La Ciudad entre Lo Femenino y Lo Masculino – Rodrigo Vidal

RODRIGO VIDAL R.

CiudadPintura
Mi ciudad, mi gente – Constanza López S. (2009)

Rodrigo Vidal Rojas es Ph.D. Arquitecto, Urbanista. Profesor Titular, Escuela Arquitectura. Universidad de Santiago de Chile. Este  artículo  fue  publicado  en  “La  Ville  au  Femenin  et  au  Masculin”,  en  Ivonne  Preiswerkd  e  Isabelle  Milbert: Femmes, Villes et Environnements, Ginebra-Suiza. DDACE/UNESCO/IUED, 1995, p 53-68, y fue tomado de la Revista EncuentrosNo 1, 2010. Págs. 53 – 61, con autorización del editor. La revista es una iniciativa de difusión de la Fundación Chilena de Psicología Analítica y ofrece un espacio para promover ideas e investigaciones en el ámbito de la Psicología Analítica.

Resumen

Se presentan las nociones junguianas de anima y animus como categorías en un análisis de lo urbano. Se reflexiona sobre lo femenino/masculino  como forma de concepción y percepción   de   las   ciudades   antiguas.   Se   hacen   consideraciones   en   torno   a   las implicaciones de la aproximación  femenino/masculino  en  las  relaciones hombre/mujer en el medio urbano

Palabras claves: Anima – Animus – Cuidad

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La historia urbana revela de manera incontestable la persistencia de una relación de dominación de  la  mujer  por  parte  del  hombre.  Con  una  intensidad  diversa  y  según  modalidades  que  varían  en función de la época y de las diversas formas culturales, las ciudades han sido concebidas, construidas y han existido hasta hoy asentadas en una configuración que confirma una relación de dominación y de sumisión cruel en contra de las mujeres. Esto es un hecho indiscutible.

Las  explicaciones  dadas  por  las  ciencias  sociales  y,  en  particular  por  la  sociología,  clarifican parcialmente los mecanismos observables de esta dominación, pero son insuficientes para explicar sus raíces  profundas.  Proponemos  que  estas  raíces  encuentran  sus  orígenes  en  el  corazón  mismo  de  los seres humanos: orígenes individuales y colectivos, que son explorados, entre otros, por la psicología, la mitología y la antropología cultural.

La integración al análisis urbano de conceptos y métodos científicos, nuevos o ya conocidos, pero que  aún  no  han  sido  suficientemente  explotados  en  la  investigación  urbana,  puede  constituir  una verdadera contribución al progreso del conocimiento científico con el fin de explicar la complejidad de la ciudad más allá de las perspectivas urbanas tradicionales.

Si bien la ciencia no es acumulativa, los conceptos y métodos puestos al día por una disciplina no pueden    ser    completamente    descartados.    Ellos    pueden    ser    en    todo    momento    re-visitados científicamente, es decir actualizados y contextualizados.

Sobre la base de esa premisa, y siguiendo los postulados del psiquiatra suizo Carl Gustav Jung, este texto  constituye  un  esfuerzo  por  comprender  mejor  algunos  aspectos  de  la  dinámica  urbana  en  la perspectiva de la dualidad entre lo femenino y lo masculino.

La aproximación junguiana no ha sido realmente objeto de una revisión por parte de las disciplinas científicas  consagradas  a  los  estudios  urbanos.  Esto  se  explica,  en  parte,  por  la  débil  importancia atribuida,  erróneamente,  a  la  psicología  en  la  comprensión  de  lo  urbano.  El  estudio  del  fenómeno urbano, objeto por excelencia del urbanismo, de la sociología, de la historia y de la geografía, ha dejado de lado las raíces psicológicas y espirituales de los comportamientos sociales.

La polaridad femenino/masculino en la psicología profunda.

La  aproximación  según  la dualidad  femenino/masculino  nos  permite,  por  una  parte,  tomar  como punto  de  partida  de  esta  reflexión  al  ser  humano  propiamente  tal  en  tanto  sujeto  y  objeto  de  la producción   de   la   ciudad.   Por   otra   parte,   esta   aproximación,   con   su   polaridad   paradójica   y complementaria   al   interior   del   inconciente   humano   en   psicología   de   las   profundidades,   permite sobrepasar  el  conflicto  cultural  hombre/mujer  y  reinterpretarlo  a  través  de  una  relación  dialéctica  y complementaria.

