La familia contemporánea: un espacio para la violencia privada

LA FAMILIA CONTEMPORÁNEA:
UN ESPACIO PARA LA VIOLENCIA PRIVADA

Paula Pantoja Boechat
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Paula Pantoja Boechat, es médica, analista junguiana, miembro de la IAAP, miembro fundador de la AJB y del IJRJ, especialista en terapia familiar sistémica, maestra en psicología clínica por la PUC-RJ, y autora del libro Terapia familiar – Mitos, símbolos y arquetipos; Río de Janeiro: WAK, 2007, 2ª edición. El presente trabajo fue presentado durante el V Congreso de Psicología Junguiana, celebrado en Santiago de Chile, del 4 al 8 de septiembre de 2009, 
E-mail: 
boechatp@uol.com.br

Traducido del portugués por Juan Carlos Alonso


Los sentimientos dentro de una familia no tienen que ser obligatoriamente positivos, eso sería hipocresía. Dentro de una familia, o más aún entre padres e hijos, las relaciones deben ser lo que son, lo más claramente posible.

Según Winnicott (1966):

“… No basta que los padres digan que aman a sus hijos. Ellos muchas veces consiguen amarlos, y ellos tienen todo tipo de otros sentimientos. Los niños necesitan de sus padres más que ser amados, ellos necesitan algo que permanezca cuando son odiados o aún odiosos” (p.43)

Lo que generalmente tiene efecto más destructivo en los hijos es aquello que es dicho de forma mentirosa, disfrazada. El lenguaje dice algo que el gesto o la expresión desmienten. Esto, porque el gesto y la expresión corporal suelen ser más auténticos, en el sentido de que hablan el lenguaje del inconsciente.

Jung (1974) nos dice:

“Para aquellos que recogen la teoría, el hecho esencial, detrás de todo, es que las cosas que tienen el efecto más poderoso sobre los niños no vienen del estado consciente de los padres, sino de su inconsciente” (par. 84)

El problema de la violencia familiar es una “hamartia” (del griego: errar, cometer una falta), o sea, una especie de maldición “familiar”, que tiende a repetirse de abuelas a padres, madres, hijas e hijos, semejante a la maldición de los Átridas en Grecia, de acuerdo con La Orestíada de Ésquilo. (Jung,1927)

Más del 50% de los hombres que ejercen violencia en la familia tienen una historia previa de maltratos o fueron testigos de maltratos dentro de sus familias de origen. Podemos entonces entender que la violencia es un problema que no surge solamente en el transcurso de la situación familiar de aquel sistema, en aquel momento específico. Ella tiene raíces muy profundas en las historias de vida de las personas que componen aquella relación.

Cada persona nace en una familia donde irá a recibir un papel y una misión de asegurar la continuidad de la generación y del grupo social. En este papel están insertos los valores y los ideales conectados a los ancestros.

La violencia, en cuanto síntoma familiar, corresponde a la manifestación de contenidos primitivos, reprimidos y no elaborados, y tienen como función el mantenimiento de la cohesión grupal (Paiva, Gomes, 2005).

Paiva y Gomes (2005) nos dicen:

“En la Clínica, nos enfrentamos frecuentemente con la transmisión manifestada en el sufrimiento de los sujetos aprisionados en su incapacidad de metabolizar sus legados. Nuestra tarea, como terapeutas, es reconstituir el recorrido simbólico de la transmisión y favorecer la elaboración de la herencia. Y es en la posibilidad de transformación que invertimos recursos terapéuticos, trabajando para alterar el curso repetitivo del síntoma.”

