi imaginación en ese momento, y ayudarme a alcanzar el afecto subyacente sellado bajo mis defensas demasiado activas. Yo necesitaba desesperadamente, ¡de alguna manera!, dejar que mi corazón se rompiera allí mismo en el consultorio con él, y ocuparme completamente de esta tragedia que estaba viviendo, una tragedia que no podía soportar traer plenamente a la conciencia.

Afortunadamente no me quedé en este estado seco y disociado para siempre. Paulatinamente empecé a tener acceso a mis afectos subyacentes. Y la forma en que esto sucedió fue que comencé a soñar, lo cual suele suceder, como todos sabemos. Para aquellos que tenemos la suerte de haber tenido una relación temprana de apego más o menos adecuada, la imaginación suele llegar para ayudar a la helada psique a descongelarse.

Algo que trato de señalar con este ejemplo es que la conciencia se obtiene al hacer consciente una emoción inconsciente, en forma de sentimientos. No es sólo una cuestión mental o del cerebro izquierdo, sino que involucra un procesamiento bilateral de información que requiere tanto del hemisferio derecho como del izquierdo, y eso sucede en la relación. Podemos hablar todo lo que queramos sobre los «contenidos del inconsciente», las «tendencias incompatibles», los «opuestos», la «función trascendente», o el «tercero analítico», pero la conciencia se produce a través de la transformación emocional. Se trata de recuperar sentimientos de la trabazón insensible de las defensas, que prácticamente han «matado» nuestro acceso a ellas. Jung (1954, pp. 96-9) lo expresa de esta manera en una afirmación que siempre he apreciado:

La agitación del conflicto es una virtud luciferina en el verdadero sentido de la palabra. El conflicto engendra fuego, el fuego de los afectos y de las emociones, y como cualquier otro fuego, este tiene dos aspectos, el de la combustión y el de la creación de luz… porque la emoción es la principal fuente de conciencia (la cursiva es mía). No hay cambio de la oscuridad a la luz o de la inercia al movimiento sin emoción. Un complejo sólo puede ser realmente superado si se vive plenamente. En otras palabras, si queremos continuar nuestro desarrollo, tenemos que atraer hacia nosotros y beber hasta la última gota aquello que, debido a nuestros complejos, hemos mantenido a distancia.

En la segunda parte de esta cita, Jung dice, en efecto, que debemos sentir las cosas plenamente y que nuestros complejos lo han impedido. Él ve las defensas que causan el daño a la capacidad de sentir completamente, a través de la lente de los complejos. No estoy seguro de que este sea un modelo adecuado cuando se trata de un trauma temprano severo o de los focos de trauma y disociación con los que yo estaba luchando en el ejemplo anterior. En mi experiencia, las defensas primitivas que he descrito en mis trabajos hacen más que solo «mantener los sentimientos a distancia». Tales defensas dejan el proceso simbólico completamente fuera de servicio, deteniendo el flujo de la imaginación. Separan la cabeza del corazón para que no sea posible el sentimiento consciente. Había una gran tristeza habitando en mi cuerpo, pero estaba congelada allí y no estaba disponible. Y no había ningún «complejo» definido con el cual trabajar: no existía ningún «complejo de divorcio». Estaba el problema general de mi sufrimiento inconsciente – que era muy grande -, de mi emoción subyacente y de mis defensas contra ella. Había una herida en mi capacidad de sentir junto al hecho de no poder sanarla por mi cuenta.

Un ejemplo clínico de cómo restaurar el afecto subyacente

Ahora me gustaría describir una viñeta clínica con una paciente que sufrió (como yo) una lesión en su capacidad de sentir y cómo ésta fue parcialmente restaurada al atender cuidadosamente las conexiones relacionales de la paciente con su cuerpo.

«Beth» (como llamaré a esta paciente) era una médica pediatra de unos 50 años que me consultó porque la ruptura de una relación la había dejado deprimida, retraída e incapaz de trabajar, muerta por dentro. Me dijo que llevaba muchos años de terapia y análisis anteriores, pero que nada había durado, lo que aumentaba su sensación de fracaso.

