Reflexiones sobre la homosexualidad femenina – Anne Springer

Anne Springer es analista de capacitación y presidenta de la DGAP (Sociedad Alemana de Psicología Analítica). Ha escrito sobre diversos temas, incluido un artículo sobre analistas de abuso sexual y perversiones femeninas, y es coautora de un libro sobre problemas político-ecológicos. Este artículo fue tomado de su artículo «Reflections on female homosexuality», en la obra de Ann Casement (1998). Post-Jungians Today: Key papers in contemporary analytical psychology, London: Rotledge, pp. 187-198.

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Traducido del inglés por Juan Carlos Alonso G.

I

Una y otra vez a lo largo de los años ha habido mujeres entre mis pacientes que se orientaron homosexualmente en su elección de pareja.  Las pacientes posteriores siempre anunciaron su homosexualidad en la primera entrevista, y siempre hicieron una pregunta abierta o ansiosa sobre si yo era una analista que quería «reeducarlas» para que fueran una «hetero-mujer».  Creí que podía responder a esta pregunta en forma negativa e insistí, para mí, en mis criterios habituales de selección: una evaluación de las posibilidades prospectivas junto con la aceptación fundamental de mayor alcance de la elección del estilo de vida del paciente como posible y gusto personal.  Partí de la premisa de que los juicios sobre la homosexualidad femenina que indudablemente existían en mí podían, en la medida de lo posible, ser tratados a través de la autorreflexión.  Al comienzo del análisis, también sentí predominantemente, en el nivel consciente, un interés comprensivo con respecto al mundo sexual interno y externo de estas pacientes.  

Por otro lado, cuando dos pacientes femeninas, una durante una pausa más larga en el análisis y otra después de su conclusión, comenzaron a desarrollar un estilo de vida homosexual, ciertamente me sentí confundida.  Noté que no podía estar de acuerdo con la nueva orientación de mis pacientes, a pesar de que ambas mujeres claramente se sentían bien.  Parecían estables y felices, y de ninguna manera con el yo inflado.  Me di cuenta de que sentía presión para justificarme.  ¿Era aceptable que un análisis completado de lege artis produjera este resultado?  

El conflicto interno al que me enfrenté, como lo hacía una y otra vez al analizar pacientes lesbianas, me exigió más esfuerzos de autoanálisis, y no solo a nivel psíquico individual. Las pacientes que viven su homosexualidad, incluso en una gran ciudad como Berlín, están expuestas a una doble presión social: ser objeto de rechazo y fascinación por la mayoría orientada heterosexualmente, y también recibir presión de su propio entorno social para ser fieles.  

Además, me enfrenté con las transferencias de mis pacientes femeninas a la teoría de la psicología analítica.  Muchas pacientes, pero sobre todo las pacientes lesbianas, habían venido específicamente a mí como analista junguiana bajo el supuesto de que sería más tolerante que una «freudiana» con respecto a su decisión de tener parejas homosexuales. Las pacientes lesbianas, en particular, frecuentemente expresaron marcadas idealizaciones del análisis junguiano durante la primera entrevista o al comienzo de la terapia.  Estas pueden resumirse aproximadamente de la siguiente manera: los analistas junguianos, particularmente las analistas femeninas, están menos preocupados por la «primacía del falo».  La feminidad no se devalúa para ellas, sino que tiene su propio valor. Las analistas junguianas son más emocionales que racionales, «acompañan compasivamente» en lugar de «interpretar agresivamente».  Estas pacientes homosexuales también presentaban al analista agresivo y masculino como el enemigo externo, personificado, entre otros, a imagen del “freudiano”, con quien fantaseaban con frecuencia como un hombre sádico que disecciona la feminidad.  

Se coloca así en el pensamiento de la analista femenina, es decir, en la analista misma, una transferencia idealizadora de la maternidad y la feminidad, que parece estar amenazada por una forma de masculinidad agresiva-sádica.  

El carácter de transferencia de estas fantasías sobre la analista femenina positiva-maternal y su mundo interior, donde las dos mujeres forman una relación madre-hija, hacia la cual un padre / analista negativo está distante o incluso tiene una disposición hostil, fue muy obvio para mí.  Por otro lado, para hacer mi trabajo lo mejor posible, me parecía cada vez más necesario examinar mi propia teoría analítica y mis transferencias al respecto.

