El Desarrollo más temprano de la multiplicidad en la psique – Wilkinson

MARGARET WILKINSON

Wilkinson Margareth

Margaret Wilkinson es analista junguiana inglesa y escritora. Su interés especial es por la neurobiología. Miembro profesional de la Society of Analytical Psychology, y miembro del consejo de redacción del Journal of Analytical Psychology. Es autora de la obra ‘Changing Minds in Therapy. Emotion, Attachment, Trauma and Neurobiology’ (2010, Norton). Tiene su práctica privada en el norte de Derbyshire, Inglaterra. El siguiente documento es la traducción de la ponencia que presentó la autora durante el XVIII Congreso Internacional de Psicología Analítica realizado en la ciudad de Montreal, Canadá, en agosto de 2010.

Traducido del inglés por Juan Carlos Alonso

Mirando retrospectivamente después de más de 30 años de práctica, me doy cuenta que mi trabajo con una joven, al inicio de mi carrera, fue muy útil para mi propia comprensión de la perspectiva junguiana de la disociación y la multiplicidad, tal como se manifiesta dentro de las psiques de mis pacientes adultos en análisis, que han sufrido trauma temprano relacional. Me gustaría revisar algo de mi trabajo con esta paciente, a la luz de las ideas provenientes de la neurobiología.

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La investigación ha demostrado que el hemisferio derecho del bebé está activo desde el nacimiento, fácilmente disponible para la conexión afectiva entre madre e hijo, la cual gradualmente construye el cerebro-mente del bebé. Los estados emocionales de la madre determinan directamente los primeros estados emocionales de su hijo, construyendo gradualmente los patrones en la mente en desarrollo del bebé que este nuevo ser humano utilizará para determinar la experiencia relacional futura. Una madre alterada transmitirá su tristeza, ira, frustración, ansiedad, miedo o terror directamente a su bebé. Niños que han quedado completamente confundidos y conmocionados por lo que la madre les ha ofrecido, no pueden discernir si evitarla o acercarse a la madre, sentirle temor o aferrarse a ella; su mundo emocional está lleno de confusión, no hay un camino claro que ellos puedan tomar con confianza para un mundo de relaciones exitosas. Schore señala que, dado que el self de Jung está fundamentalmente compuesto por experiencias afectivas, opina que “actúa como un centro regulador que provoca la maduración de la personalidad” (Schore 2006, p. ix). Jung explicó que en circunstancias adversas, la respuesta disociativa da lugar a una separación de ‘psiques escindidas autónomas’ o complejos traumáticos (Jung 1934, párr. 203). Cuando los primeros cimientos de la personalidad tienen fallas, es probable entonces que los retos que trae la vida abrumen al self naciente, en la forma en que Jung lo describió.

Caso clínico: Rona

Al pensar en niños que pueden ser experimentados por su madre desde el comienzo como una catástrofe, me acordé de Rona, a quien he descrito en forma más detallada en otros lugares (Wilkinson en edición, pp. 81-93). Rona me fue remitida por el servicio de orientación de un plantel escolar cuando ella tenía once años. La vi en forma regular varias veces a la semana durante sus tres primeros años de escuela secundaria y luego una vez a la semana durante los dos últimos años. Incluso antes de su nacimiento, la madre de Rona la experimentaba como algo desconocido, indeseado y temido. Rona fue la primera y muy tardía hija; su madre no se dio cuenta que había quedado embarazada, creyendo que ya había pasado esa etapa de la vida. Relatando la llegada de su hija, era claro que la idea había sido tan ajena a ella y tan completamente indeseada que parecía como si no hubiera sabido lo que le estaba sucediendo hasta que rompió fuente, y luego había esperado varios días antes de alistarse para la ayuda médica. Esta negligencia debió haber amenazado la existencia misma de su hija por nacer. Contó su experiencia de dar a luz como catastrófica; pasó a describir sus primeros días juntas en el hospital como muy difíciles. Sintió que las dificultades emocionales de Rona para relacionarse habían sido causadas por la leche de tarro que le habían dado en el hospital. Entendí que simbólicamente era una descripción de las dificultades que ambas experimentaron en esa fase inicial de llegar a conocerse una a la otra.