Estaba muy deprimida cuando la vi por primera vez, oprimida en su cuerpo, congelada en su postura, delgada y desaliñada como una niña abandonada o una huérfana. Como muchos pacientes con defensas de supervivencia, funcionaba pero no vivía. «Quiero que regrese mi espíritu», dijo, con nostalgia. Su vida me recordó la frase del I-Ching, «Dificultad inicial». Nacida en la pobreza, de padres judíos de Europa del Este, ambos sobrevivientes del Holocausto, pasó gran parte de sus primeros años como refugiada e inmigrante, mientras la familia intentaba desesperadamente abandonar su país dominado por los comunistas. A los 9 meses estuvo a punto de morir de viruela y debió ser puesta en cuarentena en el hospital de una gran ciudad, lejos de sus padres, y mantenida en aislamiento durante todo un mes, aunque no había sido destetada todavía. Beth no recordaba este trauma temprano, pero cualquier indicio posterior de abandono podía hacerla entrar en pánico.

Luego, cuando tenía sólo tres años, su familia hizo planes para la huida final. Con soldados merodeando por todos los puntos de control, y estando prohibido que los niños cruzar la frontera, ella fue sedada, atada, amordazada y llevada a la espalda de su padre oculta en un bulto de papas. Luego que el efecto del sedante desapareciera, ella había pateado, gritado y vomitado estando atada durante el resto de la larga travesía por la nieve. Terminó exhausta, traumatizada y al borde de la muerte una vez más. Le dio luego una grave neumonía y con ella, otra amenaza de ser abandonada en un hospital. Con fiebre, Beth gritó hasta que se la llevaron los padres. Finalmente, después de otro año de viajes caóticos como inmigrantes, la familia llegó a la ciudad de Nueva York, donde Beth ingresó a la escuela sin saber una palabra de inglés. Sobre decir que siguieron más traumas y humillaciones.

Tengo severos problemas de abandono», dijo Beth en una de las primeras sesiones. «Me puedo sentir muy pequeña y vulnerable, muy comprimida por dentro… siento el miedo de extender la mano y ser golpeada o herida. Cuando estoy deprimida, me consumo por completo. Entro a un lugar disociado… fantaseo mucho… me consuelo pensando en mi propia muerte… no puedo vivir bien pero sé cómo ‘morir’ bien – eso es lo que me digo a mí misma – para que lo que venga después no sea tan malo.

La semana anterior a nuestra primera sesión, mientras Beth esperaba ansiosa (y emocionada) la hora, tuvo un sueño que nos dio una imagen de su mundo interior y de sus principales personajes. No fue precisamente un sueño que le hiciera desear ir a terapia. Este es el sueño:

Estoy viendo una sesión de terapia en una casa junto al mar. El terapeuta es un hombre joven. El paciente, también varón, está acostado en el sofá. El terapeuta está tratando de ocultar su sexualidad… tiene una erección. Algo siniestro está a punto de suceder. Me pongo en el papel de ‘observadora’ y puedo ver esto como si sucediera en el futuro. El paciente quiere llevar a su hijo al terapeuta. Hay un armario en el consultorio que parece hecho para niños, lleno de juguetes y más juguetes (incluso tiene una etiqueta de ‘Niño’), pero puedo ‘ver’ que dentro hay cuchillos, cuerdas e instrumentos de tortura. El terapeuta es realmente un asesino serial. Si su paciente trae a su hijo aquí, el niño será violado sexualmente y luego asesinado. Quiero ayudar al hombre y a su hijo… advertirles sobre lo que se avecina.

Beth supo instintivamente que este sueño y sus figuras interiores nos mostraban algo de los miedos de su psique acerca de la terapia, y me contó el sueño en nuestra primera sesión. «Ser paciente es difícil» dijo…  «Soy tan autosuficiente… que no puedes ayudarme… ese es mi supuesto operacional. Me maravilla que alguien pueda entrar».

En este sueño hay una tensión entre los deseos de apego, la emoción vehemente y las defensas contra esta emoción, que nos permite «ver» lo que está pasando. Esta tensión es entre el «niño» y el asesino serial el cual representa la defensa contra el sentimiento. Podríamos pensar que este «niño» representa tanto el sano anhelo de apego como el dolor psíquico temprano, no recordado, de la infancia de Beth. Amenazando a este niño está el asesino serial/terapeuta, al que yo llamo la «figura protectora/perseguidora en el sistema de autocuidado». He encontrado que tales imágenes violentas son comunes en la psique disociada. [5] Cuando encontramos tales imágenes de asesinos en sueños he descubierto que casi siempre son defensas contra el afecto subyacente y contra la conciencia de este afecto. Así que el homicida es un asesino de la conciencia. Su «vocación» (si podemos llamarla así) es un opus contra conscientia, un trabajo contra la conciencia. Jung nunca identificó tal figura en su taxonomía de representaciones inconscientes. En cambio, encontró esta energía asesina en la resaca sistémica de la propia oscuridad inconsciente, es decir, en el mundo de «Las Madres» contra el que el yo heroico siempre debe luchar. Esto es cierto para una psicología del conflicto, pero no es adecuado para una psicología disociativa en la que las defensas arquetípicas pueden apoderarse del mundo interior, convirtiéndose en violentas fuerzas contra la vida. Mi propio trabajo es un esfuerzo por llenar este vacío de cómo entendemos el «mundo interior del trauma».