II

Mi búsqueda de una tematización específica de la homosexualidad femenina en la literatura de la psicología analítica  no produjo muchos hallazgos.  

En 1927, C.G. Jung analiza la homosexualidad femenina como una opción culturalmente determinada sobre la forma de vida y las relaciones en su trabajo La mujer en Europa (Jung 1927) Allí, habla de los peligros de las mujeres que se identifican con el animus a través de la adopción de nuevos roles sociales «masculinamente» definidos.  Jung creía que esta ‘masculinización’ representaba el peligro de la distancia emocional de las mujeres con los hombres, de la frigidez como defensa y del desarrollo de una forma no femenina de deseo sexual, que correspondía más a la forma agresiva de la sexualidad masculina.  Con la ayuda de este deseo antinatural, las mujeres intentaron llegar al hombre replegado, es decir, al hombre que se estaba volviendo menos visible en la sociedad.  Jung continúa: “La tercera posibilidad, especialmente favorecida en los países anglosajones, es la homosexualidad opcional en el papel masculino” (ibid.: 119).  Aquí, la homosexualidad femenina se define como una forma de ‘obsesión del animus’.  Anteriormente en el mismo texto, Jung escribe que “dado que lo masculino y lo femenino están unidos en nuestra naturaleza humana, un hombre puede vivir en la parte femenina de sí mismo, y la mujer en su parte masculina… [Pero] un hombre debería vivir como hombre y una mujer como mujer”’ (ibid .: 118).  Jung considera que la homosexualidad femenina es un fenómeno cultural y considera que los cambios sociales son responsables de la confusión con respecto a los roles sexuales y la identidad sexual (los cuales son equiparados por él), mientras que el hecho de esta confusión es visto como algo negativo.  

En Recuerdos, sueños, pensamientos, Jung habla de la «masculinización de la mujer blanca» como una posible consecuencia de la “pérdida de su unidad natural (shamba [su propio lote de tierra], niños, animales pequeños, su propia casa y hogar)” y de su correspondiente deseo de’ “compensación a su empobrecimiento”.  Jung escribe: “Los estados más racionales difuminan la diferencia entre los sexos al máxmo.  El papel que juega la homosexualidad en la sociedad moderna es enorme y es en parte el resultado del complejo materno y en parte un fenómeno natural de propósito (¡La prevención de la reproducción!)” (Jung 1965: 239).

Por lo tanto, Jung explica la homosexualidad femenina y masculina como resultado de una relación perturbada con la madre o, utilizando un enfoque explicativo social y psicológico, la describe como una expresión obsesiva del animus.  

Hasta donde yo sé, solo hay dos lugares en la Obra Completa donde Jung registra sus observaciones clínicas sobre la homosexualidad femenina.  En El desarrollo de la personalidad (1934), habla sobre una adolescente con fantasías homosexuales y en Dos ensayos sobre psicología analítica (1943), está la casuística única, algo más detallada de una mujer analizada.  

En El desarrollo de la personalidad, Jung describe el caso de una adolescente de 13 años, que es inteligente y rebelde-agresiva.  Ella desarrolla fantasías homosexuales sobre una maestra, cuyo afecto quiere y a quien fantasea acerca de mostrarse desnuda.  Sueña que su madre muere en la bañera y que ella misma no puede evitar que se ahogue.  Jung describe a la madre como brillante, ambiciosa y masculina.  Pareció incapaz de amar a su hija cuando era niña y la trataba más como una muñeca.  Esta es la razón, afirma Jung, por la que la niña “anhele el amor de su maestra, pero del tipo equivocado.  Si se arrojan los sentimientos tiernos a la calle, entonces el sexo en forma violenta entra por la ventana” (Jung 1934: 126).  Jung escribe que, en este caso, en realidad es la madre la que necesita terapia.  Si ella iniciara un análisis, su matrimonio podría mejorar, lo que le daría a la hija un papel apropiado y, en consecuencia, permitiría el acceso al amor de su madre.  El padre es descrito como distante.  Jung cree que las fantasías homosexuales de la niña son causadas por la falta de amor maternal e implica la identificación inconsciente con la madre ‘masculina’ que rechaza a su esposo como la fuente de estas fantasías.  Las fantasías homosexuales en este caso se denotan como una expresión de amor mal concebido.  