Según  Carl  Gustav  Jung,  “cada  hombre  lleva  en  su  interior  una  mujer”,  que  él  denomina  anima.

Agrega  que  el  animus,  personificación  de  lo  masculino  en  el  inconciente  de  la  mujer,  se  manifiesta espontáneamente a través de las convicciones “rígidas y sagradas” o de la obstinación de la mujer.

Podemos así precisar que el animus corresponde a la parte psíquica complementaria masculina en el inconciente de la mujer y que el anima corresponde a la parte psíquica femenina complementaria en el  inconciente  del  hombre,  según  la  psicología  de  las  profundidades  de  Jung  (también  conocida  como psicología analítica o compleja), a través de la cual subraya la relación existente entre la estructura de la psiquis y sus producciones y manifestaciones culturales.

Siempre, según Jung, “el inconciente  (individual) contiene  todo  aquello  que se  ha adquirido en el curso  de  la  existencia  personal  (…)  es  decir,  lo  que  ha  sido  olvidado,  rechazado,  las  percepciones subliminales,  los  pensamientos  y  las  sensaciones”;  el  autor  se  distancia  de  la  teoría  freudiana  que “considera   el   inconciente   como   siendo   únicamente   el   lugar   donde   son   depositados   todas   las manifestaciones desagradables, indeseadas o inutilizables” (Emma Jung y James Hillman, 1981:65).

El  inconciente  colectivo  es  una  instancia  psíquica  común  a  todos  los  individuos,  hecha  de  la estratificación de  la experiencia milenaria de  la humanidad.  Según  CG  Jung:  “el  ser humano  posee  un montón de  cosas que  no  las adquirió  por sí mismo, sino  que  las ha heredado de  sus ancestros. El ser humano no nace tabula rasa, sino simplemente inconciente (…) los sistemas heredados corresponden a situaciones humanas que prevalecen desde los tiempos más antiguos” (CG Jung, 1963: 230, 231).

Según Jung, las cualidades  femeninas en el hombre, y  masculinas en la mujer están presentes  en cada uno de nosotros, pero no pueden siempre expresarse porque alteran nuestra adaptación al medio o al ideal cultural establecido.

El segundo mensaje central de la psicología de las profundidades es que todo lo que es inconciente puede  surgir  en  las  proyecciones  de  nuestro  interior.  Los  mitos,  las  leyendas  y  los  cuentos  que  se encuentran  en  todas  las  culturas  y  en  todas  las  épocas  son  “la  expresión  de  realidades  psíquicas internas”. El análisis de estas representaciones culturales demuestran de manera sorprendente la figura del  anima.  Todos  los  cuentos  y  leyendas  subrayan  la  importancia  para  el  hombre  de  dar  un  lugar  al principio femenino que también forma parte de su ser.

El rechazo o la no aceptación/asimilación de este componente femenino en el hombre provocan un rechazo de las proyecciones externas de este principio y en consecuencia el rechazo y el desprecio de las mujeres, de la naturaleza (madre-tierra) y de la ciudad.

CG Jung estima que las figuras del anima, en el hombre, y del animus en la mujer “son disposiciones a  la  relación  con  el  otro  sexo  que  han  tomado  forma  con  el  desarrollo  de  la  humanidad”  (Humbert, 1983:63), y que se trata entonces de disposiciones innatas en los individuos.

Por lo anterior, traspasamos nuestros límites reales internos hacia situaciones, objetos o personas reales externas. Las imágenes que tengamos de nuestra madre condicionarán nuestra relación y nuestras imágenes  de  otras  mujeres  y  de  todo  lo  que  representa  lo  femenino.  Estas  proyecciones  externas  de nuestras  imágenes  internas  van  finalmente  a  marcar  nuestro  comportamiento  social  e  influenciar nuestra percepción cósmica.

Lo femenino/masculino como forma de concepción y percepción de las ciudades antiguas.