Los primeros varios meses de trabajo conjunto con Beth fueron dedicados a conocernos, a reunir la historia y a explorar los temas vigentes que hacían su vida difícil. Me gustó mucho ella, y me conmovió personalmente su historia, su resistencia y su heroica lucha. Pero no es de extrañar que su tendencia a aislarse y evadirse comenzara a aparecer en la misma relación terapéutica. Otra forma de decirlo es que su asesino serial se introdujo en el espacio entre nosotros y trató de evitar el contacto emocional genuino. A menudo, durante estos períodos, ella llegaba sin sueños y sin tener mucho de qué hablar. Su vida parecía ya bastante difícil como para sacar a relucir más sufrimiento en nuestra hora. Empezó a sentir el viejo y familiar vacío que llenaba los espacios dentro y entre nosotros. Durante estos momentos, me convertí en otro ayudante «objetivo»… no era alguien realmente involucrado en su vida. Yo tenía buenas intenciones, ella lo sabía, pero era su vida. Ella era quien tenía que asumir la responsabilidad… nadie más estaba «allí fuera»… nadie más que ella misma.»

Durante una de nuestras sesiones al cabo de un año de trabajo, mientras me contaba otro trágico fracaso de su coraje en una situación social, noté que Beth apartaba la mirada cuando los pensamientos negativos, mortales para la vida, se ponían en marcha. Pude sentir que empezaba a disociarse… y entonces pregunté «¿qué acaba de pasar?» «¿Notaste que te estabas escabullendo?» «Sí», dijo, y miró hacia abajo. Silencio. «¿Puedes decirme qué estabas sintiendo justo antes de desconectarte?» le pregunté. Ella lo negó, sacudiendo la cabeza. Más silencio. «No creo que pueda hacer esto», dijo, y pude sentir que la brecha entre nosotros se ampliaba. Se estaba cerrando en sí misma. «¿Tienes miedo ahora mismo?» le pregunté. Beth asintió. «Es comprensible», dije. «No hay razón para que no tengas miedo. Estás sentada con un extraño en quien aún no tienes motivos para confiar. Tienes muchos recuerdos que te advierten que no debes arriesgarte a tener sentimientos en este momento. Es importante que te sientas segura aquí antes de que esa «niña» vulnerable que hay en ti pueda unirse a nosotros» (Aquí estaba hablando con el yo de Beth pero también con su protector/perseguidor interior y era «él» quien necesitaba saber que ella estaba a salvo antes de liberar cualquier sentimiento genuino).

En algún momento, al sentir que Beth seguía luchando, acerqué mi silla a ella y le dije «¡Beth por favor, mírame!». Lentamente su mirada se encontró con la mía. «Escucha», le dije, «esto ya no es sólo tu problema… o sólo tu lucha solitaria… porque mis ojos también lo han visto». Estoy en esto contigo ahora, involucrado en lo que suceda. Es ahora nuestra historia, y estamos juntos en ella. Para ayudar a esa niña interior, debemos que hacerlo juntos… así que vuelve a mí». Le extendí la mano y lentamente ella se acercó y la tomó. En ese momento sus ojos estaban llenos de lágrimas y empezó a sollozar, inicialmente en forma apagada y ahogada, pero luego, animada por mí a permanecer con sus sentimientos, lo hizo más plenamente, llorando por primera vez en mi presencia – trayendo a su “niña” a terapia. Durante ese tiempo de llanto, yo simplemente hacía sonidos alentadores para mantenerla conmigo y evitar que su crítico interno la llevara a cerrarse y a interrumpir sus sentimientos.