La descripción casuística de Jung de una paciente homosexual en Dos ensayos sobre psicología analítica se produce en el contexto de una descripción de su técnica de análisis sintético, a diferencia del análisis de Freud.  Un sueño de la paciente, en el que está «a punto» de cruzar un ancho río, es central para la casuística.  Escribe Jung, “No hay puente, pero encuentra una parte poco profunda por donde puede cruzar.  Está a punto de hacerlo, cuando un gran cangrejo que está escondido en el agua la agarra por el pie y no la deja ir” (1943: 80).  La paciente tiene miedo cuando se despierta.  En su mente, la corriente representa un límite difícil de cruzar, un obstáculo.  Ella asocia el vado, como un posible medio de superar este obstáculo, con terapia.  E interpreta al cangrejo como el carcinoma mortal del que murió una amiga y como una pelea que tuvo con su actual pareja femenina. Esta mujer es idealizada por la paciente, al igual que su madre, que ya falleció.  Al mismo tiempo, la relación entre la paciente y su pareja es un combate lujurioso y tortuoso, en el que la paciente asume una posición bastante masoquista, como escribe Jung, en una fantasía sexual predominantemente masculina-fálica en su vida interior.  Siguiendo la idea de la paciente de que el cangrejo / cáncer en el sueño representaba a su amiga, la Sra. X., que había muerto de cáncer, Jung ahora aclara la identificación inconsciente de la paciente con ella, una identificación que internamente amenaza a la paciente, pero también sirve para protegerla. Ella recuerda a la Sra. X. como una viuda divertida y alegre que tuvo muchas relaciones con los hombres, incluida una con un artista que la paciente encontraba fascinante y siniestra.  Aquí, Jung le recuerda a la paciente sus temores de ser imprudente y de llevar “una forma de vida inmoral” e interpreta al animal que la agarra en el sueño como el animal per se, lo bestial en ella, y lo compara con un deseo instintivo que se dirige hacia los hombres.  Jung llega a la conclusión de que la paciente se aferra a su relación homosexual actual como una defensa contra la heterosexualidad: “Para no ser víctima de esta otra tendencia, que le parece mucho más peligrosa.  En consecuencia, ella permanece en el nivel infantil y homosexual porque le sirve de defensa” (Jung 1943: 85).  Posteriormente, Jung rastrea el papel masculino que desempeña la paciente, según él, en la relación con su pareja femenina hasta una identificación inconsciente con la Sra. X. y su mundo personal, al que pertenecía el amigo artista.  La misma Sra. X., como la compañera femenina de la paciente, supuestamente era una ‘mujer extremadamente femenina’. Según Jung, el cangrejo / cáncer en el sueño representa una parte incontrolada de la libido.  Los contenidos inconscientes mantienen a la paciente en la relación homosexual, lo que, sin embargo, equivale a una enfermedad, ya que sufre en la relación y se ha vuelto neurótica debido a eso.  En este punto, Jung señala el aspecto peligroso y fascinante de la identificación inconsciente con el artista como una parte separada de la transferencia (junto a una parte idealizadora de la transferencia) que se proyecta sobre el mismo Jung. Después de que Jung ha verbalizado la parte negativa de la transferencia, la paciente puede articular sentimientos de odio y desprecio con respecto a su pareja.  En este momento de la transferencia, Jung se siente a sí mismo como analista para ser equiparado con la imagen del artista demoníaco;  luego cambia, notablemente, el nivel de la interpretación.  Él entiende el «demonio», personificado en el artista y en el miedo del paciente como «un miedo primitivo a los contenidos del inconsciente colectivo».  Según Jung, la paciente primero tiene que reflexionar sobre este miedo.  Todavía no puede abandonar su situación neurótica, ya que el sueño no proporcionó ninguna indicación positiva de ayuda desde inconsciente.  Al final de la descripción del caso, vemos a la paciente aún atrapada en una relación homosexual altamente ambivalente, confrontada por un analista que no acepta la oferta de la transferencia negativa (es decir, del artista / hombre que ha causado la enfermedad mortal como introyección, del odio mortal de la paciente hacia su pareja) sino más bien, que a través de un cambio en el nivel interpretativo del inconsciente personal al colectivo, a una transferencia arquetípica, mantiene la división de la transferencia negativa.  

