Coré-Perséfone: un ritual iniciático de la totalidad de lo femenino

CORÉ-PERSÉFONE: UN RITUAL INICIÁTICO DE LA TOTALIDAD DE LO FEMENINO

Ana Célia Rodrigues de Souza

Ana Célia Rodrigues de Souza es Psiquiatra, con una Maestría en Ciencias – Fisiología Humana de la USP de Sao Paulo. Trainee de la Sociedad Brasileña de Psicología Analítica de Sao Paulo SP. El presente trabajo fue presentado durante el IV Congreso de Psicología Junguiana, celebrado en Punta del Este, Uruguay del 2 al 7 de septiembre de 2006, y su autora autorizó su publicación. Su E-mail es: anaceliarsou@terra.com.br

Traducido del Portugués por Inés de la Ossa


Hades y Perséfone

 

RESUMEN

La niña Coré atraviesa varias pruebas iniciáticas con lo que asume un nuevo modo de ser, propio de un adulto, donde el mayor desafío es unir el lado oscuro y el lado luminoso de la diosa en sí misma. Realiza todos los rituales sangrantes de lo femenino, convirtiéndose en Perséfone, la iniciada, la que sabe, la que tiene conciencia y sabiduría.

La “personalidad” de Coré y su proceso de humanización se derivan de la incorporación de las transformaciones simbólicas vividas en la interacción tanto con el Hades como con los héroes recibidos en el mundo de los infiernos (Odiseo, Heracles, Adonis, Orfeo, Psique, Teseo), teniendo como resultado la salida de la endogamia y la búsqueda del nombre propio (Perséfone) a través de su jornada de individuación.

Coré, es la expresión de una imagen arquetípica de lo femenino infantil que se transforma en el transcurrir de los relatos míticos en la mujer, Perséfone.

Una personalidad que se forja pasando por todos los rituales iniciáticos sangrantes (menarca, rapto – 1ª relación sexual, parto y menopausia) y se actualiza en la forma de integrar polaridades diversas, complementarias y opuestas en el sentido de vivenciar todos los potenciales arquetípicos, constituyentes de la totalidad de lo femenino.

La niña vive con la madre, alejada de Zeus-padre, en una relación simbiótica, característica de la dinámica matriarcal en su condición endogámica. La madre no permitía el crecimiento de la hija, queriendo que ella solo jugara.

Coré, la virgen, inocente, tímida, vulnerable, receptiva y complaciente, es violentada por el aspecto negativo de la madre, rígido y disciplinador. La interferencia de la madre, además de bloquear el encuentro relacional masculino y femenino (Micklem, 1983), promueve en la hija una vivencia de lo masculino distorsionada y desagradable, derivada del hecho de que Deméter ha sido marcada por el encuentro con Zeus, que fulminó a su amante (el mortal lásion) y , también, con Poseidón que la violentó, además del padre Cronos que se la engulló. La gran Diosa Deméter es la representante de lo femenino vulnerable (Bolen, 1990), sometida a lo masculino, poderoso y violento.

Coré, la que no se sabe, y por no saberse, jugaba ingenuamente con las cincuenta hijas de Océano. Atraida por una flor de Narciso (el llamado del Self), de repente, Coré se tornó conocedora de la tierra abriéndose debajo de sí y, según Woolger (2002): la niña percibió “profundos movimientos sucediendo en el interior de su propio cuerpo: ella comenzó a menstruar” (p.223).

Y entonces, Hades (con el consentimiento de Zeus) surgió de las entrañas de la tierra, arrebató a la joven, llevándola a los infiernos, para una nueva consciencia de los movimientos internos de su cuerpo como mujer, vehículo de la creación. Significativamente, Coré clamó por el Padre en este instante (y no por la Madre!), patalenado contrarida, pues se sentía amenazada por lo masculino de sí misma, masculino desconocido, responsable de la separación de su unión con la madre.

La sabiduría del Self emerge determinada por la real necesidad de Coré de entrar en contacto con el arquetipo del padre individualizado, fuera del proceso endogámico establecido con Deméter. Y Coré, aun inconsciente, aceptó la demanda del Self comandando su proceso de individuación.