Cuando habló de nuevo, Beth dijo que de repente se había dado cuenta de la tragedia que se había evidenciado en ese momento -la desconexión con la vida, incluso conmigo allí en el consultorio- sobre lo fácil que era para ella escabullirse y lo mucho que evadía su propio sufrimiento, llevándolo todo adentro, sin compartir nada. Esto la entristeció increíblemente y la hizo consciente de su profundo deseo de conexión y de vitalidad. Salió de la sesión con una renovada sensación de energía y esperanza.

Esa noche tuvo un vívido sueño:

Estoy en el trabajo preparándome para ver a un paciente. Entra una familia numerosa. No tienen dinero y cargan a una bebé que noto que está enferma. Llevo a esta niña al consultorio. Hay distorsión en sus extremidades a un lado de su cuerpo y esa pierna cuelga desarticulada. Tiene llagas de infección que supuran por todo el cuerpo. Al sostenerla, me doy cuenta de que siento repulsión. Puedo ver que la familia es incapaz de cuidarla. «¿De quién es esta niña?», pregunto. Señalan a una joven de 15 años. Ella desvía su mirada. Está avergonzada. Entonces veo a mi propia madre en el rostro de la chica. Digo: «Trataré a la niña sin cobro hasta que se recupere». Mientras tanto les digo claramente que deben atar una cinta roja en el lado derecho de su cuerpo y una verde en el lado izquierdo. Esto ayudará a detener la distorsión lateral, y a curar las llagas. En el sueño parezco muy confiada sobre mi tratamiento. Sé exactamente qué hacer.

Beth y yo estábamos profundamente conmovidos por este sueño que nos pareció que era la respuesta de su psique a nuestra sesión anterior. La niña enferma del sueño estaba «desarticulada» y «unilateral», al igual que la propia Beth se había visto obligada a desarrollar un lado de sí misma descuidando su vida vulnerable de sentimientos femeninos. Y el tratamiento para esta unilateralidad eran las cintas rojas y verdes, ambos colores de la vida. La niña (que acorde con la imagen onírica anterior, ahora ha sido «llevada a terapia») está llena de llagas y pústulas, igual que Beth cuando tenía 9 meses, durante la cuarentena. Así que aparentemente el trabajo que hicimos en la sesión anterior evocó un trauma temprano no recordado, junto con sus afectos de miedo, repulsión y vergüenza que amenazaban la vida. Sin embargo, aunque siente «repulsión» por esta niña, Beth está también dispuesta a cuidarla. Esto representó un enorme cambio de actitud hacia su yo interior de la infancia, alejándose de la vergüenza que veía en el rostro de la joven madre, en donde también encontraba el rostro de su propia madre, lo cual condujo a más recuerdos de cómo su madre, una mujer hermosa, se quejaba de que Beth era fea y era morena como su padre. Beth nunca sintió que su madre realmente la quisiera.

Había muchos sentimientos explícitos en ese sueño, así que animé a que nos quedáramos con sus imágenes y especialmente con los afectos que fueran parte del texto del sueño, por ejemplo el sentimiento de repulsión hacia el bebé. Asociado a este sentimiento, Beth se preguntaba si podría ser la repulsión que su madre sentía hacia ella. Pidió dibujar al bebé y mientras lo hacía, volvió a surgir la repulsión. Luego, me preguntó si podríamos crear un bebé con algo, para poder ella cargarlo durante la sesión. Encontré una vieja toalla en mi armario, la envolví e hice un bebé con ella, se la di, y ella lo sostuvo por un momento. Volvió a sentir la repulsión y lo dejó caer agresivamente al suelo con asco. Lo recogió y lo volvió a tirar. Este gesto espontáneo [6] le produjo lágrimas… y reconocimiento. De repente recordó una parte de la historia de su infancia que había olvidado por completo: era un recuerdo de cuando tenía 8 años. Ese había sido un año terrible, tanto en casa como en la escuela. Recordó cómo había odiado a su madre ese año, en el que había deseado que ella no volviera nunca a casa del hospital, a donde había ido para una cirugía de la vesícula. También recordó vívidamente un ritual obsesivo que había realizado con su muñeca durante ese año: subía corriendo hasta el quinto piso de su edificio y la tiraba desde allí… y luego bajaba corriendo para ver si se había roto. «Cada vez», dijo, «temía haber tenido éxito, pero seguía haciéndolo. No podía parar».