Fonagy y sus colaboradores señalan que “las expresiones de afecto parentales que no dependen del afecto del niño, socavarán el adecuado etiquetaje de los estados internos, y pueden, a su vez, continuar siendo confusos, experimentados como no simbolizados, y difíciles de regular” (Fonagy et al. 2004, p. 9). Por el contrario, en la interacción saludable, como comenta Carvalho, ‘la mente de la madre es la mente del bebé: su corteza órbito-frontal representa la del niño” (Carvalho 2002, p 159.).

La difícil experiencia temprana de Rona se complicó aún más por un estrabismo severo que debió haber hecho difícil “ver las cosas como realmente eran”. Una cirugía dolorosa para corregirlo a los tres años de edad, una hospitalización que parece haber recapitulado de manera angustiosa su pobre experiencia temprana, reforzaron los patrones de trauma temprano alojados en su mente en desarrollo y condujeron a una expectativa de que toda nueva experiencia sería persecutoria. Rona se convirtió en una niña solitaria; en el momento en que nos conocimos, ella había desarrollado un mundo de ficción poblado por personajes constantemente cambiantes, en interacción con quienes ocuparon la mayor parte de sus momentos de vigilia. En el mundo real de la escuela, Rona era constantemente matoneada por niños y niñas, a pesar del considerable aporte de un calificado equipo de personal con políticas muy claras sobre el bullying y sobre estrategias para enfrentarlo. La intimidación y los estados cambiantes de su cuerpo mientras entraba en la adolescencia le causaron aguda angustia.

El mundo interior del Rona estaba lleno de lo que superficialmente parecían escenarios rápidamente cambiantes – los cuales entiendo como manifestaciones de aspectos alienados, disociados de su self. Es difícil en un corto espacio transmitir la calidad fragmentada, disociada, desorientada y desorientadora de la experiencia del mundo interior que Rona vino a compartir conmigo. Rona casi siempre empezaba a hablarme con la frase ‘hagamos de cuenta que’ y entonces había una invitación implícita a aventurarnos juntas en un mundo que era mucho más real para ella del que conocía en el mundo real. Al comienzo de nuestro trabajo, sentí que Rona era prácticamente inaccesible. Se sentía como si estuviera detrás de una pared de vidrio sólido y que cualquier intento de interpretar podría hacerla pedazos y destruirla a ella. En los primeros meses de nuestro trabajo, sentí que el ‘hagamos de cuenta que’ era un mundo en el que Rona se movía libremente, pero en donde yo quedaba fuera y completamente perdida. Sentí como si estuviera en un laberinto, totalmente incapaz de encontrar mi salida. A través de mi experiencia contratransferencial, sentí algo de su dolor y lo mucho que era prisionera de su mundo interior y la crueldad que encontraba allí. A su vez, a través de la confiabilidad y la continuidad de una relación afectiva, gradualmente empezó a sentirse segura y comprendida. Lyons-Ruth (1998, p 285) comenta: “los conocimientos implícitos que rigen las interacciones íntimas no se basan en el lenguaje ni se traducen habitualmente en forma semántica”.

Decety y Chaminade sugieren que estos procesos inconscientes “podrían describirse casi como imaginación inconsciente, esto es una generación de experiencia neuronal en un nivel inconsciente de actividades y procesos similares en uno mismo” (Decety y Chaminade 2003, p 582;. cursivas mías).

Sugiero que estas ideas deben afectar inevitablemente nuestra comprensión del proceso terapéutico que en el pasado tal vez ha puesto énfasis indebido únicamente en las comunicaciones verbales que se refieren al material del paciente.