Queda por enfatizar que, para Jung, la mujer homosexual representa a una mujer masculinizada, es decir, una que no es lo suficientemente femenina.  Jung cree que su homosexualidad se origina en una identificación con una mujer / madre interna masculinamente obsesionada, mientras que la homosexualidad vivida cumple una función de defensa con referencia a la heterosexualidad.  

Hasta donde sé, solo hay cuatro lugares en la literatura restante de la psicología analítica que incluyen discusiones específicas sobre la homosexualidad femenina.  Sin embargo, en contraste, la extensa literatura junguiana sobre el desarrollo de la feminidad y sus formas de representación contiene numerosas estructuras, fantasías y sueños inconscientemente homosexuales.  

En el contexto de la identificación proyectada, Betty de Shong Meador describe en detalle sus propias reacciones erotico-sexuales de contratransferencia a pacientes femeninas y su creciente competencia en el tratamiento de pacientes lesbianas después de haber trabajado en esta contratransferencia.  Sin embargo, ella disfraza su relato como una narración de cuento de hadas de la relación entre dos mujeres y utiliza defensivamente una mitologización del proceso analítico sobre el mito de Inanna como legitimación (De Shong Meador 1984).  

Marion Woodman analiza los sueños que dan forma a la homosexualidad, tomados de sus propios análisis, como pasos importantes en el desarrollo de la propia feminidad.  Esto, sin embargo, se entiende en última instancia en el contexto de una totalidad, cuya imagen interna es hermafrodita (Woodman 1985).  Christine Downing tematiza el deseo regresivo positivo de establecer una relación con la maternidad, un concepto que ella entiende como arquetípico, y analiza los bocetos de casos de Jung, mencionados anteriormente, de una manera completamente crítica.  En mi opinión, sin embargo, Downing evita percibir el proceso analítico real a través de la mitologización (Downing 1995).

June Singer describe de manera impresionante el desarrollo positivo de una paciente como resultado de su creciente aceptación de su homosexualidad. Como analista, Singer al principio se siente incómoda con este curso de terapia, pero luego también lo acepta también por sí misma.  Aunque amplifica el material de este análisis a través de la ayuda del mito amazónico, no participa en ninguna mitologización defensiva-reductiva.  

Una limitación de este trabajo es, en mi opinión, que Singer usa esta casuística, entre otras, para apoyar su concepto de androginia (Singer 1979: 289-94).  Ella basa este concepto en la suposición de un equilibrio ideal de partes masculinas y femeninas, partes en una misma personalidad y, exactamente como Jung, presupone que el par conceptual masculino / femenino está claramente definido en términos de oposición.  Es exactamente esta oposición construida, fundada en intentos postulados de integración y totalidad, la que necesita sin embargo de crítica. En un análisis más detallado, el ideal andrógino, es decir, la integración dinámica de las llamadas partes masculinas y femeninas en una personalidad no constituye, en mi opinión, un progreso real. Si bien este concepto es de enfoque emancipatorio, ya que expresa un descontento con la cultura (el Unbehagen an der Kultur de Freud), sin embargo, sigue ligado a presuposiciones biológicas y no refleja el contexto social en el que realmente se discute la masculinidad y la feminidad.  

III

Reflexiones más recientes sobre la identidad de género

En 1920, Freud escribió en referencia al análisis de los homosexuales:

Hay que recordar que la sexualidad normal también depende de una restricción en la elección del objeto.  En general, comprometerse a convertir a un homosexual completamente desarrollado en un heterosexual no ofrece muchas más posibilidades de éxito que lo contrario, excepto que por buenas razones prácticas esto último nunca se intenta.

(Freud 1920: 276  )

Como resultado del movimiento de mujeres y los hallazgos más recientes en las áreas de sexología y sociología, desde mediados de los años sesenta se desarrolló una nueva discusión interdisciplinaria sobre el concepto de identidad de género.  Desde el comienzo de esta discusión (en cuyo contexto también debemos considerar la recepción de las investigaciones de Kinsey, que se publicaron en 1948 y 1953, así como los escritos de Foucault y de Beauvoir) ya no era posible hablar de un conocimiento ‘obvio’ de lo que es ‘masculino’ y ‘femenino’.