La recuperación de este recuerdo trajo más sentimiento y más vergüenza, rabia y culpa con los que podíamos trabajar, pero también más claridad y más vida.  Recordé con Beth, la perspicacia de Harry Guntrip (1969), que decía que si un niño odia a su madre, simultáneamente termina odiando su necesidad de madre, y de esta manera la madre odiada se insinúa en el mundo interior como un odio a sí mismo. Estuvimos de acuerdo en que esto podría explicar la manera en que el «asesino serial» interno de Beth se había instalado en su interior y por qué «él» se activaba cada vez que ella pedía ayuda.

El gesto de Beth de tirar al bebé al piso encarnaba un impulso de ira que previamente no podía permitirse conocer o sentir… y las lágrimas que siguieron fueron el reconocimiento de ese hecho. Las defensas contra la vulnerabilidad y su auto-repulsión olvidadas, se suavizaron en esta representación corporal psicodramática y Beth emergió más consciente de haber sufrido estos afectos desde las profundidades arquetípicas, ahora traducidos a través de la imaginación, en sentimientos conscientes que podía soportar.

Pensamientos finales

Jung dijo que su propio mito personal era la creación de la conciencia. En este trabajo, he tratado de articular mi propia comprensión de cómo comparto este mito y cómo me encuentro reformándolo de tal manera que incluya la experiencia de transformar en sentimientos una emoción arquetípica muy defendida. He tratado de sugerir que la función trascendente y la imaginación creativa que la expresa, no es algo que podamos dar por hecho en todos los pacientes que acuden a nosotros en busca de ayuda. Estas realidades fundamentales de nuestra vida psicológica a veces pueden ser eliminadas por las defensas disociativas. En otras palabras, en algunos casos de lesiones traumáticas tempranas hay que hacer un trabajo relacional con la emoción alojada en el cuerpo, con el fin de conectar la psique y el soma, y abrir la imaginación.

En estos casos, llevar algo a la consciencia no es sólo una cuestión de comprensión o de ajustar nuestras actitudes mentales. Necesitamos lo que Bruno Bettelheim (1979) llamó «un corazón informado». La gran coniunctio que perseguimos con estos pacientes – y que Jung discutió en referencia a los «opuestos» incorpóreos – no puede ocurrir sin el cuerpo y estando sus afectos sin redimir, desconocidos, olvidados y congelados. Al tratar de sanar nuestra capacidad de sentir, buscamos una conciencia del corazón. Ese es para mí el misterium numinoso en lo que Jung (1963b) llamó el Mysterium Coniunctionis. El corazón es el tercer elemento oculto. Y recuperar un corazón que puede romperse es la manera de ayudarnos a nosotros mismos y a nuestros pacientes a recuperar la capacidad de sentir.

Notas:

[1] Valdría la pena subrayar las implicaciones terapéuticas en este aspecto. El evento traumático externo no es lo que lesiona la capacidad de sentir. Por lo tanto, en terapia, compadecerse de la historia del paciente, a menudo repetitiva, de víctima/perpetrador sobre lo que le sucedió en el mundo exterior no es una eficaz terapia de trauma. (Lamentablemente, he pasado mucho tiempo haciendo esto.) Finalmente me di cuenta de que esta narrativa incesante de la víctima-perpetrador es una de las formas en que el sistema defensivo del paciente me mantuvo distraído del dolor subyacente, de la pena y de la vulnerabilidad del huérfano. Así que con estos pacientes, a menudo (ahora) me encuentro diciendo cosas como «sabes que entiendo lo mal que estás por esos difíciles eventos, pero no puedo encontrarte en ellos. No estás diciendo nada sobre tus propios sentimientos». El paciente podría decir «¡bueno, estoy enfadado!», y yo podría responder «Te escucho. ¿Qué más puedes sentir debajo de esa ira?» “Bueno, me siento herido… ¡fue desconsiderado lo que me hicieron!», y yo podría decir «sí, pero sigamos con el tema del dolor, porque es tuyo y es a ti a quien yo quiero conocer». Los pacientes a menudo no saben qué hacer con tales intervenciones porque sentir las heridas del niño interior que se ha estado escondiendo avergonzado en el mundo interior es muy «contrario» a las demandas del sistema defensivo. Pero una vez que el paciente se siente lo suficientemente seguro como para explorar este dolor, a menudo se ve desgarrado por una tristeza genuina, y esto es un signo seguro de que el sistema defensivo está empezando a relajar su guardia.