El descenso a los infiernos, simbólicamente, puede ser entendido como un movimiento en dirección al inconsciente, a un proceso de ensimismamiento, búsqueda de la reflexión, valores, totalidad.

La atracción de Coré por la flor de narciso, según Woolger (2002) “una encerrona plantada para la floresciente doncella por la tierra (Gea), conforme los planes de Zeus y un favor para Hades” (p.181), hace que la joven se “pierda” de su madre.

Narciso cumple la profecía oracular y “muere” al verse reflejado en el lago. Por no poder verse, nunca fue mirado por Liríope, su madre. Las pupilas maternas nunca pudieron reflejar la imagen del hijo. Los ojos de la madre y de Narciso nunca se encontraron y de esa forma hay la vivencia de evitación de la madre para con el hijo y , consecuentemente, del hijo para la madre. Después de la muerte, simbólicamente entendida como el proceso de transformación, Narciso se presenta como una flor, expresión de pasividad, de acogimiento, atributos de lo femenino no existentes en su madre; la flor es aun la imagen de las virtudes del alma, según San Juan de la Cruz, y en el simbolismo tántrico.taoísta la floración es el resultado de una alquimia interior, del retorno al centro, a una unidad, al estado primordial (Chevalier y Gheerbrant, 1990).

Según Calasso (1990), Coré significa también “pupila”, “la parte más excelente del ojo, no solo por ser aquella que ve, sino también porque aquel que mira se encuentra en el ojo del otro a sí mismo” (p.146). Coré estaba extendiendo la mano para coger aquel mirar (la flor de Narciso) y fue cogida por Hades. En la pupila de Hades se vio a sí misma (Calasso, 1990). Coré hace su descenso en búsqueda de sí misma, se ve reflejada en la mirada de lo invisible, del incosnciente, de lo sombrío representado por Hades. Como Narciso, Coré tampoco fue vista por Deméter, vista en el sentido de ser aceptada por lo que y por quien se es!

Para los árabes, por la asta recta, la flor de narciso simboliza: “el hombre de pie, el servidor asiduo, el devoto que desea consagrarse al servicio de Dios”(Chevalier e Gheerbrant, 1990, p.630), posibilitando, simbólicamente, el entendimiento de esta flor como un llamado del Self, sea por la formación de otro vínculo con ese principio masculino, aun inconsciente, pero también por la posibilidad futura de discriminación y el desarrollo del yo reflexivo de Coré.

La separación de Coré de su madre tiene inicio en ese momento. Hasta entonces, era apenas mera extensión de la grande diosa-madre Démeter. Al descender a los infiernos no retornará más: muere como niña, amabilidad e inocencia; muere la niña, retorna la mujer – Perséfone.

La menarca se constituye en el primer ritual iniciático de lo femenino, separando la infancia de la vida adulta fértil, o la posibilidad de iniciación en la sexualidad adulta. La propia aceptación de este evento tiene implicaciones en la acpetación, dentro de si, de la muerte de las demandas infantiles, de su inocencia, de su persona adorable y amable.

Del encuentro de Coré con varios héroes que entraron en el reino de los infiernos, en la consecución de tareas, resultaron transformaciones fundamentales para el proceso de esos semidioses. Osamos, en etse momento, hacer una lectura simbólica de las transformaciones movilizadas y desencadenadas en la propia diosa Coré-Perséfone, elemento polar complementario de este momento mítico.

La personalidad de Coré-Perséfone, así como su proceso de humanización, derivarán de la incorporación de las transformaciones simbólicas vividas en la interacción tanto con Hadees como con los héroes (Odiseo, Heracles, Adonis, Orfeo, Psique y Teseo) recibidos en el mundo de los infiernos.

Las transformaciones simbólicas se traducen como salida de la endogamia, contribuyendo a la búsqueda de su nombre propio (Perséfone) a través de su jornada de individuación.

ODISEO

Odiseo, hijo de Sísifo, bisnieto de Hermes sólo podría ser el héroe del coraje y de la determinación, de la inteligencia exuberante, lleno de malicia y habilidad.
El heroismo y astucia de Odiseo brillaron durante toda la guerra de Troya, llevándolo a la postrera victoria sobre los troyanos y a la devolución de Helena a Menelau, donde la gran Diosa entonces fue sometida a un nuevo patrón. Después de tal hecho, Odiseo peregrinó aun por diez años más hasta su retorno a Ítaca.