El estado actual de esta discusión se puede resumir de la siguiente manera. La identidad de género debe entenderse como una estructura compleja, que consta de cuatro factores que interactúan uno con otro:

  1. Identidad central de género (Stoller 1968, 1985; Money y Ehrhardt 1996). Este factor se refiere a la experiencia y el conocimiento primordial, consciente e inconsciente con respecto al sexo biológico de uno (sexo como opuesto a género). Comenzando con el nacimiento, este conocimiento  se desarrolla a través de una combinación de influencias biológicas y psicológicas y se establece como una certeza relativamente libre de conflictos para el final de la edad de los 2 años. Una gran cantidad de experiencias en el área sensorio-motora y psicosexual se complica en una percepción, inscrita en el cuerpo, que es inconsciente e incapaz de reflexión. Todas las expectativas conscientes y, en gran medida inconscientes, de los padres hacia su vástago tienen un efecto en la formación de esta identidad central de género, incluidas las fantasías de la madre durante el embarazo.  
  2. Identidad del rol de género (Person y Ovesey 1993).  Este componente adicional de la identidad de género se distingue por su mayor nivel simbólico y lingüístico.  Da forma a la totalidad de las expectativas que un individuo tiene para su propio comportamiento, así como el de la pareja en términos del sexo respectivo.  Esta parte de la identidad de género también comprende facetas inconscientes e irreflexivas;  estos al menos poseen, sin embargo, la capacidad de volverse conscientes.  La identidad del rol de género está predominantemente determinada por las expectativas culturales y sociales.  Los contenidos que llenan esta parte de la identidad varían mucho de un individuo a otro y, a diferencia de la identidad de género central, están sujetos a un proceso de cambio a lo largo de la vida.  La amplitud y flexibilidad de la identidad del rol de género de un individuo está determinada por la amplitud de las identificaciones positivas y negativas con ambos padres (Benjamin 1991).  
  3. Identidad sexual (Cass 1984).  Con la identidad sexual, el tema involucrado es la etiqueta individual de la propia orientación sexual como heterosexual, bisexual u homosexual.  Este auto-etiquetado comienza después del período de latencia, pero se desarrolla principalmente durante la adolescencia.  
  4. Elección de objeto sexual.  Esto se refiere, a nivel de comportamiento, al tipo de pareja que se elige con respecto al sexo biológico de la pareja.  

Si tomamos en serio estas estructuras internas en el área de la identidad sexual y de género, queda claro que un desarrollo femenino-homosexual no tiene que estar plagado de conflictos;  en otras palabras, no es necesariamente patológico (una mujer puede estar segura de su sexo biológico, viéndose a sí misma, y ​​parecer ante los demás expresando su propia feminidad distintiva, al mismo tiempo que reconoce el conflicto y los cambios opcionales, etiquetándose a sí misma como lesbiana y eligiendo una pareja femenina).  

Los desarrollos homosexuales que son conflictivos, y por lo tanto quizás también conducen a la terapia, podrían ser causados ​​principalmente por lo siguiente:

  1. Inseguridad relacionada con la identidad central de género (una característica frecuente de síndromes y psicosis borderline).
  2. Experiencia patológica de falta de ambigüedad y de conflicto en el área de identidad del rol de género (con el posible desarrollo de perversiones o partes estructurales perversas junto con trastornos neuróticos) (Kaplan 1992; Springer 1996)  
  3. Inseguridad sobre la auto-etiqueta con respecto a la identidad sexual (esto ayuda a explicar, entre otras cosas, las facetas homofóbicas de las mujeres homosexuales que se pueden observar con frecuencia).
  4. Inseguridad en la elección del objeto como expresión de una presión externa e interna para conformarse, cuyo fondo puede ser un trastorno neurótico.  Sin embargo, esto no es específico de la homosexualidad per se.  

Cuando considero a aquellas de mis analizadas que viven como homosexuales, encuentro todas las variaciones de estos trastornos descritos representados entre ellas.  Por lo tanto, puede ser un objetivo legítimo de la terapia ayudar a una analizada a luchar por una vida exitosa como homosexual.  Esto no es una renuncia ni el resultado de una fijación ideológica por parte de la analizada, el analista o ambos.  