Enfocando la cuestión de la Violencia en las relaciones familiares, Jung escribe (1998):

“Cuando alguien se queja de que no consigue lidiar con la mujer o con las personas que quiere, siempre ocurren peleas horribles y reacciones; entonces usted podrá percibir, en el análisis de esa persona, que en verdad, ella tuvo un ataque de odio. Ella vivió en una “Participation Mystique” con aquellos que ama. Se extendió sobre los otros hasta hacerse idéntica a ellos, y eso es una transgresión al principio de la individualidad. Naturalmente entonces ella sufrirá reacciones y necesitará retirarse. Entonces yo digo: – Naturalmente es lamentable que usted siempre tenga dificultades, pero ¿no está viendo lo que hace? Usted ama a alguien, se identifica con él, después se vuelve naturalmente contra el objeto de su afecto y lo oprime por medio de su identidad demasiado obvia. Usted lo trata como si fuera usted mismo y naturalmente surgen entonces las reacciones. Es una ofensa a la individualidad de la otra persona, y un pecado contra su propia individualidad. Esas reacciones son un instinto extremadamente útil e importante; usted experimenta escenas y decepciones para que finalmente tome conciencia de sí mismo, y entonces el odio desaparece” (Kundalini, p.64)

Cuando se refiere a la “participation mystique”, expresión creada por el antropólogo Lévy-Bruhl, Jung está hablando de una especie de relación entre dos o más personas, en la cual los sujetos se perciben idénticos o indistinguibles entre sí. (Se puede decir que este concepto es semejante al concepto psicoanalítico de identificación proyectiva: una parte de la personalidad es proyectada en un objeto, y el objeto es entonces experimentado como si fuera el contenido proyectado) (Samuels,1985).

Minuchin y colaboradores (1967), terapeutas sistémicos, llaman “enmeshed” – enmarañado o fusionado – al tipo de relación característica de una estructura familiar que presenta disturbios en la formación de las fronteras interpersonales. Los miembros de la familia son incapaces también de establecer fronteras entre ellos mismos y las familias ancestrales o de origen. Los papeles dentro de la familia no son claramente establecidos y falta una jerarquía y principalmente una diferenciación más clara entre sus miembros. Es como si lo que existiera fuera una masa egóica indiferenciada, una fusión. (Minuchin está de acuerdo con Jung)

Por ejemplo: Una pareja que buscó terapia presentaba una situación como la descrita. Eran dos profesionales exitosos, con hijos pequeños, casados hacía siete años. Los dos se decían muy independientes profesionalmente, pero por el relato que iban haciendo de sus vidas, entendí que en realidad eran de la misma área y ninguno de los dos hacía nada sin pasar por la evaluación crítica del otro. Esto, en el inicio de la relación, fue un factor que ayudó a crear un vínculo fuerte, pero con el tiempo los llevó la una competición destructiva. Pude percibir que cada vez que uno de ellos hacía un movimiento de diferenciación y creatividad, era duramente criticado por el otro.

Cuando les pregunté cuándo y cómo sintieron que la relación estaba arruinándose, me relataron que había sido desde febrero. Comprendí que lo que había ocurrido era que él decidió, en febrero, que iba a experimentar hacer su trabajo de forma diferente. Esto no tocaba en nada el trabajo de ella, era algo sólo de él, una tentativa de innovar. Ella lo acusó de traición y quedó muy resentida. (Probablemente ella se sintió menos creativa: él estaría rompiendo el pacto de simbiosis, donde uno sólo puede crecer junto con el otro.) Con el inicio de este nuevo trabajo, él temporalmente ganaba menos, y ella lo acusaba de estar gastando el dinero de ella para mantener sus lujos. Él pasó a criticarla como madre y ama de casa, tildándola de incompetente como mujer. (A la vez que, también para él, la nueva experiencia profesional era un desafío preocupante, y percibía que no sería nunca perdonado si no fuera exitoso.)