Los  historiadores  urbanos  no  necesariamente  coinciden  acerca  del  origen  de  la  ciudad.  Para algunos, las cavernas pre-tipifican la ciudad. Para otros, este rol anunciador esta encarnado en el Arca de Noé. Pero Cätal Hüyäk, en la antigua Turquía, constituye el inicio de la era urbana para un buen número de historiadores. Pero hay algunos contestatarios que prefieren asignar ese lugar de privilegio a Ur de los Caldeos.

En lo que se refiere a la ciudad occidental, Grecia, y en especial Atenas, es la referencia obligada, aunque Roma sea todavía considerada la cuna de nuestra civilización urbana.

Para nuestra reflexión, el origen exacto  de  la civilización urbana es  secundario. Cualquiera sea, lo esencial es develar las formas y las narraciones de este origen. Un relato es una relación, una narración, una  historia,  una  fábula  de  eventos  reales  o  imaginarios  donde  poco  importa  la  verdad  histórica.  Su finalidad  es  de  informarnos  sobre  los  lazos  (relaciones)  existentes  entre  un  acto  realizado  y  la  idea fundadora de ese acto. Una narración es una encrucijada de valores y normaliza el pasado.

La historia busca la objetividad científica en la relación de hechos citados y es la razón por la cual ella  es  objeto  de  un  cuestionamiento  permanente.  El  relato  no  es  jamás  verdadero  o  falso  y  su importancia,  para  nuestro  análisis,  proviene  de  que  él  no  expresa  necesariamente  los  hechos  que  se produjeron en el curso de la historia, sino que, y sobretodo, la manera como los individuos piensan o quieren que las cosas hayan sucedido. Es una idealización histórica.

En ese entendido, las narraciones de la fundación de las ciudades se encuentran a mitad de camino entre  la  historia  y  la  mitología.  Una  de  sus  características  esenciales  es  que  ellas  son  post-factum; aparecen después de la fundación de la ciudad con el fin de explicar su génesis. Ciertas narraciones nos permiten,  por  una  parte,  conocer  la  imagen  que  un  grupo  social,  a  un  momento  dado  de  su  historia, tiene de si mismo y la manera como concibe su reproducción. Por otra parte, si uno adhiere a la idea de que la organización del espacio es un reflejo de la organización de una sociedad, las narraciones reflejan la imagen-tipo que ese grupo se hace del lugar donde deberá residir.

“Así,  la  fundación  de  una  ciudad  es  siempre  un  acto  religioso”  en  la  Antigüedad  (Fustes  de Coulanges, 1984: 151). La ciudad constituía el santuario mayor de la reunión eterna de los hombres y de sus dioses sobre un mismo sitio. En sus orígenes, existía un hogar central (una fosa donde cada uno había depositado un poco de tierra de su lugar de origen en la tradición romana) y una demarcación sagrada. Más tarde aparecen las murallas, las puertas y el pomoerium para constituir la ciudad.

La mayoría de las narraciones insisten en las relaciones conflictivas entre la ciudad y su territorio. En la tradición etrusca, la ceremonia de fundación de una ciudad comenzaba por la constitución del hogar central alrededor del cual debía construirse la ciudad. El sacerdote, con la cabeza cubierta y vestido de traje  sacerdotal,  trazaba  el  surco  sagrado,  delimitación  simbólica  de  la  ciudad,  de  carácter  inviolable. Para realizar esto, utilizaba una suerte de carreta tirada por un toro y una vaca, ambos de color blanco. El sacerdote tenía el mismo las riendas y en ciertos intervalos se detenía con el fin de romper el trazado y crear   las   puertas.   Los   montones   de   tierra   (sagrados)   extraídos   por   el   carruaje   eran   lanzados cuidadosamente al interior de la demarcación. Cuando había finalizado de trazar los límites de la ciudad, la  vaca  quedaba  en  el  interior  del  límite  y  el  toro  afuera.  Esta  delimitación  era  sagrada;  tocarla  o atravesarla era considerado como un sacrilegio, un acto impío.