Y en esa odisea como cuenta Homero (1993), Odiseo, orientado por Circe, (hija de Hécate), va a los infiernos, en busca de Tiresias (quien vivió como masculino y como femenino) para saber si y cómo retornaría a su casa (Ítaca), a su esposa-ánima Penélope. Odiseo encontró a Core, y esta le mostró las almas de la mujeres de “reputación legendaria”, o todas las “esposas o hijas de próceres”(Bolen, 1990, p.277).

Odiseo se preocupó con el modo de proceder al interrogatorio de cada una individualmente. Desenvainó su larga espada, símbolo de lo masculino discriminante, y todas se colocaron en fila, impidiendo así que llegaran juntas a sorber la sangre del cordero negro llevado como ofrenda a Tiresias. Entonces, recibió la declaración por separado de sus ascendencias. Cada una de la mujeres, esposas o hijas de héroes, contaba su historia, mostrando una visión panorámica de un femenino no devorador, interactuando de las más diversas maneras con lo masculino, y de alguna forma, mostrándolo grandioso, heróico.

Coré procesa la separación de los granos de los que fuimos hechos, de modo semejante a la primera tarea que Afrodita le ordena a Psique, adquiriendo así tanto la capacidad de discriminar otras figuras femeninas y a sí misma, para forjar la consciencia de su yo, tan incipiente, como posibilitar la transformación de la imagen desagradable de lo masculino, vislumbrándolo como un héroe – otro arquetipo necesario para salir de la endogamia y continuar buscándose a sí misma. Y Odiseo también se concientiza de la muerte de su madre integrando en sí el cambio de dinámica y conseceunte salida de la endogamia.

HERACLES

Coré recibe a Heracles, que desciende a los infiernos en busca de Cérbero, expresión inequívoca de la propia Gran Diosa devoradora. Simbólicamente, a través de la victoria de Heracles, podríamos entender como si también Coré conquistara tal hecho heróico, trayendo sus símbolos de la sombra a la consciencia, posibilitando así su transformación a través del autoconocimiento.

ADONIS

Coré disputa a Adonis con Afrodita. Adonis, sin embargo, es un masculino imberbe, es apenas una semilla.

Simbólicamente, a través de esta confrontación con la Diosa Afrodita – la amante en su polaridad arquetípica – Coré está atenta a la necesidad de integrar en sí la condición de ser amante, o sea, pasando a establecer una relación de paridad con un masculino discriminado e individualizado. Cuando Coré impide esa vivencia amorosa y Adonis se transforma en una anémona, como Narciso en la propia flor, volvemos al simbolismo del florecimiento como resultado de una alquimia interior, un retorno al centro, la posibilidad de recoger la proyección de ese ánimus, inicialmente depositada en Adonis (principio masculino, aunque como hijo-amante, por lo tanto endogámico) favoreciendo el crecimiento de su propio masculino internamente.

ORFEO

Orfeo desciende a los infiernos para rescatar a Eurídice. En el último instante, cede al imperioso deseo apegado al pasado, por inseguridad, miedo de ser traicionado, por no confiar, pierde a su amada al voltearse para mirarla, interdicción recibida y no respetada. Orfeo perdió a Eurídice y se perdió de si: durante el trayecto, miró hacia atrás, se quedó en el pasado, temió lo nuevo!

La orientación dada a Orfeo por la pareja real de los infiernos anuncia la demanda de la instauración de la dinámica del corazón (pos-patriarcal) regida por el arquetipo de la coniunctio, estructurador de anima-animus, construyendo la relación simétrica entre los pares. Orfeo, por no confiar en la intuición de la presencia de Eurídice detrás de si, se perdió para siempre, en vida; por no aceptar cualquier otra relación con figuras femeninas, fue muerto por el descuartizamiento, imposibilitando así, la expresión de la dinámica anunciada.