Jung (2005) escribió:

“Por lógica, el contrario del amor es el odio… Pero, psicológicamente, es el deseo de poder. Donde impera el amor, no existe deseo de poder; y donde el poder tiene precedencia, ahí falta el amor. Uno es la sombra del otro.” (OC VII-1, par. 78)

Las agresiones eran cada vez más descontroladas, desde agresiones con palabras hasta agresiones físicas. Estábamos en el mes de diciembre, y las agresiones habían comenzado en febrero. Ella amenazaba irse de la casa, pero decía que no lo hacía, sólo porque él la acusaría de “abandono del hogar”. Ella quería que él se fuera, pero él decía que sólo se iría si pudiera llevarse los hijos con él. La escalada de malentendidos llegó a su apogeo con una crisis epiléptica del hijo mayor, de 6 años.

Según Minuchin (1967), en las familias fusionadas existe la tendencia a “escoger” a una persona para actuar como “pacificador”, siempre que haya amenaza de conflicto familiar.

Según Perrone (1997), en familias con violencia, existe una persona que va a actuar como “disyuntor” siempre que aparece la amenaza de conflicto. El papel del “disyuntor” es hacer “caer la fase o desconectar la energía eléctrica” donde exista sobrecarga del sistema.

Como disyuntor podemos tener al paciente identificado de una familia. Es aquel que va a presentar problemas para desviar la atención de la pelea o violencia familiar.

Existe otro tipo de “disyuntor” que observo en mi clínica. Es aquel que va a presentar el mismo comportamiento de pacificador, pero sin victimizarse directamente. Por condiciones familiares muy específicas, él tiene un lugar especial y consigue revertir la atmósfera de violencia, tomando para sí el poder dentro de la familia.

Por ejemplo: Un niño de 3 años, Beto. Sus padres estaban separados y tenían su custodia compartida (aún antes de que eso pudiera existir legalmente en Brasil). Cuando se encontraban, esos padres todavía se agredían verbalmente. Beto entonces gritaba muy alto, haciendo que los padres se silenciaran inmediatamente. Al comienzo, Beto fue atendido junto con su padre, en una terapia familiar, y después se quedó sólo conmigo en la sala. La terapia, en total, duró 8 meses.

Durante el periodo de la terapia, el abuelo paterno, que vivía con el padre falleció después de larga enfermedad. La abuela paterna y la tía de Beto, que vivían en otro país, vinieron para las honras fúnebres. La abuela y el padre de Beto discutían y peleaban mucho, haciendo que Beto adoptara la misma actitud de gritar para callar a todos.

La abuela se había divorciado del abuelo de Beto cuando su padre contaba 10 años de edad. Después de algún trabajo en terapia, ese padre entendió que tenía la misma actitud de apaciguar las peleas de los padres cuando era pequeño, sólo que en vez de gritar, como hacía su hijo, él solía llamar la atención de todos haciendo un alboroto o quebrando cosas “sin querer”. El papel de disyuntor acaba por dar mucho poder al niño, confundiendo la jerarquía familiar, además de favorecer mucho su estrés. El padre de Beto es actualmente un hombre de 33 años, ansioso, y sufriendo de hipertensión arterial. Beto ya estaba comenzando a presentar un cuadro de gastritis nerviosa, y ese fue el motivo del padre para traerlo a la terapia.

En general, cuando la violencia ocurre entre los miembros de una pareja, es porque el agresor no se siente comprendido por la víctima. Si hubiera algún nivel de retorno al diálogo en la pareja, la agresión se interrumpiría.

En esa pareja, a pesar de la separación, recomendé una terapia de divorcio, para que, en un trabajo con los padres, el papel de Beto como disyuntor pudiera ser aliviado.

Otro aspecto, es el de personas que fueron víctimas de abuso en la infancia, y que pueden permanecer con su secreto bien guardado, sin hablar al respeto. Creen que de esa forma acaban “borrando” el pasado. Sin embargo, en sus vidas tienden a repetir el papel del agresor.