En  este  proceso  de  individualización  de  un  lugar  en  el  territorio,  la  vaca  representaba  en  el imaginario de los fundadores el principio femenino, el toro simbolizaba el principio masculino. El límite crea un interior y un exterior, lo familiar y lo extranjero, lo local y lo global, lo conocido y lo desconocido.

Este  interior,  familiar,  local  y  conocido,  es  sagrado  e  inviolable.  Es  ahí  donde  reina  el  principio femenino, ese que  busca “unificar y  unir”, como el anima según CG Jung (citado  por Humbert: 66). El exterior,  extranjero,  global  y  desconocido,  es  el  territorio  a  conquistar  y  a  dominar.  Aquí  reina  el principio masculino o animus que busca “distinguir y conocer” (ibid). Lo impuro habita el exterior y lo puro y sagrado el interior.

El estudio de la ciudad de Cätäl Huyäk, en Turquía meridional, rica en imágenes, muestra como en otras culturas y civilizaciones lo femenino organiza simbólica, espacial y funcionalmente los lugares. La figura  de  la  mujer,  símbolo  de  fecundidad  y  de  reproducción  de  la  vida,  aparece  bajo  la  forma  de  un cuerpo de diosa, brazos y piernas elevadas en signo de alumbramiento, y a través de las imágenes de los pechos.

“El  lugar  del  hombre  esta  dado  por  los  toros  y  los  corderos,  las  expresiones  más  fuertes  de  la virilidad”  (Mellart,  1971:101).  Pero  los  toros  y  bueyes  representan  también  las  fuertes  ataduras  y dependencia a la tierra-madre. El toro es el primer animal domesticado para el trabajo, particularmente para  los  trabajos  agrícolas  del  cual  dependen  los  habitantes.  En  efecto,  estos  últimos  tenían  grandes conocimientos en agricultura y una buena técnica para conservar eficazmente los alimentos.

Pero, la tierra era también el hogar. Cätäl Huyäk es una ciudad subterránea situada en una colina. Ella existe por y en la tierra. Sus relaciones con ella así como sus lazos eran tan fuertes que los habitantes enterraban a sus muertos en el suelo de sus casas.

En esta ciudad no hay plazas, parques ni calles, todas las casas están pegadas las unas con las otras. Uno  sale  por  unos  hoyos  situados  en  el  cielo.  El  interior  de  las  casas  es  multifuncional:  es  el  lugar sagrado, el lugar de todas las actividades cotidianas y del eterno reposo. Todo se realiza al interior, con la excepción de las actividades de subsistencia. El exterior es monofuncional: es el lugar del trabajo agrícola y, en menor medida, de la caza de animales.

La reproducción es el fruto de lo familiar sagrado, interior. La preservación es el fruto del trabajo exterior.

En  muchos  relatos,  la  fundación  de  una  ciudad  es  atribuida  a  una  diosa  o  a  una  mujer  que  se convertirá en  una  diosa  después  de  la  fundación.  Es el  caso  de  la ciudad  sumaria  de  Akkad,  donde  la instauración fue tomada a cargo por la diosa Inanna; o también por Cartago cuya fundadora es Elyssa, virgen de gran belleza, hermana de Pigmalion, rey de los Tirianos.

La  ciudad  ha  sido  frecuentemente  asociada  al  hogar familiar,  lugar sagrado  entre  los dioses  y  los hombres. En Mesopotamia, particularmente en Babilonia las construcciones en altura llamadas zigurats representan el trazo de la unión entre la tierra y el cielo. Construyendo la Torre de babel los hombres han querido “tocar el cielo” y salir del contexto terrestre de la ciudad: el cielo es lo sagrado supremo. Esto no les fue permitido. Es la utopía masculina que quiere imponerse al posible femenino de lo sagrado sobre  la  tierra.  “Militar  o  religiosa,  administrativa  o  comerciante,  la  ciudad  antigua  estaba  ante  todo impregnada de religiosidad, y lo sagrado empapa cada ladrillo de cada hogar, cada piedra de cada ruta” (Paquot, 1990:23).