[2] A veces ayuda tener una imagen de este «niño» así como de las defensas protectoras/persecutorias que lo aprisionan. En publicaciones anteriores he utilizado para este propósito la ilustración de William Blake de los «Ángeles buenos y malos que luchan por la posesión de un niño». El lector interesado puede encontrar esta imagen en la portada de mi libro más reciente y también en Internet. Muestra a un ángel oscuro a la izquierda, encadenado a una realidad material en llamas y extendiéndose como en trance para alcanzar a un niño aterrorizado que está en los brazos de un «ángel brillante» a la derecha. Podríamos pensar en el niño de esta imagen como una emoción inconsciente (memoria implícita) sentimientos tempranos insoportables atrapados en un «sistema» de defensas arquetípicas.  En consecuencia, los dos ángeles serían personificaciones de las defensas disociativas. A la izquierda está el Diablo o Lucifer en su estado caído. Es el mayor adversario arquetípico en gran parte de la mitología. Es violento, agresivo y atacante. El nombre que le asigna Dante en el más profundo y oscuro nivel congelado del Infierno, es «Dis» de donde obtenemos todas nuestras palabras «dis», incluida la disociación que significa dividirse en dos. A la derecha está el ángel brillante, Lucifer en su condición anterior a la caída. Estos ángeles son simplemente dos lados de los mismos guardianes míticos: Lucifer luminoso y oscuro. Protector y perseguidor. Si el ángel oscuro es violento y ataca los vínculos del mundo interior, el ángel de la luz es el tejedor de las ilusiones reconfortantes que sostienen los estados disociados del yo. Es la gran hechicera, una especialista en «derivación espiritual». Ella tiene (para la personalidad anfitriona) lo que Martha Stark llama «esperanza implacable» de rescate y redención. Es la fuente de nuestras adicciones.

Ambos ángeles están obsesionados con la protección del «niño». Lo protegen aterrorizándolo violentamente ante cualquier nuevo apego, fuera de su «sistema», manteniéndolo desmoralizado y adormecido – o arrullándolo hasta la resignación, consolándolo con sustitutos para lo que realmente necesita. El niño, a su vez, es una especie de dualidad: por un lado, el ser empírico, que lleva en su pequeño cuerpo los recuerdos insoportables de una lesión traumática; por otro lado, el niño vital anterior al trauma, el divino, el inocente, el portador de la totalidad y el potencial de la vida. Generalmente no vemos la inefable presencia de lo numinoso que rodea a este niño hasta que no hayamos trabajado con sus aspectos heridos. Pero suelen aparecer juntos. Así que los ángeles tienen una doble razón para proteger al «niño». No quieren que su imposible emoción se haga consciente y no quieren poner en peligro el vulnerable núcleo, la chispa divina que lleva. Esta chispa está escondida en el dolor… en “stecore» como dicen los alquimistas… en la prima materia de la memoria traumática.

[3] Prestar atención al «campo» alojado en el cuerpo del paciente nos ayuda también a notar cuando las defensas disociativas están operando paso a paso en el procesamiento de la experiencia. Lograr «detectar» el momento en el que el paciente se desconecta, huye de la relación y regresa al Sistema de Autocuidado, nos permite indagar sobre el sentimiento que siguió inmediatamente después de la disociación. Ser conscientes de estas situaciones «desencadenantes» y presenciar la posterior defensa, puede ser una lección constructiva sobre la regulación de los efectos. Un ejemplo de tal momento se evidencia en el caso de ‘Beth’.

[4] Incluso podría haberme entonado una canción. Eso puede parecer que es pedir demasiado, incluso a mi analista ideal, pero es algo que Jung hizo alguna vez con una joven paciente que estaba tan ansiosa que no podía dormir, y tan congelada por el miedo que no podía relajarse en su presencia. Siempre me ha encantado esa historia, contada por Aniela Jaffe (1989; 122), sobre cómo Jung tuvo el coraje de usar sus propios sentimientos imaginados mientras estaba con esta joven tan ansiosa que no tenía acceso a sus propios sentimientos. De repente, Jung escuchó en su mente la voz de su madre entonando una canción de cuna a su hermana pequeña, cuando tenía sólo ocho o nueve años, sobre la historia de una niña en un pequeño bote en el Rin, con pececillos en el agua. Se encontró tarareando esa misma canción de cuna a su joven paciente para ayudarla a relajarse y que se sintiera segura en su presencia. Jaffe nos dice que esto hizo que ella se abriera completamente y desaparecieran sus síntomas de insomnio. Aquí, Jung estaba asumiendo la función trascendente de aquella paciente cuya propia función simbólica no funcionaba, como tampoco funcionaba la mía. Sus defensas se relajaron y sus sentimientos se manifestaron y, como Jung informó, ella estaba «encantada».