Por ejemplo: Un hombre me buscó para terapia con la queja de dificultades en las relaciones afectivas; tanto con su mujer y hijos, como con amigos o en el ambiente de trabajo. Sentía que, por razones a veces poco importantes, él “perdía la cabeza”, o se quedaba totalmente paralizado (cuando lidiaba con un superior), o reaccionaba con una violencia muy grande, para poco después arrepentirse de los bramidos, amenazas y puñetazos en las paredes. Estas situaciones eran más frecuentes en el ambiente familiar. Acababa molestándose, para no pelear con la mujer y los hijos; sin embargo, en los momentos críticos, no conseguía contenerse.

Cierta vez, en la terapia, relató su furia cuando el hijo de 14 años insistió en pedirle que le dejara ir solo hasta la casa de un amigo que vivía cerca. La insistencia del niño lo llevó a molestarse gritando y dando golpes en la mesa.

Aquella situación lo dejó muy incómodo, y apenas consiguió dormir en la noche. En la sesión hablamos sobre el ocurrido, y él recordó un asalto que había sufrido a los 12 años, cuando regresaba a pie de la escuela. En este asalto, un hombre armado lo había llevado a un terreno baldío, robado sus pertenencias y lo había violado.

Tan pronto consiguió soltarse del asaltante, corrió para casa. Su madre le abrió la puerta, y él le dijo que había sido asaltado y necesitaba tomar un baño. Entró en la ducha y juagó la ropa sucia en el suelo del baño.

Su madre entró en el baño, y al ver su ropa sucia de heces, se rió de él diciendo: “Usted tuvo tanto miedo del asaltante que se ensució todo!”.

Después de ese comentario de la madre, él nunca tuvo el coraje para contarle – como jamás contó a ninguna otra persona – lo que realmente le había ocurrido en el asalto.

La revelación hecha en el análisis le trajo un gran alivio, y una comprensión más amplia de sus problemas. Es evidente que la falta de comprensión por parte de la madre, y al mismo tiempo la gran omisión del padre, eran hechos bastante anteriores al asalto. Sin embargo, después de lo ocurrido, las cosas tomaron un tinte diferente, y él sentía como si la culpa de la violación hubiera sido suya; de ahí su necesidad de reaccionar con tanta furia, cada vez que no se sentía respetado.

Cuando finalmente contó a su mujer lo recordado durante la sesión de terapia, ella pudo aproximarse de él y mostrarse comprensiva con su dolor. Ella le dijo que cada vez que él se mostraba violento, ella le tenía mucho miedo y se alejaba (inadvertidamente repitiendo la omisión del padre de él). Ella no había comprendido que lo que él más necesitaba en aquel momento era de su proximidad física, su cariño y apoyo. Necesitaba que se le ayudara a entender lo que realmente estaba ocurriendo en sus relaciones; él aún no había desarrollado la capacidad de percibir la diferencia entre una crítica constructiva y una total descalificación. Ella, por su parte, consiguió aceptarlo más fragilizado, y los brotes de violencia pudieron ir cesando.

Sluzki (1996), escribiendo sobre la violencia familiar, dice que el efecto traumático de esta violencia es generado por el hecho de que el agresor es transformado de protector en violento, en un contexto que mistifica y confunde las relaciones interpersonales, impidiendo a la víctima construir significados. Sin conseguir entender el por qué de las agresiones, la víctima pierde su capacidad de consentir o disentir y queda paralizada, a merced de los ataques.

Sluzki habló sobre el efecto paralizante del doble-vínculo alojado en tales mensajes. Es muy importante que la víctima construya un sentido para lo que sufrió, para conseguir un grado de control sobre los acontecimientos, o por lo menos sobre sus sentimientos.