¿Los   protagonistas   de   estas   obras   estaban   realmente   concientes   de   estos   símbolos   y   sus significados?  Seguramente  no. Primero  por  una razón  histórica. Un  gran  número  de  estos  significados nos  han  sido  develados  gracias  a  la  puesta  en  perspectiva  histórica  y  las  posibilidades  actuales  de comparar las situaciones históricas, posibilidades cuyos actores no disponían.

Además, por una razón psicológica. Humbert, parafreaseando a CG Jung, explica que “un símbolo es (por lo tanto) una experiencia….el símbolo está vivo…De manera general, la acción del símbolo es aquella de una representación que engendra un sentido porque ella reúne términos separados. El sentido que acompaña  a  una  experiencia  tal  se  impone  y,  sin  embargo,  se  escapa  a  la  razón….  El  símbolo  se caracteriza, en efecto, por una cierta relación con lo desconocido” (Humbert, 1983: 43,44).

Los pueblos antiguos habían así creado imágenes de las cuales no siempre estaban concientes. Hoy día interpretamos esas  imágenes y  símbolos y, aún cuando  no  comprendemos una buena parte  de  su sentido, ellos nos permiten atrapar el misterio psicológico de la proyección sobre la realidad externa, de una realidad conciente /inconciente interna.

Las categorias de lo femenino/masculino como interpretación de la dualidad ciudad/territorio.

Estos  relatos  nos  permiten  construir  una  primera  categorización  que  posteriormente  podemos encontrar en cualquier relato:

FEMENINO

MASCULINO

Ciudad

Territorio

Casa

Sitio

Local

Global

Conocido

Desconocido

Interior

Exterior

Cercano

Lejano

Finito

Infinito

Multifuncional

Monofuncional

Unir

Separar

Real

Utópico

Posible

Deseable

Proporcionado

Desproporcionado

Reproducción

Preservación

Sagrado

Profano

FEMENINO

MASCULINO

Familiar

Extranjero

En  la  actualidad,  en  la  etnia  Toucouleur  que  pertenece  a  la  comunidad  lingüística  Hal  Pulaar,  en Senegal  y  Mali,  la  Djom  Soudou  es  la  mujer  propietaria  de  la  habitación.  El  Djom  Gallé  es  el  hombre propietario  de  la casa y  del terreno. Así, con siglos de  distancia y  en espacios geográficos y  culturales diferentes, volvemos a encontrar las mismas categorías interior/exterior, casa/sitio, ciudad/territorio.

El  símbolo  fálico,  primer  elemento  de  estructuración  espacial  del  territorio  (menhir)  traduce  la dominación del hombre sobre la mujer y sobre la madre-tierra; es el falocentrismo o primacía del macho. Es también una voluntad de dominación sobre las fuerzas de la naturaleza, incluidos los animales.

Esta dominación significa control. Este imaginario explica, en parte, el rol asignado al macho y a la hembra en al organización social. Así, la mujer es lo local/localizado, del latín locus, que es también la raíz  latina  de  lugar,  de  una  parte  determinada  del  espacio,  un  lugar  preciso.  Lo  local  es  un  lugar conocido.  Las  mujeres  permanecen  en  un  lugar  conocido,  ella  es  local.  El  macho  es  global,  del  latín globos, la tierra, el globo.

Los   relatos   de   fundación   retoman   este   imaginario   de   lo   femenino/masculino,   local/global, pasividad/actividad en la pro-ducción de la ciudad. De esta manera, en el imaginario antiguo, la relación femenino/masculino definía la relación ciudad/territorio en esferas bien precisas. El macho/masculino es monofuncional. El sale ya sea para cazar, ya sea para hacer la guerra, ya sea para trabajar, o para las tres cosas, pero jamás al mismo tiempo. La división de funciones en la ciudad, en distintas épocas, es masculina: cura, militar, comerciante, productor, político, etc. Lo masculino/macho es  la  especialización.  El  territorio  se  divide  antes  de  ser  explotado,  a  fin  de  asignarle  roles  diferentes según su morfo-geología.

La hembra/femenino  es multifuncional. Ella permanece  en el hogar para nutrir, educar, proteger, sanar, limpiar, esperar, organizar, etc., todo al mismo tiempo. En ella, no hay especialización. La primera definición  de  la  ciudad  proviene  de  su  carácter multifuncional:  lugar  de  relación,  de  intercambio  y  de informaciones múltiples.