[5] Jung encontró una figura semejante, oscura y violenta, en su propio mundo interior. En el momento más crítico de su vida, cuando se había enemistado con Freud, cuando sus propias ideas creativas aún no habían nacido, cuando estaba aterrorizado de «sufrir una psicosis» como le dijo a Mircea Eliade, tuvo el encuentro con un asesino interno de emociones similar. Durante 28 días, se sentó en su estudio escuchando cada noche las voces de burla, diciéndole que era un fraude, que sus ideas no valían nada… que se estaba volviendo loco… no podía sentir nada… no estaba soñando… estaba vacío…. había perdido su alma. Más tarde, recordando ese terrible momento y aconsejando a sus lectores lo que deberían hacer en circunstancias similares, Jung dijo (1963b: para 190-1):

“Eres estéril porque, sin tu conocimiento, algo como un espíritu maligno ha detenido la fuente de tu fantasía, la fuente de tu alma. Si contemplas tu falta de fantasía, inspiración y vitalidad interior, que sientes como puro estancamiento y un desierto estéril, y lo impregnas de un interés nacido de la alarma ante tu muerte interior, entonces algo puede tomar forma en ti, porque tu vacío interior esconde una plenitud igual de grande, si tan sólo lo permites… que tu anhelo de plenitud avive el desierto estéril de tu alma como la lluvia aviva la tierra seca.”

Todos conocemos el final de esa historia y el gesto que Jung describió como un punto de inflexión en su vida… «Me dejé caer» dice… y de repente su imaginación volvió a estar viva. Desafortunadamente, la lectura de la heroica descripción de Jung sobre ese momento, sin el contexto relacional de su vida en esa época, puede hacernos perder el hecho de que su curación no ocurrió en un estado de aislamiento. No fue sólo su solitario y heroico proceso de individuación. No venció a su demonio ni abrió su inconsciente por sí mismo. Tenía a Toni Wolf. Y tenía una relación encarnada con ella. No conocemos los detalles de cómo le ayudó ella (y por supuesto estaba Emma y quizás otros), pero si imaginamos algo sobre la dramática reparación en la capacidad de sentir de Jung, que ocurrió entre 1912 y 1916, empezaría con lo que él llama su «anhelo de realización» y más allá de eso, tendríamos que imaginar mucho dolor profundo y muchas lágrimas. Es posible pensar que tal vez por primera vez en la vida, Jung experimentó una contención relacional en los brazos de alguien que podía (literal y figuradamente) contener su corazón roto.

Es significativo que cuando Jung realmente se derrunbó y gritó en sus diarios «Meine Seele, Meine Seele, wo bist du?» (Jung, 2009: p. 232) – Alma mía, alma mía, ¿en dónde estás? – unas de las primeras figuras internas que lo recibieron fueron un niño y una doncella. En los libros negros que precedieron al Libro Rojo, Jung dice de esta doncella: «Y te encontré de nuevo sólo a través del alma de la mujer». (Ibid., 233n49). Es casi seguro que esta mujer era Toni Wolf. Y este niño era una dualidad, en parte el niño huérfano y herido que llevaba los sentimientos insoportablemente dolorosos que Jung no podía permitirse sentir, y en parte algo inefable, numinoso, un «niño divino». Debido a esta dualidad, Jung reconoció a este niño como su alma que regresaba.

[6] Robin van Loben Sels, en su nuevo libro Shamanic Dimensions of Psychotherapy (Routledge, en prensa), explora las formas en que siete «atributos» chamánicos (incluyendo la postura y el gesto) operan dentro del “campo” inconsciente del complejo chamánico, activado entre los compañeros de la aventura analítica. La consciencia de estos atributos, demuestra ella, puede sensibilizarnos a los aspectos ‘implícitos’ de la memoria inconsciente que opera bajo las palabras.

Referencias

Bettelheim, B., (1979) The Informed Heart, New York, Avon Books

Bion, W. (1959). ‘Attacks on linking’. In (1967) Second Thoughts. New York: Jason Aronson.

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