Recibí en el consultorio cierta vez a una paciente de 26 años, que sufría de serias dificultades sexuales. No conseguía obtener placer en la cama con su marido, y a veces sentía una tristeza que no sabía definir de donde venía, así como relataba tampoco saber si amaba a su marido o aún a su hijo de 4 años. Su cuadro se fue configurando como una depresión, y durante algún tiempo tuvimos que recurrir al uso de antidepresivos. A partir de un sueño que me trajo, y de las asociaciones que fueron surgiendo, se pudo revelar un abuso sexual en la infancia, que con certeza había dejado marcas profundas en su psique. Sus padres pasaban por dificultades financieras, y la familia fue a vivir con el abuelo paterno, que había quedado recientemente viudo. Ella recibía muchos regalos del abuelo, y al comienzo se sintió feliz con aquella acogida cariñosa. Los cariños, sin embargo, se transformaron en besos y manoseos. Los abusos sexuales fueron volviéndose cada vez más frecuentes, y recuerda que una vez, cuando tenía aún 7 años, fue a reclamar a su madre, quien le respondió: “¿Por qué a usted no le gustan los cariños del abuelo? Él le hace estos cariños porque la quiere mucho!”.

La violencia del abuelo era grande, pero la mayor violencia fue la de esta madre que le dio una respuesta en doble-vínculo, para impedir que ella saliera de la situación de abuso que sufría.

Sluzki (1996) habla también sobre la relevancia de la frecuencia con que ocurre la amenaza explicando que un acto de violencia puede ocurrir de manera aislada y abrupta (tal vez como en el caso del chico asaltado), o de manera insidiosa, repetitiva y previsible (como en el caso de la paciente abusada por el propio abuelo).

El tratamiento de las personas víctimas de violencia reside en la posibilidad de que reconstruyan sus historias de vida. Tenemos que esclarecer el miedo, la culpa y la vergüenza con toda la familia, para que aquella persona recupere su auto-estima. Sólo así el papel que esa persona fue obligada a vivir, y vive aún, puede ser esclarecido y cambiado. Cierta vez atendí a la familia de una chica de 29 años, su padre y su madre. La pareja tenía dos hijos más, que vivían fuera de Río de Janeiro; Nadia era la más joven.

Nadia se auto mutilaba, y ya había hecho dos tentativas de suicidio tomando de una sola vez las cajas de medicamento prescritas por su psiquiatra. Nadia vivía con su madre en la Zona Sur de Río. El padre trabajaba en el centro de la ciudad, y dormía en el apartamento con la mujer y la hija hasta el jueves, día en que iba a otro apartamento en la zona oeste de la ciudad, donde se aislaba hasta el domingo.

El padre hablaba muy poco en las sesiones, y justificaba que quisiera vivir en un barrio más alejado, por tener necesidad de silencio y aislamiento. Me pareció esquizóide, y su esposa se quejó también de su alcoholismo.

Una de las primeras cosas que surgieron en la terapia de esa familia fue la confesión de Nadia, de haber intentado matar su padre en dos ocasiones. Su padre admitió haber despertado cierto día con la hija apuntándole con un cuchillo. En esa ocasión, le quitó el objeto de la mano y no comentó lo ocurrido, ni aún con su esposa. La segunda vez fue cuando Nadia mezcló Diazepan en su cerveza, y cuando él se adormiló, cogió la almohada para sofocarlo, pero desistió antes de intentarlo.

La madre es psicóloga, y tuvo acceso al libro que escribí sobre Terapia Familiar. En él, yo trazo algunos paralelos entre la terapia junguiana y la sistémica, y suministro algunos ejemplos basados en la Cosmogonia de Hesíodo. La madre leyó el libro y me relató en una sesión que había encontrado muy interesante el hecho de las madres (Gea y Rea) que se unen al hijo más joven para eliminar al padre.

En realidad, como sabemos a partir de ese mito, la unión de la madre con el hijo menor ocurre con el objetivo de evitar el impedimento al propio nacimiento de él (en el caso de Urano), o para liberar a los hijos de la inminencia de que sean devorados por el padre (en el caso de Cronos). Por la comprensión que la madre tenía del mito, quedó claro que existía una simbiosis grande entre madre e hija, quien fue encargada de cumplir el deseo inconsciente de la madre. Tal vez por su culpa, Nadia se auto mutilaba, habiendo intentado dos veces el suicidio.