IV

Si aplico estos pensamientos al caso de Jung sobre la mujer con el cangrejo / cáncer, se muestra la siguiente imagen.  Con referencia a la identidad central de género, la paciente no parece tener ningún problema grave.  Una característica física de la masculinidad determinada biológicamente solo es atribuida aquí por el analista;  él describe sus pies en el texto como masculinamente grandes.  Según el texto de Jung, en el área de la identidad sexual, la paciente ganó cierto grado de confianza al caracterizarse como una mujer homosexual durante el curso del tratamiento.  La paciente tampoco parece buscar un cambio fundamental en términos del sexo biológico del objeto de amor.  Obviamente, su principal problema consiste en una resolución neurótica del conflicto en el área de identidad del rol de género.  Según tengo entendido, la paciente, al hacer asociaciones con este sueño y en la transferencia, descubre una parte mortal de su relación con las mujeres, que induce a la enfermedad, que agarra y alimenta agresivamente.  Ella coloca esta parte en la relación infantil con su madre y en una relación con una amiga viuda, quien más tarde murió, y su fascinante amigo artista como una repetición de la imago de madre y padre.  Creo que se puede percibir claramente en la descripción del caso que Jung (como hombre y analista ligado a su tiempo, cultura y teoría que había desarrollado), que es incapaz de acompañar analíticamente la búsqueda de la madre de la que no estaba idealizada.  Asumir esta preocupación significaría dejar espacio en el análisis para las tendencias agresivas-destructivas reales dirigidas hacia la madre (reproducidas en la asociación o en la autoagresión).  La analizada ofrece una transferencia materna dividida;  el analista masculino se identifica, sin embargo, con el padre demoníaco fascinante y aterrador.  Así, con toda probabilidad, el drama infantil de la paciente se repite;  el amor de la madre no se logra mediante la separación de las partes agresivas-destructivas, sino que todavía es anhelado y buscado, y el padre no está disponible para el deseo de identificación de la paciente.  El objetivo de una asociación homosexual que no sea patológica per se es inconcebible para el analista, ya que, en principio, procede de una identificación masculina de la paciente femenina, que luego cree que encuentra evidencia en el material del caso y también en la transferencia.  Aquí también sería el lugar para discutir cómo el cambio a una comprensión arquetípica de la transferencia puede poseer el carácter de una defensa contra la contratransferencia.  Jung hace un comentario importante sobre este problema cuando escribe: “El reconocimiento de los arquetipos nos lleva un largo paso adelante.  El efecto mágico o demoníaco que emana de nuestro vecino desaparece cuando el misterioso sentimiento se remonta a una entidad definida en el inconsciente colectivo” (Jung 1943, párr. 155).

El caso que Jung describe sobre la adolescente femenina con fantasías homosexuales también puede considerarse a partir de la perspectiva de una madre-imago dividida.  En mi opinión, la niña no busca el amor ‘mal concebido’ de la maestra, sino el amor de su madre, quien ha sido perturbada por una agresión asesina y que también es de naturaleza sexual. Como en el caso anterior, el padre tampoco está disponible aquí para una identificación.  

Sin embargo, la posibilidad de tal perspectiva también es posible dentro del marco teórico junguiano.  En su trabajo Los aspectos psicológicos del arquetipo de la madre, Jung escribe que «solo en las mujeres es posible examinar el efecto del arquetipo de la madre sin mezcla de animosidad, e incluso esto tiene perspectivas de éxito solo cuando no se ha desarrollado un animus compensatorio»  (1938/1954: párr. 175).  