Al principio de la terapia, Rona mostró cierta consciencia de la naturaleza defensiva de su mundo de ficción: explicó que su mundo especial había surgido primero cuando estaba escondida detrás del sofá viendo un fragmento del ‘Dr Who’. Sentía como si hubiera oído al Dr Who diciéndole, “si estás asustada, ven a mi mundo y yo te cuidaré”. Rona luchó con su sentido de realidad absoluta de su mundo especial, y su conocimiento de que en realidad era alucinatorio: sólo existía en el ‘hagamos de cuenta que’. Puede ser que esta capacidad de distinguir entre los dos le haya ayudado a mantener a raya la psicosis. El Dr Who era para ella una figura poderosa que la protegía en su fragmentado mundo interior.

Ahora que reflexiono sobre mi experiencia con Rona, tengo el beneficio de los conocimientos proporcionados por el trabajo de Kalsched (1996), en relación con el trauma y con la forma en la que la experiencia insoportable estimula imágenes arquetípicas y a menudo contiene una poderosa figura protectora / perseguidora dentro de la estructura de la personalidad, que busca activamente salvar al verdadero self de la aniquilación.

Cuando vi a Rona, gran parte del trabajo del mundo del trauma y de la neurobiología que actualmente aporta a nuestra comprensión de los estados disociados, estaba aún por escribirse. En el momento en que tuve conocimiento de la noción de Jung sobre las figuras en la psique, de hecho, en su propia psique, aprendí a entender las fantasías de Rona en buena parte como sueños, y cada figura interior como aspectos de un yo fragmentado. Sigo trabajando desde esas ideas, pero también entiendo estas figuras como imágenes que emergen desde lo implícito, desde el recuerdo más temprano de la experiencia relacional, alojada en el hemisferio derecho, no disponible a la mente consciente, o a la memoria explícita del hipocampo, sino que emerge en forma de imágenes que podrían ser sentidas, pensadas y habladas.

Cuando regresé del primer receso de dos semanas de vacaciones, me encontré con que el mundo de ficción de Rona estaba habitado por una madre cruel y por una pequeña Rona cuyas piernas estaban fracturadas. La interpretación en términos de su angustia de perderme durante el receso, me trajo algo de alivio. A un nivel inconsciente, Rona a menudo luchaba con las fantasías inconscientes de su madre, de no querer que hubiera bebé, y sus fantasías imaginaban el daño hecho a la madre y al propio bebé. Los patrones de expectativa persecutoria que dominaban su inconsciente eran parte de la razón por la cual ella se convertía fácilmente en el blanco de los matones en la escuela, que reaccionaban, a un nivel inconsciente, ante su vulnerabilidad interna.

A medida que se desarrollaba la terapia, el mundo interno del Rona se volvió menos persecutorio, algunas de las figuras crueles aparecían con menos frecuencia y en su lugar, surgía nuevo material más benéfico. Esos desarrollos fueron posibles gracias a la benigna calidad afectiva del apego terapéutico, que permitió el encuentro con experiencias previamente no asimilables.

La calidad diferente del apego, lo que yo llamo la ‘seguridad aprendida’, permitió el inicio de la transformación de emociones previamente encapsuladas en el cerebro emocional y en el cuerpo, en los sentimientos que eran sus representaciones mentales. El material de lo implícito puede ser difícil de trabajar, pero el analista cuyo trabajo está basado en las ideas de la neurobiología de la emoción y, en particular, el papel del hemisferio derecho en procesarlo, prestará especial atención a los estados disociativos de la mente, al uso que haga el paciente de la metáfora que a través de imágenes visuales vívidas traerá verdad emocional desde el mundo de lo implícito. Con menos ruido de fondo del pasado y una experiencia de buen apego en el presente, el paciente se vuelve gradualmente más capaz de autorregular el afecto y moverse con más confianza en las relaciones. Como señala Bromberg, “en última instancia, es sobre temas alrededor del apego y de la regulación del afecto, de lo que depende la capacidad de una persona para experimentar un sentido del self que es al mismo tiempo fluido y sólido” (Bromberg 2006, p. 32).