A partir de ese momento de la terapia, pedí que tuviéramos sesiones alternadas: una vez sólo con los padres, y otra vez los padres con la hija. La relación del matrimonio necesitaba ser esclarecida para liberar a Nadia del papel de cumplir los deseos inconscientes de la madre; así mismo, esos padres necesitaban definir sobre la continuidad o no de ese matrimonio.

La separación de los padres sería el mejor remedio para Nadia. Ella pasaría a existir como individuo, y no más como el objeto de manipulación de una pareja en grave crisis. Nadia no fue una niña deseada, y surgió en la vida de la pareja cuando la relación ya estaba muy deteriorada.

Marion Woodman (2009) dice que cuando la persona siente que no fue aceptada por sus padres, o que su existencia los amenaza, ella tendrá un miedo profundo de abandono, y se sentirá congelada, anestesiada, por el terror de la aniquilación.

Creo que esa congelación, esa anestesia afectiva es la que también debía llevar a Nadia a auto mutilarse. Sentir el dolor de la auto mutilación la tranquilizaba, trayéndole de vuelta alguna sensibilidad.

(En ese caso específico, sospeché seriamente el abuso sexual del padre con esa hija, pero por más que cuestionara a la familia, y aún alertara al psicoanalista de Nadia, nada pudo ser confirmado. Lo que me llevó a esos pensamientos fue: el alcoholismo y lo esquizoide del padre, la tentativa de suicidio de la hija, la tentativa de la hija de asesinar el padre, el distanciamiento sexual de los padres)

La importancia de las relaciones no violentas es tan importante para nuestra salud psíquica como la física. En un artículo del psicoanalista y psiquiatra Contardo Calligaris, publicado en Folha de São Paulo el día 6 de abril de 2006, él comenta sobre una investigación que salió publicada en el número de diciembre de 2005 del Archive of General Psychiatry. Esta investigación fue dirigida por Janice Kiecolt-Glaser.

El tema de la investigación mencionada es: las interacciones conyugales negativas y la cicatrización. Fueron seleccionadas 42 parejas (entre los 22 y los 77 años), y fueron hechas pequeñas heridas en los brazos de todos, maridos y mujeres. Estas heridas fueron cubiertas de manera que medían las variaciones de los fluidos que el cuerpo produce para facilitar la cicatrización. Después de eso, las parejas fueron expuestas a dos sesiones de “conversación”. La primera conversación fue orientada hacia asuntos agradables, y la segunda a que las parejas pelearan. Lo que quedó constatado fue que la cicatrización era siempre más lenta después de las peleas, y que las parejas más beligerantes mostraron una cicatrización un 40% peor que las de las otras.

Conclusión: la relación de conflictos actúa en el cuerpo y es pésima para la salud.

Otra investigación citada en el mismo artículo por Calligaris, publicada en elPsychological Science, de James A. Coan, trata de otro aspecto del contacto físico en las familias: fueron escogidas 16 parejas felices en sus relaciones. La mujer de cada pareja fue insertada en un tubo de resonancia magnética y le fue dicho que recibiría una pequeña descarga en el tobillo. Las imágenes del cerebro mostraron, en todas las mujeres, una actividad intensa en las regiones involucradas en la expectativa de dolor y emociones negativas. Fue suficiente que el marido insertara la mano en el tubo y tocara a su mujer para que esa actividad cerebral disminuyera, siempre y drásticamente.

Por tanto, se comprobó que el toque de una persona querida es curativo y modifica la actividad cerebral. Puesto que la sensación de dolor físico es conectada a nivel de su anticipación, una mano amada puede ser considerada un sedante eficiente.

Conclusión: Vivir sin tocar a quienes que la gente ama (por ejemplo, criar a los hijos sin abrazos ni cariño) significa condenarlos la un dolor que no es “sólo” psíquico.

 

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

 

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