En  la  Edad  Media,  la  ciudad  nace  en  Europa  cuando  una  multiplicidad  de  funciones  deja  de  ser ejercida por la Iglesia para desarrollarse  en torno  a ella. La Iglesia se  reproduce  y  engendra la ciudad, pero sin desparramamiento, como los pollitos alrededor de la gallina. El caserío se convierte en ciudad.

El interior es la ciudad, lo femenino en los antiguos relatos de fundación. El exterior es el territorio, lo masculino según estos mismos relatos. La exterioridad y la globalidad del   territorio, en relación a la interioridad y a la localidad de la ciudad, son idealizadas en estos relatos lo que expresa, a nuestro juicio, la necesidad del hombre de exteriorizar su lado femenino.

Digamos también que lo deseable pertenece al principio masculino, así como lo posible al femenino. Entramos así al terreno de la utopía.

La  utopía  (del  latín  ou/no;  topos/lugar)  es  el  no-lugar.  La  utopía  es  una  construcción  rigurosa  e imaginaria de la sociedad. Todo rigor implica un método, una manera de hacer. La utopía es la capacidad de construir mentalmente sobre la nada, a partir de la nada, del no-lugar. Lo posible es razonable (no tiene por qué ser racional, aún que las dos palabras tienen la misma raíz etimológica, ratio=razón). Lo razonable  es  actuar  conforme  al  buen  sentido,  a  partir  de  un  conocimiento  empírico.  Lo  racional  es deducir por el razonamiento, y esto no tiene nada de empírico, no depende del conocimiento práctico de la realidad.

La   Carta   de  Atenas  ha  querido   universalizar  lo  masculino/utópico   interno  en   el  inconciente colectivo. Ha querido poner todo en crisis y recomenzar de cero, haciendo tabla rasa de lo existente, una nueva creación. Pero en la práctica eso no fue posible. Cada cultura debe expresarse, exteriorizar de una manera   específica   esta   polaridad   paradojal   y   complementaria:   utopía/realidad,   razón/emoción/ deseable/posible.

Los  planes  directores  de  urbanismo,  como  los  relatos,  expresan  post-factum  el  ideal  de  ciudad  a construir, la ciudad deseable; una ciudad imaginaria concebida sobre la mesa de diseño, muy alejada de nuestra triste experiencia cotidiana de la ciudad.

Es   por   eso   que   concebimos   que   la   creatividad   no   es   la   imaginación   desenfrenada,   ni   el ordenamiento conformista, sino el esfuerzo de permitir a lo deseable de ser posible y no la imposición de lo  posible  como  lo  deseable.  Uno  de  los  principales  problemas  de  la  planificación  urbana  y  de  la planificación  misma  es  que  hemos  querido  organizar  lo  deseable  sin  consideración  de  lo  posible  (lo femenino). En revancha, el pragmatismo actual quiere imponer lo posible, despreciando lo deseable, lo utópico.

El objetivo es encontrar un complemento creciente entre lo utópico, lo racional, lo intelectual, y lo deseable de lo masculino con lo realista, lo sentimental, lo emocional y lo posible de lo femenino.

Implicaciones de la aproximación femenino/masculino en las relaciones hombre/mujer en el medio urbano

En el curso de nuestra historia, hemos asociado erróneamente el principio femenino a las mujeres y el principio masculino a los hombres. Así, por ejemplo, parece impensable ver a una mujer   a la cabeza de la oficina de planificación territorial de una megalópolis latinoamericana. Esta asociación es errónea.