Orfeo puede ser visto como uno de los representantes del principio masculino de Coré. Cuando retornó solo, dejando a Eurídice entregada a los infiernos – reino del inconsciente – se convirtió en un hombre sin una representación de ánima concreta, imposibilitado para la realización de la coniunctio simbólica. Tendría, entonces, que desarrollarse a través de la integración y realización de la sabiduría profunda de lo femenino (Sofia) en el hombre. Concibe esa coniunctio, por el logos, pues la búsqueda es por el autoconocimiento, y se vuelve fuente de su fundamentación filosófica, reconduciéndolo al camino de religar-se al Self. Retoma su proceso de individuación por la religiosidad (Alvarenga, 2005). Orfeo integra la energia creativa ejerciéndose por el masculino espiritualizado. Funda el Orfismo, que tiene como uno de los principios la reencarnación del alma. Este momento mítico podría indicar el proceso de diferenciación y ordenación anímica de Coré, en el sentido de la espiritualidad (Jung, 1995).

PSIQUE

En su cuarta y última tarea Psique va a los infiernos, para coger con Coré el ungüento de la belleza inmortal, ordenada por Afrodita.

Psique, como Coré, también es la joven ingenua, que no se sabe, y por interferencia del padre, en un ritual iniciático de muerte, adquiere la competencia de una heroina-anima, estructuradora de ego, consagrándose como la esposa inmortal en coniunctio con Eros.

Hay un paralelo de este encuentro con Psique, con el momento en el cual la entonces Perséfone, en posesión de su autonomíia, comió las cuatro – el número de la totalidad – semillas de granada, ofrecidas por Hades, por elección propria (Bolen,1990), demostrando así su unión con Hades, no más contrariada; y así, la acción es dirigida a la coniunctio.

En Grecia, la granada es un atributo de las diosas Hera y Afrodita (Brandão, 1991) y entendemos como si Perséfone estuviera integrando la simbologia de los arquetipos por ellas representada, esto es, de esposa-amante, al comer estas semillas, escogiendo estar con Hades, representando este matrimonio la relación simétrica entre los dos principios: masculino y feminino. El comer las semillas puede ser entendido, simbólicamente, como la fecundación de Perséfone por Hades.

TESEO

Teseo, en griego “el hombre fuerte por excelencia”, ya en la madurez realiza algunas aventuras en conjunto con el héroe lapita Pirítoo. Dos de las aventuras más serias de este dúo famoso fueron el rapto de Helena y el descenso al Hades en el intento de raptar tambiém a Perséfone. En el mundo de los infernos, arrancaron a la reina de la cama compartiendo con Hades.

Muy bien recibidos por Hades, Teseo y Pirítoo fueron víctimas de su temeridad; invitados por el rey a participar de un banquete, se sentaron en tronos esculpidos en la roca. Ellos se quedaron allí sentados, mientras que Hades iba a buscar regalos para ofrecerles. Pero aquellas eran las sillas del olvido, del Lete, y en ellas permanecieron como se estuvieran encadenados.

Hades defiende efectiva y dignamente a su compañera, impidiendo el rapto, como no lo hicieron Menelao (con Helena) ni Orfeo (con Eurídice). Y podemos destacar el “comer como fijación” y el “sentarse como intimidad y permanencia”, según Brandão (1991, v.III, p.171), como dos actitudes tomadas por Perséfone en relación con el mundo de los infiernos, confirmando así, su deseo de permanecer allí, concientizándose de su naturaleza ctônica, y estableciendo una relación de intimidad y permanencia con ella, encontrando así su totalidad.


CORÉ SE VUELVE SU NOMBRE PROPIO

Entonces, Perséfone, conducida por Hermes a solicitud de Zeus, retornó a la madre Deméter, con quien se quedaría dos tercios del año. Según Ovidio e Higinio la división fue: mitad del año con Hades y la otra mitad con Deméter, obedeciendo al acuerdo firmado entre la gran diosa-madre y el gran dios-padre – Zeus: dios de la luz y su par Hades: dios de las tinieblas (in Kerényi, 1993). Perséfone retorna a la tierra en la primavera, trayendo el grano de vida, el alimento del sacrificio, cuando se hacía la recolección de la cebada y el trigo, después de las lluvias de otoño (Brandão, 1991).

Según Kerényi (2002) citando a Ésquilo, o haciendo referencia a versiones órficas (Kerényi, 1998), Perséfone fue dejada por su madre en una caverna – la caverna de Hécate – custodiada por dos serpientes. La joven fue entonces fecundada por Zeus, convertido en serpiente, o sea, podemos entender ese relato como la fecundación realizada por el proprio Hades – el Zeus ctônio de la caverna.