Cuando Rona tenía dieciséis años parecía importante que se le diera la oportunidad de separarse un poco más de sus padres y se hicieron planes para que fuera a vivir con su prima en otro pueblo los últimos años de escuela, y empezamos a trabajar para finalizar. Cuando nuestra terapia estaba terminando, surgió un personaje importante y duradero llamado Kemi, una chica muy tímida pero muy agradable. Entendimos a ‘Kemi’ como ‘mi llave’ (fonéticamente en inglés, es un juego de palabras para ‘Key to me’), es decir, entendimos a este personaje tímido pero agradable como una representación de cuánto había cambiado el mundo interno de Rona en los cinco años que trabajamos juntas.

Creo que el cambio en Rona se produjo no principalmente a través de haber permitido yo el desarrollo de la comprensión cognitiva de la diferencia entre realidad y ficción, sino más bien a través de la calidad afectiva de la relación que se estableció entre nosotras y la oportunidad brindada por el tiempo que trabajamos para la emergencia de lo implícito, y la ocasión para reflexionar sobre ello. Schore subraya que las comunicaciones de apego son implícitas, afectivas y no verbales, y que la regulación inconsciente del afecto expresada en las comunicaciones emocionales rápidas y no verbales en niveles por debajo de la conciencia dentro del campo dinámico intersubjetivo, “juega un papel psicobiológico fundamental en las díadas paciente-terapeuta” (Schore 2007, p. 762). Son estos procesos inconscientes en el análisis los que conducen a cambios en la forma en que un paciente se vuelve capaz de relacionarse no sólo con los demás sino también consigo mismo o con su propio mundo interior.

Comentarios finales

Cuando miro retrospectivamente este trabajo, mi comprensión de él se ha enriquecido ampliamente con las ideas que ahora tengo como resultado de la reciente investigación en la teoría del apego, el trauma y la neurobiología. Allá por 1935, Jung comentó “debemos tener un laboratorio en el que pudiéramos establecer mediante métodos objetivos cómo son realmente las cosas cuando están en un estado inconsciente” (Jung 1935/1976: Párrafo 12, citado en Ekstrom 2004, p. 661).

Referencias

Bromberg, P.M. (2006). Awakening the Dreamer, Clinical Journeys. New York: The Analytic Press.

Carvalho, R. (2002). ‘Psychic retreats revisited: binding primitive destructiveness or securing object? A matter of emphasis?’ British Journal of Psychotherapy, 19, 2, 153-71.

Decety, J. & Chaminade, T. (2003). ‘When the self represents the other: a new cognitive neuroscience view on psychological identification’. Consciousness & Cognition, 12, 577-96.

Ekstrom, S. R. (2004). ‘Freudian, Jungian and cognitive models of the unconscious’. Journal of Analytical Psychology, 49, 5, 657-82.

Fonagy, P., Gergely, G, Jurist, E.I. & Target, M. (2004). Affect Regulation, Mentalization, and the Development of the Self. London: Karnac Books.

C.G. Jung (1934). ‘A review of the complex theory’. CW 8.

– (1935). The Tavistock Lectures. CW 18.

Lyons-Ruth, K. & The Boston Change Process Study Group (1998). ‘Implicit relational knowing, its role in development and psychoanalytic treatment’. Infant Mental Health Journal, 19, 282-89.

Kalsched, D. (1996). The Inner World of Trauma. Archetypal Defenses of the Human Spirit. London & New York: Routledge.

Schore, A.N. (2006). ‘Foreword’ to Coming into Mind. The Mind-Brain Relationship: A Jungian Clinical Perspective by M.A. Wilkinson. Hove & New York: Routledge.

– Review of Awakening the Dreamer. Clinical Journeys by Philip Bromberg. Psychoanalytic Dialogues, 17, 5, 753-67.

Wilkinson, M. (in press) ‘A clinical exploration of the origin and treatment of a dissociative defence’. in Trauma, Dissociation and Multiplicity, ed. V. Sinason. Hove: Routledge

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