El problema es que, trasladando las categorías de lo femenino y de lo masculino a las mujeres y a los hombres,   nuestra   sociedad   ha   creado   una   nueva   categorización,   por   medio   de   la   cual   se   ha caricaturizado el rol de ambos:

FEMENINO

MASCULINO

Mujer

Hombre

El foyer/el hogar

Política

La familia

La sociedad

Cuidar a los niños

Hacer la guerra

Reproducir

Conquistar

Quedarse

Partir

La comunidad

La sociedad

El barrio

La ciudad-territorio

Lo  femenino  no  es  la  mujer,  así  como  lo  masculino  no  es  el  hombre.  La  ciudad  reposa  sobre  el equilibrio armónico de las energías masculinas y femeninas presentes en la acción y en el inconciente de cada  ser  humano.  La  ciudad  hoy  día  expresa  una  ruptura  de  este  equilibrio  (ecológico,  sociológico, biológico, sicológico y mitológico).

La ciudad actual, extendiendo sin cesar su territorio, con el fin de manejarlo y someterlo a través de un proceso corrientemente llamado de megapolisación, ha generado una dinámica a la inversa: ella ha sido modificada en su estructura profunda y ha provocado una enorme crisis en su funcionamiento, en su estructura y en su ecología.

El desafío ecológico, la protección de la madre-tierra, es un desafío femenino que debe aún abrirse un camino a través de la desconfianza de la masculinidad del saber científico.

Así mismo, uno de los grandes obstáculos a superar hoy en día esta ligado a la imagen de la ciudad. La  megapolización  ha  producido  una  ruptura  de  la  frontera  ciudad-territorio.  El  principio  masculino expresado en el deseo de dominación, de conquista, de megalomanía ha aplastado el principio femenino de dominio interior, de medida, de control de las fronteras de lo real.

Megapolisándose  la  ciudad  devora  el  territorio,  lo  urbano  invade  la  sociedad  y  los  esfuerzos  de descentralización  territorial  y  de  gestión  del  crecimiento  de  las  ciudades  se  topan  con  un  nuevo paradigma: la desfiguración de lo local y de lo global. La ciudad se extiende y se convierte en territorio, en  ciudad  difusa.  El  territorio  se  urbaniza.  La  ciudad-femenina  se  territorializa  y  por  lo  tanto  se masculiniza.

Así, la estructura territorial actual de la ciudad, atomizada, multilocalizada, fragmentada, impide la expresión de los valores femeninos de lo local, lo conocido, lo interior, lo acotado. Con la megalópolis y la globalización, la ciudad se hace abierta y permeable. La globalización ha roto el interior, lo íntimo, lo próximo, ha violado y atravesado el cerco sagrado de lo local y ha profanado la ciudad.

Lo  extranjero  se  convierte  en  local,  lo  familiar,  en  global.  Lo  próximo  es  profanado,  lo  lejano  es sacralizado. La asociación errónea de lo femenino a la mujer conduce a estas últimas hacia un rol juzgado peyorativamente como secundario. Por esta misma asociación errónea, los hombres se erigen una vez más como dueños de esta violación de lo sagrado interior de la ciudad. Son principalmente ellos quienes construyen una Europa con ciudades abiertas y desfiguradas, centralistas y extrañas a los intereses de los ciudadanos.

Asumiendo   su   inconciente   masculino,   numerosas   mujeres   latinoamericanas   construyen   con

creatividad  lo  deseable  a partir  de  lo  posible,  nutriendo  sus  familias  en  contexto  de  crisis  económica. Asumiendo  su  inconciente  femenino,  hombres  de  todas  partes  reconocen  la  importancia  vital  de  la protección de la madre-tierra sufriente y agonizante y se enrolan en su preservación.

Pero, al mismo  tiempo, millones  de mujeres  rechazando  sus inconcientes masculinos renuncian a luchar por conquistar un rol complementario a los hombres que les permita salir de la sumisión actual. Así  mismo,  rechazando  sus  inconcientes  femeninos,  millones  de  hombres  continúan  destruyendo  a  la madre-tierra,  profanando  las  ciudades  por  la  puesta  en  marcha  de  políticas  que  no  impiden  su desfiguración territorial ni la explotación y la dominación de las mujeres.

En  conclusión,  la  pregunta  que  procede  es  ¿Cómo  hacer  de  forma  que  nuestra  concepción  de  la ciudad,  y  la  ciudad  misma  se  vuelva  más  humana,  es  decir  integradora  de  la  totalidad  de  los  seres humanos en sus componentes femeninos y masculinos?

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