Perséfone, después de unirse a Zeus ctônio (Hades), dio a luz – otro ritual iniciático de lo femenino – a Dionisos Zagreu, el niño del nuevo tiempo, el nacido del proprio corazón. Según Hillman, citado por Micklem (1983), “Dionisos no está dividido de su propria feminidad, apesar de ser hombre. En el se dá la coniunctio, hombre y mujer unidos primordialmente” (p.117).

Dionisos, simbólicamente, representaría, entonces, el producto concreto final del desarrollo anímico de Perséfone. Con Dionisos y a través de Dionisos, Coré generó el grano del cual advino el entero, el masculino-femenino Dionisos, de donde surgirá una nueva raza de hombres y mujeres dotados del soplo divino del dios y de las fuerzas titánicas de las energías primordiales.

Y finalmente, Perséfone madura, después de parir, retornó de su jornada, teniendo como compañera constante a Hécate (simbólicamente, la expresión de la menopausia). Es representada cargando antorchas prendidas y acompañada por una jauría, pudiendo ser vista, primero, como la “iluminadora” simbólica de la joven madre renascida al abdicar a su virgindad, pasando de luna nueva para luna llena. Y, por lo tanto, la vieja sabia al completar su ciclo. Como anciana y diosa lunar, efectivamente Hécate supervisa e integra todos los aspectos de las diversas transformaciones de Deméter-Coré-Perséfone. Es el vínculo mítico con la totalidad.

Hécate se conjuga con Perséfone y podemos destacar los siguientes atributos: la sabiduría, representada por las antorchas; la intuição, por su jauría; la flexibilidad, por su característica lunar, cíclica (esencial de lo femenino). Y por otro lado la receptividad incondicional y complacencia, atributos definitivamente femeninos, y que son de naturaleza primordial de Perséfone. Según los órficos, Tetrakore (Kerényi, 1993) era la representación de Coré: dos caras, cuatro ojos y con cuernos (una anticipación simbólica de Dionisos – la coniunctio).

El nombre Perséfone, según Kerényi (1998), está ligado a la “Perse, Perseida, Perses, Perseu y Pérseo – nombres de Hécate y sus asociadas – y era probablemente usado desde tiempos pré-griegos como el de la reina del Mundo Subterraneo” (p.180). Así, después de su larga jornada heróica, Perséfone encuentra su NOMBRE PROPIO.

CONSIDERACIONES FINALES

Coré no comprendía al principio el hecho de que la víctima dentro de ella realmente necesitara ser sacrificada y contraer núpcias con los poderes oscuros. Sacrificio en el sentido de volverse sagrado. Su mayor desafío sería unir el lado oscuro y el lado luminoso en sí misma. Coré emprende su descenso a fin de reconquistar su poder más profundo.

El retorno a la madre no es el retorno de una doncella y si de una diosa madura, Perséfone, conocedora de los mecanismos de la vida y de la muerte, de las energías determinantes de las estaciones, de la sexualidad, de la separación y del nacimiento.
La niña Coré atravesó una serie de pruebas iniciáticas, que la forzaron a confrontarse con el pavor y el sufrimiento, pero sobtetodo, la obligaron a asumir un nuevo modo de ser, propio de un adulto. El neófito muere para su vida infantil y renace para un modo de ser, volviendo posible el conocimiento, la consciencia, la sabiduría. El iniciado es aquel que sabe, conocedor de los misterios, y en ese mito el misterio de lo femenino se constituye en el saberse creador de la criatura.

El misterio, según Eliade (2000):

comienza con la separación del neófito de su familia. El vive ahora ya no en el vientre materno, como antes de su nacimiento biológico, mas en la noche cósmica, en la expectativa de la ‘aurora’, esto es, de la creación. Los iniciados reciben otros nombres que serán, de ahí en adelante, sus verdaderos nombres (pp.212-213), y en el mito en cuestión, el nombre es Perséfone.

 

Palabras-clave: femenino, Coré-Perséfone, rituales iniciáticos, catábase, “vieja sabia”.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

 

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