V

Conclusiones

  1. Una revisión crítica de esos textos de Jung en los que explícitamente toma una posición sobre la homosexualidad femenina revela un complejo de prejuicios provocado temporal y culturalmente. Jung cree que la homosexualidad es una patología y que la mujer homosexual no tiene conexión con el animus, sino que se identifica con un animus negativo.  
  2. Anima y animus como construcciones, cuya integración respectiva es supuestamente para la individualización, son demasiado integrales en su establecimiento de una delimitación fundamental, recíproca y consecuente bipolaridad.  En otras palabras, son demasiado inespecíficos.  En las definiciones de estos constructos, el sexo y el género se entremezclan y la pareja heterosexual tiene un valor normativo en el mundo interno y externo.  Incluso la suposición de posibles formaciones de parejas homosexuales en el mundo interior, desarrollada por Verena Kast, no resuelve, en mi opinión, este problema.  Dos notas a pie de página en La psicología de la transferencia, que mencionan la homosexualidad, también revelan la masividad de los prejuicios de Jung.  Allí habla de la combinación de iguales, que supuestamente sigue siendo infértil (Jung 1946: nota al pie del párrafo 357 y nota al pie del párrafo 419).  
  3. En las evaluaciones normativas, es decir, cómo se supone que deben ser hombres y mujeres, ingresan las definiciones descriptivas de anima y animus en los textos de Jung.  Esto ha sido discutido repetidamente por hombres y mujeres junguianos.  Creo que sería significativo abandonar anima y animus como construcciones, tanto en el sentido de complejos, como lo sugieren Young-Eisendrath y Wiedemann, así como Baumgardt (Young-Eisenrath y Wiedemann 1987; Baumgardt 1994, esp. Pp. 221-2), y en el sentido de estructuras arquetípicas.  Como máximo, deberíamos considerar un esfuerzo por una intimidad y un encuentro emocional, afectivo, sexual y espiritual integral como arquetípico.  

VI

La homosexualidad femenina en el proceso analítico

Los desarrollos homosexuales plagados de conflictos no deben considerarse de forma aislada, sino más bien dentro del contexto general de la personalidad y su desarrollo, como enfatiza el mismo Jung (Jung 1922).  Sin embargo, es necesario y particularmente valioso a este respecto para determinar la subestructura en el área del desarrollo de la identidad que es particularmente conflictiva.  Puede surgir que la homosexualidad sirve, por ejemplo, como defensa contra la heterosexualidad;  esto, sin embargo, no debe verse como la norma.  

En mi experiencia, para el trabajo con la transferencia, es especialmente importante con las pacientes homosexuales trabajar a través de los impulsos y fantasías agresivos-sádicos que dirigen hacia sus propios cuerpos.  Estos ataques al cuerpo femenino son, casi como regla, asignados primero al padre / hombre en el contexto de una transferencia idealizante, erotizante / sexualizante.  La paciente, en el ataque a su propio cuerpo y al de la madre, se identifica con él (conectando con ofertas reales de identificación y comportamiento real del padre).  También se la ve como queriendo proteger de él a la madre y a ella misma.  Detrás de esto, sin embargo, encontramos odio por el otro y odio a sí misma en términos de una identificación con una parte de la madre, lo que impide el amor por la madre y la mujer.  Es muy tentador para la analista que no es homosexual evadir esta oferta de transferencia negativa, ya que le recordará sus propios sentimientos de amor y odio muy tempranos y en parte pre-verbales por su madre y su propia lucha por forjar una  identidad sexual y social.  Sin embargo, estoy de acuerdo con Eisenbud, en cuyo texto encuentro evidencia de mi propia experiencia práctica con los correspondientes problemas de análisis, cuando escribe:

Los hombres crearon la imagen de Lillith, la mujer fálica y castradora, y las imágenes de mujeres lesbianas todavía reflejan este estereotipo temible.  La mujer lesbiana a menudo se percibe selectivamente como vengativa, competitiva con un hombre, posesiva y sádica con una mujer víctima.  La analista con una perspectiva feminista rechaza la comprensión reduccionista clásica de la elección lésbica como una de regresión y fijación, y también rechaza cualquier ‘vilipendio’ que pueda brindar ayuda y consuelo al fanático.  A veces el analista liberal, para negar cualquier negativa, recurre a las teorías de la exoneración moral.  La dificultad para lidiar con el odio o el miedo destructivo o de inseguridad de las lesbianas crea una fuerte preferencia por elevar las teorías benignas.  Este tipo de análisis protector es especialmente defensivo.  

(Eisenbud 1986: 222)

Ella concluye su trabajo sobre los problemas de transferencia en pacientes homosexuales femeninas con las palabras:

El conflicto entre la inversión principal en el cuidado y el odio que contrarresta la injusticia moviliza soluciones creativas.  Para la emancipación, la mujer lesbiana no necesita ser sádica ni masoquista, sino enfrentar lo negativo en el camino (ibid .: 233).

Referencias

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